Me ha costado mucho escribir este artículo. Todavía me encuentro silenciosa interiormente y un tanto desolada ante hechos de los que tristemente estamos siendo testigos: el ascenso de la ultraderecha en nuestro país, la imposibilidad de que los partidos en nuestra ciudad y otros lugares hayan llegado a un acuerdo para hacer una declaración conjunta contra la violencia de género el 25 de Noviembre, etc. Hechos que me recuerdan que atravesamos tiempos de hielo, más allá de la estación climática en la que nos encontramos. O, en expresión de Yayo Herrero, lo que está aconteciendo es una guerra contra la vida, porque la política y la economía hegemónicas se están desarrollando de espaldas y contra las bases materiales que permiten sostenerla.

Hay miles de ejemplos que lo señalan, pero sin duda uno poderosísimo es el golpe de Estado en Bolivia, con la imagen de la nueva presidenta portando la Biblia, custodiada por el ejército en su entrada al Palacio presidencial y en alianza con las grandes empresas extractivistas que pretenden explotar los yacimientos de litio del país, con múltiples consecuencias en la vida cotidiana del acá y del allá. Las cientos de familias latinoamericanas solicitantes de asilo, que llegan a Barajas cada semana y que hacen cola a diario en las puertas del Samur o la Oficina de Ayuda al Refugiado, a la espera de un recurso para el que son invisibles y que terminan por ser acogidas y acompañadas, frente a la insensibilidad de la administración, por la Red Solidaria de Acogida, la parroquia de San Carlos Borromeo, o la mesa de hospitalidad de la Iglesia son otro buen ejemplo.

Este adviento nos recuerda que toca hacer de la vulnerabilidad compartida potencia y que a más invierno más cuidado de la sementera.

La guerra contra la vida no es una abstracción, como lo demuestran también las nuevas formas de cristofascismo, expresión acuñada por Dorote Solle para identificar toda forma de desviación fundamentalista del cristianismo al servicio de los intereses del supremacismo blanco y patriarcal, que se extiende a través de la propagación del miedo y de los bulos, la misoginia y el racismo institucional. Trump y Bolsonaro son buenos representantes de esta corriente. En el caso español Vox es sin duda su mayor exponente con su proclama entre otras de que la caridad ha de empezar siempre por los de casa y legitimando desde ahí unas políticas migratorias xenófobas y racistas de espaldas a los derechos humanos como si unas vidas valieran más que otras.

Estamos siendo sin duda contemporáneas de lo que algunos llaman una ciclo-génesis explosiva, constituida por trasformaciones sociales y culturales en la que todas las instituciones, creencias y relatos que parecían solidos se han disuelto en el aire hasta convertirse en surfeadores de la realidad social. Tiempos de bolsonarización de las sociedades y emergencia de la ultraderecha pero también de rebeldías organizadas frente al neoliberalismo, como está sucediendo en Ecuador, Chile o Haití. En Europa los movimientos sociales, al modo de David contra Goliat, desobedecen las leyes del mercado y las políticas de fronteras proponiendo y forzando políticas dignas de acogida, una economía que tenga en el centro el cuidado de las vidas más vulneradas y del planeta tierra y reivindicando el derecho a migrar y a no migrar de los pueblos, desafiando a los gobiernos.

Quizás el símbolo más emblemático de estas resistencias son los migrantes encaramados a las vallas de Ceuta y Melilla o Carola Rackete, capitana del Sea Watch, desembarcando en el puerto de Lampedusa a ciento de personas rescatadas de la muerte en el Mediterráneo y detenida inmediatamente después. También como iglesia nos movemos a caballo entre dos mundos: el de la reforma liderada por Francisco y las exigencias y propuestas por el Sínodo sobre la Amazonia, a las presiones internas anti-Francisco de los sectores más conservadores que ven amenazados sus privilegios. Entre una Iglesia comprometida con el fin de los abusos y la reparación de las víctimas a otra que continúa encubriéndolos.

Pero el amor y la bondad existen aún en tiempos de hielo y de cólera, pese a que el mayor éxito de los sistemas de dominación es cuando sus valores se inoculan en nuestras propias conciencias y sensibilidades y terminan convenciéndonos que no hay nada que hacer, que no nos queda otra opción más que la impotencia o la globalización de la indiferencia. Por eso vivimos también tiempos en los que somos urgidas a estar vigentes ante toda forma de adormecimiento, para no acabar viviendo como zombis, tal y como denunciaron los movimientos sociales en las protestas del G8 en Hamburgo hace unos años.

Es en este tiempo y no en otro en el que el Dios de la encarnación nos sigue citando a descubrir las semillas del Reino, que ya está entre nosotros y que nos toca detectar y cuidar su crecimiento (Lucas 17, 20-25). El Adviento nos recuerda que nuestro mundo no está abandonado de las manos cuidadoras de Dios, sino que nos pide que nos sumemos a las suyas para que el amor, la justicia, la comunión den frutos abundantes y todos y todas, empezando por los y las más vulneradas, tengamos vidas que merezcan la alegría de ser vividas. El gran mistagogo Jesús de Nazaret no enseñó que el trigo y la cizaña crecen juntos (Mateo 13, 24-30) y más que dedicarnos a cribar nos propone ser mujeres y hombres expertos en semillas como nos recuerda en tantas parábolas. En tiempos de desolación no hay que hacer mudanza, nos diría también Ignacio de Loyola, sino echarle energía para combatirla y afrontarla en compañía. Como aquel cuento clásico de Jean Giono que nos narraba la historia de Elzard Bouffier, un campesino  del sur de Francia que pasó toda su vida sembrando árboles en una zona desértica para devolverle a la tierra su verdor y su frescura, hasta convertirla en un pulmón de oxígeno donde los niños y las  niñas pudieran respirar y jugar tranquilos, aunque él nunca lo vio.

Va a tener razón el papa Francisco: «De las semillas de esperanza sembradas pacientemente en las periferias olvidadas del planeta, de esos brotes de ternura que lucha por subsistir en la oscuridad de la exclusión, crecerán arboles grandes, surgirán bosques tupidos de esperanza para oxigenar el mundo»

Este Adviento nos recuerda que toca sembrar, abrirnos al misterio de lo seminal, hacer de la vulnerabilidad compartida potencia y que a más invierno más cuidado de la sementera.