Desde nuestra cruz, pudimos descubrir la invitación a la vida. Si tuviéramos que resumir en una frase lo que ha sido la Semana Santa de este año en nuestra cárcel de Navalcarnero quizá podría ser esta: “Ahora eres un hijo de Dios”. Son las palabras que una monja le dice a un reo condenado a la pena capital cuando él confiesa su delito de haber matado a un hombre.

El Viernes Santo, después de que los propios presos leyeran el relato de la pasión de Jesús y nos dejáramos conmover por los gritos de “Crucifícalo, crucifícalo”, pusimos el final de la película “Pena de muerte”. Hay una escena en la que el reo niega haber matado a un hombre, hasta que su conciencia no le permite hacerlo más y confiesa ser el autor. Cuando lo reconoce es “capaz de rezar por aquellos muchachos”. Tras esa confesión, las palabras de la monja que lo ha acompañado en todo el proceso: “Ahora eres un hijo de Dios, ahora has recuperado tu dignidad”.

Cuando lo vimos, se hizo un silencio espectacular en el salón de actos de la cárcel, donde estábamos más de 130 personas. Un silencio que nos hizo penetrar en lo más profundo de nuestro ser reconociendo también nuestra propia vida delante de Dios, que no nos condena, sino que nos ama profundamente invitándonos a seguirle. Un Dios que, como el padre del hijo pródigo, salía “todas las mañanas a buscar a su hijo”; un Dios que, como a Zaqueo, nos decía: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”; un Dios que, como a la mujer adúltera, nos invita a cambiar y no pecar más. En definitiva, un Dios que cuenta con todos nosotros para hacer un mundo mejor, un mundo más feliz. Un Dios que cuenta con nuestras miserias y grandezas para construir el Reino al estilo de Jesús de Nazaret.

En ese silencio conmovedor nos preguntábamos a quién queríamos pedir perdón; quién queríamos que nos perdonase y de qué queríamos pedir perdón en esa mañana. Desde el silencio, poniendo nuestra vida delante de Dios y de los hermanos, reconocimos nuestro pecado y nuestras ganas de querer cambiar. Era un silencio muy expresivo. Muchos, como en otras ocasiones, pidieron perdón en voz alta a las víctimas, a sus familias… Eran los crucificados, los que desde su propia cruz del pecado pedían perdón a Dios y a los demás. Y quizá más de uno escuchamos en nuestro interior las palabras de Jesús al buen ladrón: “Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso” y sentimos que ese Jesús tierno, también crucificado como nosotros, nos decía que no tuviéramos miedo porque podíamos hacer de nuestra cárcel un paraíso de humanidad, de fraternidad y expresión de algo nuevo y distinto.

Descubrimos que el sacramento de la penitencia que recibimos significa dejarse amar por un Dios que acepta nuestra vida y que nos hace asumir lo que somos desde ese mismo amor. Nos dejamos reconciliar por Dios -como dice San Pablo- y sentimos en palabras del obispo San Romero de América que “la justicia quiere decir la intervención misericordiosa de Dios, manifestada en Cristo, para borrar del hombre su pecado y darle la capacidad de obrar como Hijo de Dios”. Por eso, en este Viernes Santo, desde nuestra cruz, pudimos descubrir la invitación a la vida y a la resurrección, siendo conscientes de que asumir nuestro pecado nos devuelve la dignidad de ser hijos de Dios mirando a los demás como a hermanos.

Cuando hicimos el gesto de adorar la cruz, era la adoración de un crucificado a otro crucificado. Después procesionamos la cruz y en un silencio verdaderamente conmovedor se fueron uniendo, despacio, porque en esa cruz que había dado muerte al justo Jesús de Nazaret estaban también crucificados nuestro pecado y nuestro propio dolor. Fue un Viernes Santo de esperanza, no de muerte sino de vida, no de tristeza sino de alegría y de apertura a una nueva vida. Y en ese momento ya no había en aquel salón presos, voluntarios o funcionarios… sino hijos de Dios que, al confesar su pecado, habían recuperado su dignidad y, desde ahí, la fraternidad y el sueño de un Jesús de Nazaret que ya cuenta de antemano con nuestras miserias. Él no quería santos, quería seres humanos que se equivocan, que rectifican y que se abren cada día al amor misericordioso y entrañable de un Dios crucificado y clavado en la cruz solo por una cosa: por su locura de amor hacia todos, especialmente a los más débiles y crucificados de nuestro mundo.

*Francisco Javier Sánchez González es el capellán de cárcel de Navalcarnero y párroco de la Sagrada Familia en Fuenlabrada (Madrid)