Seguro que muchas personas nos hemos acordado de diferentes títulos de películas durante estos días tan irreales en los que hemos pasado de la negación al pánico, de pensar que la crisis del coronavirus no era para tanto a lavar la ropa con la que salimos a la calle nada más regresar a casa –aquellos que todavía lo hacen– para evitar infecciones. Hay algunas elecciones obvias, bien por el contenido bien por el título. Apocalipsis now y Apocalipsis zombie están sin duda entre las diez primeras, junto a títulos como 12 Monos o Epidemia.

Simulación de un virus con efecto caleidoscópico
Foto: Anna Leask, proyecto «Changing Worlds, Virus 4»

Yo hoy me acordaba, sin embargo, de Abre los Ojos. Ya saben, ese segundo film de Alejandro Amenábar en el que el protagonista es, además de unos jovencísimos Eduardo Noriega y Penélope Cruz, la imagen de un Madrid repentinamente desierto no se sabe bien –o, tal vez, no me acuerdo bien– por qué. La película me venía a la memoria, por supuesto, porque las imágenes de ficción de una Gran Vía en la que no se veía a persona alguna que me causaron tanta impresión en su día se han transformado ahora en reales, por mucho que nos cueste creerlo.

En una segunda lectura, el título de la película, Abre los ojos, me hacía pensar en las cosas que estoy aprendiendo estos días sobre mí y que creo que, en algunos casos, son cosas que podemos aprender como sociedad. Este aprendizajes se resume en dos conclusiones es: puedo vivir con menos, pero no puedo vivir sin algunas cosas verdaderamente esenciales.

En mi caso, y creo que no soy el único, he descubierto que puedo vivir con mucha menos agitación, con una vida social mucho menos intensa y más sencilla. Que no necesito andar constantemente de acá para allá, saltando de reuniones de trabajo a un concierto, de una obra de teatro a un almuerzo con un conocido. Sin embargo, no podría seguir adelante con mi vida si no pudiera quedarme en casa leyendo tranquilamente o hablando por teléfono con amigos con los que nunca hablo porque mis múltiples ocupaciones no me dejan suficiente tiempo para ello, o compartir cena con mi familia –hermana, cuñado y sobrinos– por Skype o FaceTime. ¡Ay, si esos afectos llegaran a faltarme!

Esa carta de quedarse en casa con uno mismo, con sus lecturas, películas, conversaciones o pensamientos casi nunca la jugamos. Ahora que nos vemos obligados a hacerlo descubrimos –yo, al menos lo he descubierto- que no es tan terrible estar a solas o en compañía tan solo de unos pocos, esos que realmente quieres y te quieren, que la angustia de vivir con mis pensamientos –incluidos los más fantasmagóricos– no me devora y que, de paso, ello me permite ahorrar dinero, estrés, contaminación, consumo.

Evidentemente, esta es una lectura muy simplificada. Una situación tan nueva y tan crítica como la actual está llena de matices, tiene miles de facetas diferentes y no voy a ocultarles que hay ratos en que también me siento perdido y atemorizado. Pero yo estoy intentando ver en este drama –sin duda lo es– personal y social también una oportunidad. Para mí y para nosotros. Y creo que la oportunidad es, sobre todo, la oportunidad de aprender a vivir más lentos (al ritmo de la tortuga de Alandar, por ejemplo), con menos cosas y sabiendo distinguir el grano de la paja, lo esencial de lo accesorio. No puedo evitar pensar que el coronavirus es, como todos los virus, una señal para bajar el pistón, para reducir el ritmo.

Tecla de ordenador manipulada para que aparezca la palabra virus. Foto: Richard Patterson. Comparitech
Foto: Richard Patterson. Comparitech

Siempre he tenido el convencimiento de que, por muchas explicaciones acerca de esta o aquella infección vírica que el médico te pudiera dar, ese catarro no era sino la única manera que el cuerpo tenía de decirme: “¿dónde vas, amigo? Te estás agotando en esta agonía sin sentido”.

Me explico: casi siempre que en mi vida he pasado por una situación de gran estrés laboral o personal, una racha de cargas enormes de trabajo o de acumulación de compromisos sociales, uno de esos periodos enloquecidos en los que uno no hace más que devolver bola tras bola desde el fondo de la pista sin darse tiempo a pensar o sentir; el punto final ha sido un fuerte catarro, uno de esos que te tumba en la cama, molido y sin ganas –o capacidad– de hacer nada durante un par de días.

Tal vez el coronavirus no sea sino eso: un inmenso catarro global. La única forma que tiene el planeta de decirnos que paremos el ritmo absurdo de consumo –no solo consumo físico, sino emocional– que nos está agotando y con el que le estamos agotando. Ojalá que captemos el mensaje, que abramos los ojos. Si es así, las miles de muertes y el increíble grado de sufrimiento que la pandemia está causando habrá servido para algo.