El 7 de septiembre de 1873 se produjo en esta nuestra España un hecho hasta entonces inaudito. Nicolás Salmerón Alonso, tercer presidente de la Primera República, dimitió cuando apenas llevaba mes y medio en el cargo. ¿Por qué? Porque no quería firmar las condenas a muerte de ocho militares que habían colaborado con el movimiento cantonal. Con este gesto, dijeron algunos comentaristas de la época –de los suyos, evidentemente- pasaba “a la Historia con mayúsculas”. Hoy, sin embargo, Salmerón es poco más que un ilustre desconocido para los españoles.

Y no podría quejarse. Al actual presidente de Irak, Jalal Talabani, la gloria le ha durado mucho menos. Ni siquiera una semana. El miércoles pasado, el dirigente iraquí se negó a firmar la orden de ejecución de Tarik Aziz, viceprimer ministro y sempiterno ministro de Exteriores de Saddam Hussein, condenado el mes pasado por un tribunal militar a morir en la horca. Talabani justificó así su postura: “No puedo firmar una orden de este tipo porque soy socialista. Siento compasión por Tariq Aziz porque es cristiano, un cristiano iraquí. Además, es un hombre mayor [tiene 74 años] y por eso nunca voy a firmar esta orden”.

Lamento escribir que este gesto, arriesgado y valiente como pocos en la situación política y religiosa del país, ha pasado casi desapercibido (un despacho de agencia publicado en un rincón de los periódicos) en esta parte del mundo, tan defensora de los derechos humanos. Allí, claro, es otro cantar.

Para evaluar bien el alcance de la decisión de Talabani hay que tener en cuenta varios factores. Primero, Aziz, que está gravemente enfermo, cumple una condena de 22 años por haber autorizado, precisamente, la ejecución de unos comerciantes que negociaban en el mercado negro y por promover desplazamientos forzados de la población kurda en el norte del país. En segundo lugar, su sentencia de muerte se ha producido por ordenar la represión de la oposición chíi –uno de cuyos líderes era el hoy primer ministro Nouri Al-Maliki- durante los últimos días del anterior régimen. Y tercero, Aziz es, ya está dicho, cristiano, y la comunidad cristiana es la más perseguida y atacada desde la invasión del país por parte de EEUU.

La negativa de Talabani plantea un problema constitucional, puesto que la ejecución no puede llevarse a cabo legalmente sin la firma del presidente y provocará sin duda protestas de la mayoría chíi. En 2006, Saddam fue ahorcado sin su firma, pero la coalición que gobierna hoy Irak vive un momento mucho más delicado y no puede permitirse actuar en contra del jefe del Estado sin generar una grave crisis.

Así las cosas, la postura de Talabani, que es suní y kurdo, supone un claro rechazo de la venganza y todo un alegato a favor de la compasión, que es lo que en realidad predica el islam. Pero, sobre todo, muestra a claras que, en el mundo de hoy, es posible actuar políticamente de manera coherente y fiel a los principios. Algo que últimamente echamos muy de menos por estos lares. Tal vez por eso, el gesto del presidente iraquí ha pasado por aquí sin pena ni gloria.