Ilustración Dani FarràsExisten. Los conozco. En el País Vasco los llaman “mugalaris” (en Esukera mugalariak), “los que en la noche ayudan a cruzar fronteras”. Son quienes, en lugar de levantar vallas y muros, alzan puentes y se hacen ellos mismos también puentes, las personas que están “en medio” pero no son “centro“, sino identidad fronteriza, los mediadores y mediadoras “no asépticos”, cuya posición es imposiblemente neutra, pues su corazón está siempre junto a las víctimas y las personas empobrecidas. En estos últimos meses su existencia se me hace especialmente necesaria ante el espesor de algunos acontecimientos y los brotes de violencia xenófoba y racista que, peligrosamente, emergen en nuestros barrios al calor de la manipulación informativa sobre lo que está sucediendo en los montes de Ceuta [[http://politica.elpais.com/politica/2014/02/16/actualidad/1392576581_845257.html. Noticias como éstas falsean datos que refuerzan la xenofobia y el endurecimiento de las políticas de extranjería.]].

Los he visto en Lavapiés en las últimas semanas alzando el sentido común en asambleas difíciles e inventando estrategias organizadas de defensa no violenta ante una convocatoria de manifestación fascista y racista que tenía como lema “Paremos la invasión”. Los he visto desmontando la violencia de quienes ya no pueden más y creen que, si les atacan, hay que responder con las mismas armas. Los he visto moderar posiciones extremas buscando salidas posibles y no utópicas a situaciones de violencia previsible, bien concretas. Los he visto echando mano del humor para desdramatizar y desbloquear situaciones en diálogos cerrados. Los he visto dispuestos a “cubrir” con sus cuerpos los cuerpos de otros compañeros y compañeras sin papeles ante posibles ataques racistas en la calle, los comercios, las asociaciones, etc. Los he visto haciendo y sirviendo “chocolate sin porras” en el desayuno popular organizado por los colectivos del barrio para tomar la plaza como protesta pacífica frente a la manifestación organizada, coreando al unísono “Ni en Lavapiés ni en ningún barrio”. Y también los he visto identificados y cacheados por la policía e incluso a algunos y algunas detenidos, por unas fuerzas de seguridad ciudadana cada vez más ciegas, quizá por las ordenes que reciben y que deciden obedecer, que las hace ser cada vez más miopes a la hora de distinguir entre quienes constituyen una amenaza para la paz ciudadana y quienes la custodian organizadamente desde estrategias activas de no violencia.

También estos meses nos llegan ecos de ellos desde distintas geografías. Por ejemplo, en Euskadi, donde su existencia está siendo imprescindible en el avance del cumplimiento de los acuerdos de paz. Acuerdos que son una buena noticia aunque, desde su irrupción, parezca que nos resistimos a celebrarla, si bien debería estar subrayada con letra verde en todos los calendarios. Gentes, que como muestra el documental Pluja seca, se parecen a ese tipo de lluvia tan habitual en Irlanda en la que las gotas de agua se evaporan antes de llegar a calar. Una lluvia apenas perceptible pero tremendamente eficaz, que sientes que te toca y desaparece sin dejar huella. No están en el anonimato, tienen nombres y apellidos pero, de entre todos ellos y ellas, quiero mencionar a dos por su intervención exitosa en labores de mediación en otros muchos conflictos internacionales bien complejos: Brian Currin (Sudáfrica) y el ya desparecido Alec Reid (Belfast).

También estos meses he visto “mugalaris” ante la Fiscalía General del Estado exigiendo que se investigue la actuación de la Guardia Civil por los acontecimientos ocurridos el pasado 6 de febrero, cuando un grupo de personas subsaharianas fueron abandonadas a la muerte en la playa española del Tarajal y convertidas en blanco de pelotas y balas mientras pedían socorro. Existen también “mugalaris” en los montes de Ceuta y en la frontera sur, muchos de ellos con rostro y nombre de mujer: Paula, Elena, Inma; asociaciones como Caminando fronteras o las religiosas vedrunas, que viven el cuerpo a cuerpo con quienes las desafían, acogiendo su clamor, su grito, su esperanza, sus sueños sus riesgos. Convirtiéndose también en sus altavoces, haciendo correr sus historias para que ninguna quede abandonada al olvido y señalar así la vergüenza de una Europa cómplice, que expolia a África y mata a sus gentes a la puerta de sus fronteras.

Su grito llegó hace unas semanas al edificio “blindado” de las Oficinas del Parlamento Europeo en Madrid, donde otros y otras muchas “mugalaris” recordamos algunos de sus nombres, la muerte, los heridos, el horror de aquella noche -y tantas otras en otras tantas fronteras [[Algunos de los pasos fronterizos en el mundo con más muertes a sus espaldas son la frontera dominico-haitiana, la frontera África Subsahariana-Marruecos- Europa y la frontera Centroamérica- México- EEUU]] . Encendimos velas en su memoria y, como centinelas de su esperanza, acogimos los sueños de quienes siguen esperando el momento propicio para saltarlas. Nuestros rostros eran diversos: blancos, negros, cobrizos. También nuestros acentos: uolof, bengalí, francés, castellano.etc, Pero el grito era unánime: “No más muertes en las fronteras. Ningún ser humano es ilegal”.