A vosotras, mujeres

Porque en vuestros corazones existe la misma capacidad de amar que en el corazón de los hombres.

Porque estáis dotadas de las mismas cualidades que muchos hombres reclaman como propias y exclusivas.

Porque con demasiada frecuencia sois consideradas únicamente objetos de deseo y/o acosadas en muchos de los lugares por los que os movéis y frecuentáis.

Porque muchas os habéis visto abocadas a la prostitución por parte de hombres considerados “señores respetables”.

Porque sois precisamente las mujeres a quienes la sociedad de consumo utiliza como reclamo de sus productos.

Porque muchas sufrís en silencio los desprecios, el maltrato y la muerte en algunos casos que os infringen hombres.

Porque sois consideradas por la mayoría de las culturas y religiones como seres de segunda categoría.

Porque, a las que os consideráis católicas, los dirigentes de la Iglesia os impiden participar en ella de manera plena, utilizando como argumento -lo cual es más grave- que es así por cuestiones de fe, por la tradición o, incluso, porque es la voluntad de Dios.

Porque gracias al coraje y a la denuncia silenciosa que muchas de vosotras habéis mostrado a lo largo de la historia se han tambaleado dictaduras y se han puesto en evidencia falsas verdades.

Concentración de Alcem la Veu, colectivo de mujeres católica ante la Catedral de Barcelona el pasado 7 de marzo de 2021. Foto: Araceli Caballero

Porque muchas sufrís de manera cruel al ver cómo la prisión acaba destrozando a vuestros hijos e hijas por unos delitos cuyos responsables directos se encuentran en la calle, gozando la mayor parte de las veces de una vida cómoda.

Porque sois vosotras quienes cuidáis siempre de manera directa, a veces incluso de manera exclusiva, a los enfermos, además de asistir a los familiares ancianos y a los hijos o hijas con alguna discapacidad u otros familiares.

Porque en el mundo laboral muchas de vosotras gozáis de menos derechos que los hombres, manifestado de manera clara y evidente en la inferior retribución salarial respecto a ellos, realizando el mismo trabajo o desempeñando las mismas responsabilidades.

Porque en muchos países del mundo, ya desde el momento de nacer sois consideradas una carga para la familia, razón por la cual os verán siempre como una desgracia, un mal menor en el mejor de los casos, o incluso como una mercancía o trueque negociable.

Porque, también en muchos de estos países, carecéis de la capacidad de decidir, no solo en las decisiones del ámbito de la familia, la comunidad o el grupo social, sino es las que afectan a vuestra vida de futuro, como sería el caso del matrimonio.

Porque en los mismos lugares anteriormente citados y en otros también, casi siempre por motivos religiosos o prejuicios ancestrales, se os niega el derecho a emanciparos, a decidir sobre vuestros cuerpos; incluso llegáis a pagar con la  vida vuestra relación con otra persona por considerar los dirigentes de vuestro país, pueblo, tribu, grupo o comunidad que habéis infringido las normas establecidas. Normas, para más inri, impuestas por varones. 

Porque en numerosos lugares, pueblos y culturas se os continúa negando el derecho al goce y disfrute sexual en iguales condiciones que el varón; pasando a desempeñar, en muchas ocasiones, el papel de objeto paciente de la libido del varón y de su goce sexual machista y caprichoso.

Porque…, en fin. Desgraciadamente la retahíla sería demasiado larga, lo suficiente como para avergonzar cualquier civilización, cultura, país o pueblo que, explícita o implícitamente, siga permitiendo semejantes aberraciones.

Por todo ello, muchos hombres queremos reconocer hoy que vuestra condición y dignidad están al mismo nivel que la nuestra.

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