Buenas intenciones

12 de enero. La tierra tiembla en Haití y sacude nuestras conciencias. Millones de personas en todo el mundo se sobrecogen al ver las imágenes de desolación, muy especialmente las que tienen que ver con niños y niñas, solos, desorientados y tremendamente vulnerables. Las centralitas de las organizaciones que trabajamos en infancia empiezan a recibir llamadas, muchas llamadas, de familias que se interesan por la suerte de esos niños y se ofrecen para acoger o adoptar uno (o incluso varios) de ellos. Yo llevo poco tiempo en UNICEF, apenas unos meses, y todavía no conozco bien los entresijos de estas situaciones, pero toca “ponerse las pilas” muy rápidamente.

Los medios de comunicación llaman, insisten, quieren saber por qué “no se hace nada” para ayudar a esos niños. Con cuentagotas (nuestras propias oficinas se han derrumbado y los compañeros están viviendo y trabajando en condiciones muy precarias) empieza a llegar la información. No sólo la que viene directamente de Haití, sino la que aportan aquellos que han vivido muy de cerca otras situaciones parecidas. En estas circunstancias, efectivamente los niños y niñas están sujetos a un alto riesgo. En primer lugar porque necesitan ser atendidos en los aspectos más básicos (curar sus heridas, alimentarles, garantizarles unas condiciones mínimas de higiene, etc.). En segundo lugar, porque han padecido un tremendo shock y hay que empezar a trabajar muy rápido en su recuperación psicológica y emocional. Pero también porque hay que protegerlos inmediatamente de uno de los mayores riesgos en estos momentos: las mafias organizadas de tráfico de menores. Lamentablemente, existen personas que no dudan en beneficiarse de situaciones de este tipo para sacar un enorme provecho, aunque sea a costa de la vida y los derechos de niños y niñas.

Estas tres circunstancias (atención inmediata, shock y protección de las mafias) son sólo algunos de los motivos por los cuales en los momentos inmediatamente posteriores a una tragedia UNICEF (y otras muchas organizaciones internacionales de infancia y derechos humanos) desaconsejan poner en marcha programas apresurados que impliquen la salida de niños del país. Lo más urgente en ese momento es encontrarles, atenderles in situ, identificarles y buscar a sus familias (de hecho, muchos de los niños que en esas primeras semanas están perdidos tienen familiares buscándoles, y sacarles del país sólo agravaría su desconcierto y ansiedad). No será hasta que todas estas fases se hayan superado que podrá empezar a pensarse en otras alternativas, siempre analizando caso por caso cuál es la mejor solución para cada niño en necesidad.

Poco a poco, a raíz de esta experiencia empiezo a encontrar más información y a conocer un poco mejor el complicado mundo de las adopciones internacionales. Soy consciente de que hay muchísimas familias (seguramente varias entre los lectores de alandar) que adoptan niños africanos, latinoamericanos o asiáticos como parte de un auténtico compromiso social, que les proporcionan un mundo de oportunidades que nunca pudieron soñar en su lugar de origen, además de un amor inmenso y correspondido. Pero eso no puede llevarnos a ignorar los enormes riesgos que, para los propios niños, se esconden detrás de unos procesos de adopción mal enfocados. Hay casos de menores raptados para darlos en adopción, casos de familias engañadas que entregan a sus hijos supuestamente para que vivan a pocos kilómetros y nunca más los vuelven a ver. Y hay muchas personas que se enriquecen en el camino.

No se trata de pedir una prohibición de las adopciones internacionales, ni muchísimo menos. Pero sí tenemos que ser conscientes de lo que puede haber detrás y no desconfiar por norma de los trámites que acompañan un proceso de adopción. Pueden ser engorrosos, desesperantes para los familiares y seguramente en muchos casos desproporcionados. Pero acelerar sin control los procedimientos redundaría en un mayor riesgo para aquellos que tratamos de proteger. En un asunto como éste es mucha la responsabilidad de todos: busquemos siempre información y pidamos las máximas garantías.

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