Y qué le voy a hacer si yo nací en el Mediterráneo, cantaba Serrat. Y yo me atrevo a parafrasearle cambiando tan sólo un verbo (nacer por morir) que cambia todo el sentido de la frase. Pero es que se acerca el verano, muchos huiremos a las playas de ese mar a disfrutar de las olas, la arena (bueno, de esto no tanto), el sol y el pescaíto y no nos daremos cuenta que el Mediterráneo es cada vez más un mar maldito, un lugar de dolor y sufrimiento. En las últimas semanas la tragedia de las personas que migran pero no llegan, que huyen pero no lo logran, se ha recrudecido. Y han encontrado en las aguas del mar el fin de un sueño.

En 2014 más de 3.500 personas perdieron la vida en el mar, huyendo de conflictos, persecución y pobreza. En los cuatro primeros meses de 2015 ya son alrededor de 1.700 las personas que han perdido la vida en el Mediterráneo. En otras palabras, la cifra de muertes se ha multiplicado por 100, dice un informe de Amnistía Internacional. Y la noticia de los periódicos de ayer (4 de mayo) es que en este fin de semana de puente, mientras unos nos íbamos a dar el primer baño de la temporada y dar una vuelta a la casa de la playa después del invierno, 6.779 inmigrantes han sido rescatados en aguas del Mediterráneo.

Y claro, Europa y sus gobernantes se han asustado ante estas cifras escandalosas o, al menos, han hecho ese paripé que toca en las grandes desgracias (el avión de los Alpes, el terremoto del Nepal, las muertes de migrantes en Lampedusa): se han puesto sus trajes negros, su careta de circunstancias y han convocado reuniones y encuentros al grito de “¡Algo hay que hacer!”. Y ese algo, mira tú por donde, ha sido reforzar vallas y vigilancias, Frontex, devoluciones en caliente… Más dinero, sí, pero no para salvar vidas sino para levantar vallas, para impedir que aquellos que huyen de pobreza, hambre, sed, guerra, injusticia llenen nuestras calles.

En vez de restringir las ayudas y las relaciones comerciales con regímenes totalitarios y que atentan contra los derechos humanos, haciendo huir a las personas; en vez de ayudar al verdadero desarrollo de pueblos y colectivos (¿es necesario recordar que en dos años España ha reducido su ayuda internacional en un 70%?) para que no tengan que buscar un mendrugo de pan en la fría Europa; en vez de trabajar codo con codo, mano con mano con gobiernos y multinacionales para evitar abusos laborales… lo que hacen los gobiernos europeos es taponar, tratar de ponerle puertas blindadas al campo y buscar soluciones tan peregrinas como la de ese ministro italiano que abogaba por disparar a las embarcaciones (sin gente se supone) para que no navegaran (lo que no explicaba, pequeño detalle, era que hacía en el ínterin con los “pasajeros”).

En Semana Santa estuvimos en la isla de Malta. No visitamos los campos de refugiados, pero una tarde charlamos con Mark, un jesuita del Servicio Jesuita a Refugiados. Estaban Martín y Miguel, pues eran unas vacaciones familiares. Martín, con casi 9 años, preguntaba y no dejaba de preguntar. No le cabía en la cabeza porqué tenían que marchar y por qué no los queríamos aquí. Fue una tarde intensa e interesante que dio mucho para pensar (no solo al niño).

14 kilómetros es una película que todas las personas en edad de entender un poco mejor las cosas deberíamos ver y comentar. Y @14kilómetros es el nombre en twitter de un buen amigo, luchador incansable por los derechos de los excluidos. Y catorce kilómetros son lo que nos separa de África en el Estrecho de Gibraltar. Pero nuestros gobernantes quieren hacer de esos catorce kilómetros algo inexpugnable. Que este verano el Mediterráneo que bañe nuestros pies nos recuerde que catorce kilómetros más al sur la vida es complicada, difícil, dura. Y que somos unos privilegiados por vivir a este lado del mar. Qué le voy ha hacer si…