Pedro Casaldáiga ha fallecido el 8 de agosto, cincuenta y dos años después de su llegada a Sâo Felix  do Araguaia en el Estado de Mato Grosso (Brasil), donde pretendió fundar una misión claretiana. Nunca más volverá a su tierra catalana.

Dom Pedro Casaldáliga en una foto del archivo de la Comissão Pastoral da Terra

Al llegar encuentra un territorio tan extenso como Portugal sin servicios sanitarios –no había un solo médico– ni educativos ni postales. Sólo tres jeeps como todo medio de transporte. Una extensa región de latifundios en los que trabajan en condiciones esclavistas campesinos sin tierra. Él mismo contaba que en los primeros años tuvo que enterrar a más de mil campesinos, a veces sin nombre y a veces sin ataúd. Allí echó a andar sin más fundamento que una casa de 4 por 8 metros en la que seguirá durante años, con un dormitorio mínimo con una litera por si hay que albergar a alguien sin cama para esa noche.

Tres años más tarde el Vaticano le nombra Obispo de la prelatura apostólica de Sâo Felix do Araguaia. Ante su negativa hay que convencerle de que ese nombramiento será positivo para la su trabajo pastoral.

Tras un intento fallido de atentado, el día 23 de octubre es consagrado obispo en una ceremonia al aire libre. En la tarjeta de recordatorio se puede leer: “Tu mitra será el sombrero de paja campesino, el sol y la luz de la luna… Tu báculo será la luz del Evangelio… tu anillo será la fidelidad a la nueva Alianza del Dios liberador… no tendrás otro escudo que la Esperanza y la libertad de los hijos de Dios…”

Poeta inspirado, lo escribirá en un poema que es todo un programa de vida:

No tener nada.
No llevar nada.
No poder nada.
No pedir nada.
Y, de pasada,
no matar nada;
no callar nada.

Solamente el Evangelio, como una faca afilada.

Y el llanto y la risa en la mirada.
Y la mano extendida y apretada.
Y la vida, a caballo, dada.
Y este sol y estos ríos y esta tierra comprada,
por testigos de la Revolución ya estallada.
¡Y “mais nada”!

El mismo día de la ordenación se publica clandestinamente un escrito titulado Una Iglesia en la Amazonía en conflicto con el latifundio y la marginación social. Son 30 apretadas páginas en las que el obispo denuncia la miseria y marginación del pueblo pobre, la situación de los sin tierra, el genocidio de los pueblos indígenas, relata los casos más notables dando los nombres de los latifundistas responsables… Esa noche, bajo la luna llena, dom Pedro piensa si no ha firmado su pena de muerte.

Porque, en efecto, reproducido por los medios de comunicación, el documento sacude Brasil en plena dictadura de los militares.  Como él mismo preveía le llega una advertencia del mayor de los latifundistas y después otras muchas y amenazas de muerte y consejos de “amigos” para que abandone un camino que configurará toda su vida.

Con un callo por anillo,
monseñor cortaba arroz.
¿Monseñor «martillo
y hoz»?

Me llamarán subversivo.
Y yo les diré: lo soy.
Por mi pueblo en lucha, vivo.
Con mi pueblo en marcha, voy.

Tengo fe de guerrillero
y amor de revolución.
Y entre Evangelio y canción
sufro y digo lo que quiero.
Si escandalizo, primero
quemé el propio corazón
al fuego de esta Pasión,
cruz de Su mismo Madero…

El fuego de esta Pasión no le abandonará jamás  ni siquiera ante las amenazas constantes. En 1978 acude con el jesuita João Bosco Burnier a interceder por dos activistas detenidas y torturadas. La policía mata al jesuita, acaso confundiéndole con él.

Paciente y tenaz, dom Pedro va tejiendo una trama social fraternal y reivindicativa. Elabora un plan educativo, es uno de los fundadores del Consejo Indigenista Misionero (CIMI) y de la Comisión Pastoral de la Tierra de la Iglesia brasileña (CPT), está en el origen de cientos de organizaciones populares.

Alegando su miedo a que el gobierno impida su retorno, no cumple con la obligación quinquenal de la visita ad limina. Sólo una vez Roma reclama su presencia para una reunión y un interrogatorio poco favorables –están  reproducidos en la serie televisiva Descalzo sobre la tierra roja– y para una entrevista con Juan Pablo II que aprovecha para entregarle una larga carta con sus ideas sobre él mismo y sobre la Iglesia.

Le podría haber entregado este poema, toda una explicación y una defensa.

Si no sabéis quién soy. Si os desconcierta
la amalgama de amores que cultivo: 
una flor para el Che, toda la huerta 
para el Dios de Jesús. Si me desvivo

por bendecir una alambrada abierta 
y el mito de una aldea redivivo. 
Si tiento a Dios por Nicaragua alerta, 
por este Continente aún cautivo.

Si ofrezco el Pan y el Vino en mis altares 
sobre un mantel de manos populares… 
Sabed: del Pueblo vengo, al Reino voy.

¡Tenedme por latinoamericano, 
tenedme simplemente por cristiano, 
si me creéis y no sabéis quién soy!

Activista, pensador, poeta, místico, pobre de solemnidad, candidato al premio Nobel de la Paz, sacerdote cristiano, Pedro Casaldáliga ha sido una luz brillando en este mundo en tinieblas. Ha tenido tiempo de ver dónde ha ido su Nicaragua tan querida, ha podido asistir a la llegada de Bolsonaro, ha muerto en este mundo lleno de furia y ruido. Nos ha enseñado que Jesús tenía razón: quien pierda su vida la ganará. No sólo para él, que habrá llegado al Reino con el que soñaba sino para tantos que en él han encontrado razones para alegrarnos, para confiar y para luchar al lado de los que sufren.