El membrillazo

Era un día otoñal frío, con nubes y viento, de esos que avisan que el invierno tal vez traiga nieve. Atrás habían quedado las semanas soleadas en las que los campos castellanos se doraban y bañaban con el calor del verano. Algunos lo calificarían de “mal día”. Yo prefiero no dejarme condicionar por la climatología ni las expresiones arraigadas, pues, que los días sean mejores o peores, es más bien una cuestión personal. Además, tal y como está la situación del planeta creo que la expresión más adecuada sería decir : “¡Qué buen día hace!” Ya que nos sobran altas temperaturas y necesitamos enfriar, entre todos, la sartén en la que vivimos. Aún no somos conscientes de que nos estamos quemando.

Ese día fuimos mi padre y yo, a recoger los membrillos de un árbol generoso, cuyo tronco era más o menos del grosor de un brazo y cuyas ramas, más delgadas en algunos puntos que una muñeca normal, soportaban gran cantidad de frutos. Mi asombro fue grande al ver aquel prodigio de la naturaleza. Tal vez porque haber perdido bastante contacto con la vida de campo, me ayuda a seguir sorprendiéndome de la maravillas que la madre tierra ofrece y de las que muchas veces no somos conscientes ni nos paramos a contemplar. Abducidos por las pantallas, nos dejamos seducir por lo que a través de ellas nos muestran y ya no apreciamos la belleza de una noche estrellada ni nos detenemos a observar cómo cambian los colores de un atardecer. Se hace necesario volver a descubrir la belleza natural que hay a nuestro alrededor.

Os sigo relatando la historia. En un día así de frío, lo que más urgía era recoger los membrillos cuanto antes y volverse a casa; aunque no faltaron momentos en los que pararse a disfrutar de las distintas tonalidades de las hojas, en su transición otoñal, del verde al amarillo o a otros colores ocres. Sin escalera, tuve que recurrir a saltar para alcanzar algunos membrillos y dejar los más altos para que un día se cayeran y se los pudieran comer las liebres que viven en esos terrenos. Hay comida suficiente para todos si no acaparamos más de lo que necesitamos y la compartimos.

En uno de aquellos saltos y tensando la rama más de lo debido, se desprendió uno de los frutos dándome un golpe en el tabique nasal. ¡Un membrillazo en toda regla! Con el golpe en la nariz y ya de regreso al hogar me hacía la siguiente reflexión: la naturaleza nos habla de mil maneras, tan sólo es cuestión de escucharla para saber qué nos quiere decir. Como conclusión de todo aquello pensé: ¡Me está bien empleado! Esto me pasa por quitarle a un árbol sus frutos sin pedirle permiso, por robarle lo que es suyo. Además ni siquiera le he cuidado a lo largo del año; tampoco he tenido el detalle de saludarle a mi llegada, ni de darle las gracias por ofrecer su productividad de forma gratuita. Tampoco hubo despedida. Un sentido: “¡Gracias, hasta pronto!” hubiera sido un detalle por mi parte.

Los seres humanos tendremos que hacer una reflexión profunda sobre todo aquello que le robamos a la madre tierra y ni siquiera le pedimos permiso o se lo agradecemos. Nos creemos dueños del paraíso que habitamos y no un eslabón más de toda la cadena. Tendremos que aprender de las tribus y los pueblos indígenas en su relación respetuosa con el medio en el que viven.

Aprendida la lección de generosidad, algunos de aquellos membrillos fueron después compartidos sirviendo de ambientadores para habitaciones, coches… También se ha elaborado dulce de membrillo o han sido un medio para enseñar y educar.
Cuando se recibe con derroche, lo menos que se puede hacer es regalar en igual o mayor medida.

Juan Carlos Prieto
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