Dueñas del propio destino

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Hace unos días tuve la suerte de ver en el ciclo del cine de verano organizado por el Museo Reina Sofía la película “Al Massir”, una coproducción franco-egipcia del año 1977, dirigida por Youssef Chahine que constituye todo un canto a la libertad y a la honradez intelectual y vital frente toda forma de fundamentalismo y rigidez mental. Una película que aboga por el diálogo, la amistad entre diferentes y el amor a la filosofía, entendida ésta como un permanente acto de resistencia a que el poder y sus intereses piensen por nosotras y decidan nuestro destino.

La película Al Massir da pie a Pepa Torres a hablar sobre el racismo cotidiano que sufren los migrantesLa película me conmovió hondamente por ser un canto a la vida, a la alegría y a la libertad. Comienza con una hoguera en Francia, en Languedoc, donde Gerard Breuill es condenado por traducir las obras del gran filósofo andalusí Averroes y termina con otra hoguera en Córdoba, donde el propio Averroes, obligado al exilio, abandona la ciudad con toda su familia contemplando como toda su obra es quemada. Pero pese a la aparente victoria de la sinrazón del poder, sumergidamente acontece otra historia, la de aquellos y aquellas que se organizan clandestina y comunitariamente por el poder de sus sueños, convencidos, como dice uno de los personajes, que “las ideas tienen alas y no se puede detener su vuelo y las personas tenemos que organizarnos y luchar juntas para poder ser dueñas de nuestro propio destino”.

Al igual que las ideas tiene alas también las tenemos las personas, aunque sean invisibles. Nuestras alas son nuestros sueños: sueños por una vida sin hambre, con derecho a la salud y no morir antes de tiempo, sueño a ser respetado o respetada en la propia orientación sexual, decidir a quién amo o con quien me caso o no me caso, sueños de poder estudiar o ser futbolista, sueños de tener una casa, sueños de integridad fisca respetada, de autonomía e independencia, sueños de libertad de expresión y asociación, sueños por una vida donde la libre circulación de persona por el mundo sea posible… Estos son algunos de los sueños de las personas migrantes que se juegan la vida en el intento de llegar a Europa y estallan en mil pedazos por el endurecimiento salvaje de las políticas de fronteras y la negación de los Derechos Humanos.

Iniciamos un curso con una tremenda sensación de hartazgo e indignación ante las imágenes y discursos mediáticos sobre las personas migrantes. Narraciones que se nos hacen cada vez más insostenibles a quienes nos negamos a que el veneno de la xenofobia y el racismo se inocule en nuestras conciencias y sensibilidad. Paso a comentar algunos de ellos a propósito de los saltos de la valla este verano. ¿En qué cabeza cabe, si no está manipulada, que un grupo de inmigrantes sin más armas que unas bolas de heces puedan ser calificados como un colectivo altamente peligroso para la guardia Civil y sus sofisticados sistemas de seguridad? ¿Cómo se les puede acusar a quienes saltan la valla, apoyados en los clavos de unas zapatillas viejas, destrozándose las manos y los pies en el intento, como una amenaza para el estado español comparable a la de los narcotraficantes?

¿Cómo puede ser que en un Estado supuestamente de derecho devuelva a 116 personas, algunas de ellas menores y potenciales solicitantes de protección internacional o victimas de trata, sin tramitar ni uno de los procedimientos previstos por Ley de extranjería, incluida la asistencia letrada?.

¿Son acaso las personas migrantes un peligro o más bien son ellas quienes están en peligro en manos de estados que incumple los Derecho Humanos y los abandonan a la desprotección más absoluta en el desierto para que mueran de sed o a la barbarie de las cárceles de Marruecos? ¿No será más bien, como señala Monseñor Agrelo en una carta dirigida a la Guardia Civil el 2 de Agosto, que acusar a las personas migrantes no protege a los cuerpos de seguridad del Estado, sino que la única protección que reclaman sólo puede llegar desde una política que respete los derechos de los emigrantes, una política justa, equitativa, acogedora, solidaria, generosa y humana?

Como los personajes de la película de Youssef Chahine las personas migrantes reivindican el derecho a ser dueñas de su propio destino y no del expolio de las grandes trasnacionales en sus países de origen, el desastre ambiental, la industria de la guerra o el negocio de las fronteras y siguen apostando su vida en ello cuando conviven entre nosotras. Este verano lo he podido comprobar una vez más en la relación, la amistad, y la vida compartida en diferentes momentos y acontecimientos:

En la Fiestas Populares de Lavapiés, donde la Asociación sin Papeles y el colectivo Valientes banglas se han implicado a tope en la mejora de la convivencia, tan fracturada desde la muerte de nuestro compañero mantero, siempre vivo en nuestra memoria, Mamey Mbaye. Dueñas de su destino para visibilizar y denunciar el racismo cotidiano que se hace cada vez más presente en sus vidas y al que en estas fiestas decidieron reaccionar de manera festiva y deportiva organizando un campeonato de fútbol antirracista, o a la ley de extranjería, invitándonos a tumbarla a bases de penaltis y organización ciudadana en unas improvisadas porterías.

O como Yusuf, que tras seis meses en los montes de Marruecos llegó a Madrid hace cinco años y hoy es un camarero que ha llenado el bar donde trabaja de nuevos clientes por su simpatía y su profesionalidad y que el poco tiempo libre que tiene lo usa para apoyar a sus compatriotas en un par de asociaciones con las que colabora.

O como Badara, que trabaja en una cadena de montaje y con lo que gana sus hermanos han podido estudiar y su madre conseguir su tratamiento contra la diabetes.

O como Sumi, una mujer bangladesí, deportista profesional en su país de origen que decidió abandonarlo para impedir un matrimonio concertado y ahora cuida de una señora mayor a la vez que estudia Formación Profesional y es monitora deportiva en un colectivo de mujeres del mundo.

O como Abdul, que acogimos un par de noches en nuestra casa para que no durmiera en la calle, recién venido como estaba entonces de Algeciras, tras cruzar el mar de Alcoran en una zodiac y que hoy con su tarjeta roja en la mano trabaja en la fruta en Murcia y nos llama todos los domingos.

O como Mamadou, que tenía un negocio de ropa en su país de origen y se lo quemaron tres veces cuando sus vecinos descubrieron que mantenía una relación con otro hombre y que hoy, tras un montón de dificultades y vericuetos legales, trabaja como sastre en una tienda de ropa en Chueca haciendo camisas africanas.

O como Dersit, una joven paquistaní que vino a España con tres años y hoy a sus 21 es una joven comprometida contra la violencia machista en su barrio, a la vez que trabaja como auxiliar de Farmacia sin renunciar a lo que para ella es parte de su identidad como musulmana, su hiyab.

Historias de dignidad que no interesan a quienes sólo buscan lanzar mensajes criminalizadores o victimistas sobre las personas migrantes y enfrentarnos a unos seres humanos contra otros, blancos contra negros, ciudadanos frente a no ciudadanos, los de aquí y los de fuera, construyendo asimetrías en lugar de ayudarnos a romperlas. Historias que no hubieran podido seguramente ser posibles sin mezclarnos, sin sentir el poder de los vínculos que nos unen y que nos llevan a desobedecer juntas, por dentro y por fuera la lógica de las fronteras.

Somos dueñas de nuestro propio destino. Un destino que queremos construir en común desde la diversidad que habita hoy nuestros barrios, pese a que algunos discursos intelectualoides, de academia, que no aguantan el barro ni el polvo de las luchas con la gente, desde abajo, pretendan dividirnos y convertirnos en enemigos.

pepa torres
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