Vi la entrevista que Jordi Evole hizo al Papa con mucha atención. Me interesaba escuchar a un Papa que se atrevía a ponerse delante de las cámaras con un entrevistador que no suele ponérselo fácil a casi nadie. El Papa lo sabía, se atrevió y ya eso de entrada me gustó.

Me encantó escucharle hablar de los refugiados, de la emigración: «El que levanta un muro termina siendo prisionero del muro que levantó. La alternativa son los puentes». Me encantó escucharle lo que piensa de los muertos en las cunetas: “Una sociedad no puede sonreír al futuro teniendo sus muertos escondidos… Nunca vas a tener paz con un muerto escondido. Nunca”.

Me encantó, pero llegaron otros temas y ahí la cosa empezó a cambiar y la conversación ni fue tan clara ni tan directa. Jordi le preguntó por la homosexualidad. En la conversación dijo a los padres de niños homosexuales: «si ven cosas raras, consulten, vayan a un profesional». «Si hay un caso de homosexualidad, yo comprendo que en una familia eso provoca dolor, pero diálogo. Nunca se echa del hogar». No, Papa Francisco, no. No son suficientes estas declaraciones, como tampoco lo fueron las que hizo en el avión al comienzo de su pontificado “¿Quién soy yo para juzgar a nadie?” Los padres y las madres católicos de los hijos homosexuales necesitan oír claramente de labios de quien gobierna su Iglesia que su hijo o su hija no hacen cosas raras, que son opciones sexuales que siempre han existido, que Dios los quiere, nos quiere, como a cualquiera del resto de sus hijas y sus hijos. Si de una vez escucharan estas declaraciones en labios del Papa, los problemas que se harían serían muchos menos. No, Francisco, los homosexuales no hacemos cosas raras. Solo amamos a personas de nuestro propio sexo y eso, aunque la Iglesia no lo acepte, ha existido y existirá siempre.

Y luego vino otro tema candente. La mujer y otra vez nos hicimos un lío. Ante la pregunta directa de Évole sobre si la mujer se encuentra bien representada en la Iglesia. La respuesta fue rotunda. No, dijo el Papa, pero «promover a la mujer en la Iglesia es escucharla, darle funciones, la funcionalidad. Pero eso no basta, más que eso es el estilo femenino de la Iglesia”. «Lo que no hemos logrado todavía es caer en la cuenta de que la figura de la mujer va más allá de la funcionalidad». «La Iglesia no puede ser Iglesia sin la mujer. Porque la Iglesia es mujer, es femenina. Es la Iglesia, no el Iglesia». Y de verdad que me hubiera gustado que no fuera así, pero me sentí profundamente decepcionada. Sé, lo sé con seguridad, que con este papa hemos hecho algunos avances; sé que no lo tiene fácil y que muchos quisieran verlo desaparecer, pero yo no me puedo callar y le pido que deje las ambigüedades en estos temas. Mucha gente sufre porque se siente excluida de la Iglesia por ser gay o lesbiana. No hay más que escuchar al obispo de Alcalá de Henares hablar de cómo curar la homosexualidad. Muchas mujeres queremos ya ser sujetos de pleno derecho en nuestra Iglesia en pie de igualdad con los varones. No queremos que ellos sean femeninos o que feminicen la Iglesia, queremos ser nosotras, feministas, quienes tengamos voz y voto a la hora de pensar nuestra Iglesia. No queremos más ambigüedades.