Por Begoña Alario, educadora

Los hechos ocurren porque tienen que ocurrir y sin más llegan y se instalan, así es el destino de nuestros pasos. Vivimos en una sociedad que no para, medimos el tiempo a cada momento. Tiempo para trabajar, para comer, para dormir, para estudiar, para dedicar a la familia y vamos pasando por todas las estaciones de paso con estrés. No tenemos conciencia ni consciencia de nuestro tiempo. Nuestra única meta es llegar a las vacaciones, ahí se deja de hacer para los demás, y el tiempo es nuestro. Pues bien, ahora nos han regalado tiempo. El universo nos dice que paremos, la Tierra está respirando y sanando estos días, el cielo está más azul que nunca. El virus no está sólo fuera, se ha quedado también encerrado en cada una de las casas que habitamos. Nos han obligado a no salir y parece que debiésemos seguir haciendo y produciendo y es que curiosamente no sabemos hacer otra cosa que «hacer».

Un niño jugando con sus coches en casa. Foto. Nico Cavallotto

Ya no sabemos disfrutarnos como humanos, ya no sabemos escuchar nuestro ser esencial y convivir con él.

Ya no sabemos quedarnos en casa, ya no sabemos leer libros entre nuestras manos, ni escuchar música sin auriculares, no sabemos vivir con el silencio. Hemos pasado la primera semana, esa en la que debíamos escuchar al mundo, mirar hacia dentro y hacia afuera, respetarnos, pensar en el otro, pensar en ti, adaptarnos a una situación única en la vida aún vivida y sólo nos preocupa hacer, trabajar, ocupar el tiempo, que los niños se ocupen también con sus deberes escolares. Hemos recibido un montón de actividades para hacer con nuestros hijos e hijas, se nos han abierto mil y unas oportunidades virtuales, y algo me resuena: ¿es que quizá no sabemos estar con nuestros hijos? De repente tenemos una bolsa llena de horas y minutos, horas en nuestras manos y que no viene con libro de instrucciones.

Somos una sociedad individualista, necesitamos llenar continuamente nuestro ser con cosas externas para no parar en lo realmente importante. Todo nos da miedo y lo hemos visto agotando todas las reservas en los supermercados, nuestros hijos viven en una sociedad que no piensa en ellos ni en lo que necesitan, les exigimos mucho más de lo que ellos son capaces de dar, el ritmo y la sociedad lo impone. A penas existe el juego ininterrumpido en sus vidas, ese juego que hace desarrollarse al ser humano desde lo más esencial, desde su propio ser, único y natural.

Y ahora esta pandemia nos devuelve la calma, el tiempo, respeto por nuestros ciclos vitales y nos invita a la reflexión. A estar juntos, a conocernos mejor, a compartir, a sentirnos y dejar las horas pasar…como antes, como cuando éramos pequeños, sólo con lo necesario, con nuestros padres en casa. Y resulta que no sabemos, que no sabemos ni explicarles qué ocurre, que nos ocurre, ni tan siquiera les verbalizamos nuestros miedos, sólo les imponemos lo que se hace, lavarse las manos, toser en el brazo, y así una suma y sigue. Casi ningún adulto les toma y les valida, les pregunta ni les acompaña. Nuestros hijos necesitan padres sinceros, humildes, honestos, vulnerables y conscientes de su propia historia personal, que conozcan y reconozcan sus limitaciones, que sepan encontrar sus vacíos emociones y revisarlos, que sepan pedir disculpas y que deseen hacer las cosas desde otro lugar que no sea el mundo impositivo.

No sabemos explicarles lo que ocurre, ni siquiera les verballizamos nuestros miedos. Foto: Webdesignprof
No sabemos explicarles lo que ocurre, ni siquiera les verballizamos nuestros miedos. Foto: Webdesignprof

Tenemos todos la capacidad de cambiar, de transformar, de mejorar y sanar nuestras relaciones afectivas tomando nuevas decisiones conscientes, y éste tiempo debería servirnos para ello. Para sacar el mayor de los aprendizajes, para dialogar para poder observar que nuestros hijos están igual de asustados que nosotros, que les hemos creado un horario escolar desde el día siguiente, ellos ven, escuchan y viven también nuestra ansiedad, no tienen cole y además están recluidos en casa.

Llevamos dos pero vendrán tres e incluso cuatro sino son más semanas conviviendo así, comenzará ahora el periodo más crítico y para el que no nos hemos preparado, comenzarán los berrinches, los enfados y ansiedad, enfado y rabia ante no poder ver las cosas normales como antes y eso no será posible, porque aun cuando empecemos a caminar, también será lento ese camino.

Los niños no hacen lo que les decimos, sino lo que ven que les hacemos. Si les damos voz, verán que son importantes para nosotros, y lo que los demás hagan o digan no tendrá tanto impacto emocional sobre ellos, pues se sentirán seguros, respetados y tenidos en cuenta por nosotros. Su adulto de referencia. Se identificarán con el amor, la ternura y el respeto que reciben de nosotros a pesar de que otros no les traten bien. Perdimos la capacidad de ver y sentir al otro quizás porque no fuimos suficientemente vistos ni cuidados. Les pedimos y exigimos control, silencio, paz, orden, calma… pero no lo ven en nosotros.