La reunión de Londres el pasado 2 de abril fue la primera gran cumbre en que se adoptaron decisiones globales no dominadas por la visión occidental y la cultura cristiana dominantes desde fines del siglo XIX. En términos históricos, tal vez sea eso lo más relevante de lo que allí ocurrió, más allá de otras consideraciones. Y si el fin de la hegemonía occidental o de la cultura cristiana tuvieron allí un arranque simbólico, nos queda pendiente la tercera gran revolución: que el poder deje de ser un asunto de hombres únicamente, para pasar a ser compartido por hombres y mujeres –de los 26 gobernantes presentes sólo había dos mujeres, Angela Merkel, de Alemania, y Cristina Fernández, de Argentina. Ese momento parece no haber llegado aún y tal vez sea, en su momento, el que nos traerá los mayores cambios. Además, podemos decir que la etapa en que la democracia era el único sistema legítimo en los discursos políticos –que no en la real politik- parece haber pasado a la historia, como expresan la vigorosa presencia de China, Arabia Saudí o Gadafi, representando a la Unión Africana.

Si nos vamos al contenido de lo acordado, la reunión, de nuevo, resultó histórica porque se abordaron las grandes cuestiones de la economía en un grupo del que formaban parte y en el que tuvieron voz e importancia algunos países en desarrollo. Lo cierto es que todavía es dominante la voz de los países más ricos, pero ya no están solos y cuesta imaginarse de nuevo ese exclusivo club que agrupa a los países occidentales más ricos junto a Rusia (el G8) y que representa el 20% de la población mundial hablando con algo de legitimidad, frente a este G20 que engloba al 80% de la población mundial. Pero por otro lado, el mundo tiene 182 países, así que de ese grupo se quedan fuera nada menos que… 162. Demasiados. Y eso sí, si la reunión de Londres es un paso histórico en la integración de muchos en las grandes decisiones políticas y económicas, lo cierto es que el gran ausente han sido las Naciones Unidas, visiblemente ignoradas.

Así pues, una apariencia de nuevo orden, pero decenas de países ignorados y de nuevo, una gestión del poder desde clubs privados –como lo es el G8, que se reúne en Italia en junio, con Berlusconi desesperado por mantenerlo vivo y con contenido-. Es cierto que la ONU es inoperante, que los acuerdos allí son agotadores y tan de mínimos que no tienen efectos, y que los más poderosos tienen igualmente poder de veto en sus decisiones que afectan al mantenimiento de la paz, pero se trata del foro más legítimo que tiene la humanidad para resolver sus problemas. Descartarlo en lugar de reformarlo y reforzarlo puede ser un error histórico.

Y un comentario aparte merece el Fondo Monetario Internacional. Ha recibido el encargo de canalizar una enorme cantidad de dinero, cercana al billón de dólares. No en reconocimiento a su papel, sino porque no hay nada mejor a mano; es el banco central global, mal que nos pese y se hace importante cuando escasea el dinero en los mercados. Era necesario inyectar dinero a la economía mundial, en especial garantizarlo para los más pobres, pero como nos recordaba un colega africano en las discusiones sobre la valoración tras la cumbre “poner al Fondo a combatir la crisis y el empobrecimiento es como poner al Papa a liderar la lucha contra el VIH”.

El Fondo promovió la desregulación que ha provocado esa crisis financiera, empujó a los países pobres a mercados de capitales muy abiertos, y cuando sucedieron crisis en Asia o América Latina no respaldó intervenciones masivas de rescate público como las que hoy ponemos en marcha los países ricos. ¿Su autoridad ante la crisis? Ninguna. Dejó que se arruinaran los pequeños ahorradores argentinos o ecuatorianos al quebrar sus bancos y en Brasil o el Sudeste asiático optó por salvar a los inversores y fondos irresponsables que han traído esta quiebra global.
Su reforma no puede esperar, y eso abarca a su sistema de gobierno, que todavía controlan hoy EEUU y la UE en más de un 50%, pero también sus políticas y sus doctrinas. Si no es así y reina de nuevo la ortodoxia, este primer paso histórico nos llevará de nuevo a la casilla de salida.