En tiempo de elecciones la cotización en bolsa de las palabras registra un descenso casi absoluto y casi nadie les concede crédito, sabiendo que han dejado de significar lo que en realidad significan. Por puro cansancio y costumbre y con tal de no desgastar más energías que las justitas, oradores y público llegamos a un convenio tácito: ellos aparentan creerse las promesas que hacen (millones de puestos de trabajo, impuestos por los suelos, ayudas sociales lloviendo del cielo como maná…) y nosotros, virtuales destinatarios de tanta dicha, apenas nos molestamos en contradecir sus desvaríos.

La coyuntura me lleva reflexionar sobre el desvalimiento de las palabras que pronunciamos y qué difícil resulta que se entienda bien lo que queríamos decir con ellas. Se me ha hecho más evidente este año al recordar la escena del juicio de Jesús en casa de Caifás: qué ajeno debía estar él al lío en que se estaba metiendo cuando se le ocurrió decir aquello de “derribad este templo y en tres días lo reconstruiré” (Jn 2,19). Debía resultarle insufrible aquella veneración desmesurada de una construcción de piedra, acompañada de tanto desprecio por quienes eran los verdaderos templos vivos de la presencia de su Padre.

No entendieron sus palabras y “se la guardaron”, no solo porque cuando a un tonto se le señala la luna el tonto mira el dedo, sino porque sus adversarios habían ya construido frente a él una barrera de defensas, recelos y hostilidades: no estaban dispuestos a que aquel galileo sin acreditaciones se atreviera a cuestionar lo intocable y a plantear otro modo diferente de significar la relación con Dios que ellos pensaban poseer en exclusiva.

En otra situación parecida le habían pedido “una señal del cielo”, es decir, pruebas objetivables y demostrables de la verdad de sus palabras y Jesús, en esa ocasión, en vez de contestarles, suspiró profundamente (Mc 8,12). Era un lenguaje inarticulado que nacía de su adentro más íntimo y dejaba adivinar un mundo emocional profundamente conmovido: le hería en lo hondo el desencuentro e incomunicación que estaba viviendo y su impotencia ante la ciega insensibilidad de sus adversarios. Detrás de su suspiro emergía un deseo desvalido de encontrar otro modo de comunicación interpersonal que fuera más allá de la exterioridad de las palabras. En él no existía fractura entre el decir y el sentir y, por eso, buscaba en sus interlocutores (¿ingenuamente?), esa actitud de reconocimiento mutuo y de sinceridad primordial que crea ese espacio sagrado desde el que únicamente es posible expresarse en verdad.

Él poseía un don de conexión inmediata para captar, por debajo de las palabras, el “lenguaje de los suspiros” de la gente carente de voz y de significatividad. Y por eso ellos, cuando le buscaban, no se contentaban con oírle o con verle: querían rozarle, tocarle, entrar en el ámbito de su calidez y de su ternura, sentirse amparados al abrigo de su corporalidad. No pedían señales, ni doctrina, ni enseñanzas: querían conectar con él de corazón a corazón, de suspiro a suspiro, de gemido a gemido.

En cada uno de ellos Jesús escuchaba el “dialecto del Padre” y en su voz silenciosa se iba familiarizando con otros modos de expresión y de encuentro, más allá de cualquier otro lenguaje establecido. Sintonizaba con la “frecuencia” en que se expresaba aquella gente desprovista de elocuencia y de discursos y sabía descifrar sus gritos silenciosos, sus súplicas, desesperanzas, agradecimientos o quejas más allá de lo que le decían.

Intentamos ser discípulos suyos pero, ¿sabemos suspirar? ¿Somos capaces de oír los suspiros inaudibles de otros, todo eso que se queda sin decir en nuestros encuentros, eso que respira por debajo de los titulares de las noticias?

Podría ser un precioso aprendizaje pascual.