El kéfir era considerados por los musulmanes como un don de Alá. Hace algunos meses una amiga me regaló un kéfir. Para quien no lo conozca, les explico que es un producto lácteo fermentado probiótico. En términos coloquiales, son gránulos blandos gelatinosos que transforman la leche en yogur natural mediante un proceso de fermentación a temperatura ambiente.

Existen dos tipos: de leche y de agua. Les voy a hablar del primero. Estos granos, originarios del Cáucaso y considerados por los musulmanes como maná de Alá, hacían, ya algunos miles de años atrás, las delicias de quienes lo consumían. Su significado hace honor a sus propiedades, ya que produce una agradable sensación y ayuda a sentirse bien. Conlleva, además, la connotación de bendición a quien se regala.

Para su preparación solo es necesario introducir algunos nódulos en un tarro con leche y taparlos. Hay que dejarlos fermentar entre 16 y 36 horas, dependiendo de la temperatura exterior. Se cuela el líquido resultante y de nuevo se vuelve a poner leche fresca. Suelen ser lavados cada cinco días, aunque esto varía en función del propietario. Si no se quiere tomar en ese momento se puede guardar en la nevera, conservándose hasta catorce días en buenas condiciones.

Cuando lo descubrí y me puse a observar cómo se comporta, no pude por menos que llenarme de admiración y plantearme algunas reflexiones; hasta imaginarme que, si nos podemos reencarnar en algo, a mi no me importaría ser un kéfir. Más allá de sus propiedades, lo que me ha cautivado de estos granitos es que tienen la virtud de ser unos trabajadores silenciosos. A su ritmo y de forma callada realizan la magia de transformar un alimento en otro con propiedades saludables. No piden nada a cambio, simplemente ser lavados cada cierto tiempo para que sigan fermentando y elaborando más yogur. Como su tamaño aumenta de forma progresiva, uno se ve en la necesidad de compartirlo, lo cual hace que otra u otras personas también puedan disfrutar de él. A la vez, estos receptores los tendrán que compartir con otros. De esta manera se genera una dinámica de gratuidad muy propia del estilo de Dios.

Su valor nutricional aporta minerales, calcio, magnesio y fósforo, produciendo vitaminas del tipo B y K. También se ha constatado cierta actividad antitumoral, cicatrizante y antimicrobiana.

Entre las muchas propiedades que se le atribuyen, además de otras que la leyenda urbana ha ido añadiendo, caben destacar: la regeneración de la flora intestinal; elimina los problemas de estreñimiento; facilita la digestión; contribuye, en uso tópico, a tratar problemas cutáneos como los eccemas y también es útil para tratar enfermedades inflamatorias intestinales.

Tiene una característica peculiar: su acidez, por lo cual necesita ser acompañado de azúcar. Lo que viene a ser lo mismo que nos ocurre a todos. Intentamos dar buenos «frutos», pero hay veces que se nos escapa un regustillo ácido que tenemos que edulcorar para que los demás puedan saborear nuestro intento de alimentarles. Por otra parte, si no se comparte, el grado de acidez aumenta; es lo mismo que ocurre cuando nos encerramos en nosotros mismos.

Si alguien necesita o está interesado, que me lo pida. Gustosamente lo compartiré, sabiendo que de esta manera, al entregarlo, va incluido en el lote el regalo de una bendición y, así, continuamos la dinámica generosa de Dios.

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