En medio de la cuarentena y de tantas noticias difíciles de digerir, nos llega la de la muerte del gran teólogo Juan Martín Velasco, Premio Alandar 2012 y referente para esta revista, así como para muchas personas a las que ayudó a acercarse un poco más a Dios y a la transcedencia. Con ocasión del premio, hace ya ocho años, nuestro compañero Nacho Igartua le entrevistó y ahora desde el equipo de la revista queremos rendirle homenaje a través de diversas voces, comenzando por la de Lala Franco.

Juan Martín Velasco, premio Alandar 2012

Poca gente he conocido que me haya hecho sentir tan claramente que estaba ante un hombre de Dios como Juan Martín Velasco, que acaba de dejarnos. Cuando lo conocí personalmente, allá por el año 84 con ocasión de una entrevista para Radio Exterior de España, me dirigí a él como Juan de Dios —era su nombre— y él me hizo apear la segunda parte. «Llámame Juan», me dijo. Sin embargo, siempre he pensado que el nombre le iba al pelo, porque Juan hablaba muy bien de Dios. Y hablaba muy bien porque sus palabras trasparentaban su experiencia personal ante el Misterio y tenían siempre el sello de la autenticidad.  Su saber, que era mucho, no se revestía nunca de pedantería o superioridad. Se revestía de sencillez y claridad en la exposición y de su propia verdad, su propia experiencia de encuentro con Dios.

En ese sentido, quiero rescatar una hermosa charla que nos dio al Foro de Profesionales Cristianos y que titulamos «¿Se puede vivir sin Dios?», en la que comenzaba por hacer su propia profesión de fe cristiana, para explicarla a continuación desde la fenomenología y desde su conocimiento profundo de lo común que tienen en el fondo las creencias religiosas. Como experto en religiones comparadas, Juan desmitificaba también, en el sentido de humanizar nuestras creencias y situarlas en relación con otras para que entendiéramos la parte de esas afirmaciones que son relativas, cultural e históricamente condicionadas. Se preocupaba también de presentar las afirmaciones religiosas cristianas en relación con la no creencia, es decir, con capacidad de dialogar con tanta gente que hoy afirma sus razones para vivir alejadas del ámbito religioso.

Le parecía discutible a Juan que el hombre fuera por naturaleza religioso, pero no que el hombre tenga, tengamos, una capacidad de trascendencia que pude vivirse religiosamente, desde luego, pero también de otros modos, desde la entrega al otro,  a la poesía, o el arte. Toda esa preocupación por el diálogo con otras concepciones del mundo  tenía como trasfondo la preocupación por «La transmisión de la fe en la sociedad contemporánea», y así se titula uno de sus mejores libros.

Además de sus publicaciones, charlas y retiros, durante años dirigió en su parroquia de Vallecas una Escuela de oración a la que también tuve el gusto de asistir durante un tiempo. De ahí extraigo algunas notas de esa sabiduría suya para enseñarnos a vivir en Dios y a tejer con Él una relación amistosa personal.

«Dios nos ha puesto en la vida y nos mantiene en ella, existimos gracias a Él, ese es nuestro fundamento que es un sólido fundamento. Pero ¿para qué? Para dar gloria a Dios, se decía en tiempos de San Ignacio. Pero no somos sus esclavos, por el contrario el Dios de Israel ya no es un Dios tirano, porque Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, es decir, nos crea capaces de establecer una relación amorosa con Él. Pero ¿para qué? Para dar gloria a Dios, se decía en tiempos de San Ignacio. Pero no somos sus esclavos, por el contrario el Dios de Israel ya no es un Dios tirano, porque Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, es decir, nos crea capaces de establecer una relación amorosa con Él.

Como decía San Ireneo, la gloria de Dios es que el hombre viva y la gloria del hombre es vivir en Dios.

Dios nos crea infundiendo en nosotros su espíritu, por ello estamos abiertos al infinito. Por eso la condición humana no se limita al cuerpo, porque somos una síntesis de finitud e infinitud. Lo descubrimos al mirarnos a nosotros mismos. La presencia de Dios en nosotros genera un dinamismo que nos empuja hacia Él, es una fuerza que nos lleva hacia Él. Hay incontables testimonios poéticos en ese sentido. Por debajo de todos los deseos está el deseo de lo infinito, el deseo de lo mejor, que sólo puede ser llenado por Dios. Nos hiciste señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti, como decía S. Agustín.

Tenemos que tomar conciencia, disfrutar este gozo de nuestra condición: soy de Dios, procedo de Él y a Él me encamino», concluía, para proponer  acabar orando con el Salmo 41″.

Recojo también brevemente  estas recomendaciones para establecer una relación personal con Jesús a partir del método ignaciano:

Juan Martín Velasco en el Colegio Mayor Chaminade, en la entrega de los premios alandar 2012. Foto: Mauricio Burbano

«Jesús es la encarnación de Dios, el rostro de Dios vuelto hacia nosotros… Por eso, la mística medieval propuso, como método el entrar en contacto con los misterios de la vida de Jesús. San Ignacio hace suyo el método y propone la contemplación. Contemplar no es sólo mirar, es contemplar la realidad con otros ojos, más allá de la preocupación por el momento, de modo que los lirios del campo representan,  por ejemplo, la gloria de Dios. La contemplación implica el descubrir cómo nos visita el Dios que viene de lo alto.

En la contemplación de los misterios de Jesús, nos hacemos partícipes de esos misterios… De modo que toda oración lo que pretende es establecer una relación amorosa con Él. Hermanas, decía Sta Teresa, no se trata de hablar mucho sino de mucho amar.

San Pablo incide en lo mismo: que el Señor os conceda la sabiduría que os permita conocerlo a Él plenamente; una sabiduría que no es como la ciencia, ya que viene del verbo sapere, que significa gustar. De modo que es un conocimiento que se gusta. Luego dice que os conceda la sabiduría del corazón, para más amarle y seguirle… Que Cristo os haga vivir enraizados en el amor para comprender cuál es la anchura y profundidad del amor de Cristo. Un amor así, hace entablar una relación tan estrecha que todos los místicos dicen que no soy yo, sino que es Él el que vive en mí, Él toma posesión de nuestra vida y se vive en nosotros, nos permite vivirla como la suya.

Los ejercicios proponen un método: ver un pasaje de la vida de Jesús, prestando oído a lo que se hace, a los personajes, etc. Poner todos nuestros sentidos para hacernos presente en ese lugar descrito… Ejercitamos nuestra imaginación y nuestro corazón en esa lectura. Y acabamos con un coloquio con Jesús, con el que hemos tratado de entrar en relación.

Lo importante es obtener de la contemplación de los misterios de Jesús una verdadera vivencia, es decir, una interiorización de lo percibido y leído,  de modo que nos introducimos en la escena como un personaje más. Lo que se consigue es percibir la presencia del Señor en nosotros mismos.

Los tres momentos de ese proceso son, pedir conocimiento interno, leer el texto como indicado, y acabar estableciendo ese coloquio con el Señor».

No quiero dejar tampoco de recoger sus recomendaciones para Orar en la ciudad.

«Rehumanizar la ciudad es una condición necesaria para orar en la ciudad,  para encontrarnos con el otro y tomar conciencia de nuestra propia vida. Necesitamos introducir relaciones humanas fraternas y crear espacios para el silencio, el encuentro y la vida interior. Ahí renacen los deseos profundos.

Frente a la competitividad, vivir desde la solidaridad y la cooperación… retejer  el tejido deteriorado de la vida ciudadana para poder comenzar a orar en la ciudad.

Crear comunidades fraternas en la polis, así se extendió el cristianismo: pequeños grupos que descubren que Dios los ama y lo celebran reuniéndose a compartir y dar gracias. Eso puede seguir haciéndose…

Convertir las parroquias en verdaderas comunidades y comenzar allí a vivir como describe el evangelio: eso sería ya una alternativa a tantas formas de vivir decepcionantes.

También se exige descubrir el paso de Dios por la ciudad, mirando fuera de la Iglesia. Añadir nuevas estrofas al cántico de las criaturas encontrándonos con las periferias concretas: enfermos, ancianos, parados, refugiados, inmigrantes…

No hay que mirar al firmamento estrellado sino a nuestro alrededor para identificarnos con el que sufre.

Nuestra oración se intercesión ha de tener en cuenta a todos aquellos que nos mueven y a todos aquellos que hasta nos molestan. La vida de la ciudad invita a orar desde el compromiso con la justicia: la oración que no pretende cambiar la comunidad de que procede no vale la pena, dijo Elie Wiesel.

La experiencia de Dios en el Centro de lo cotidiano, en el espesor de lo real: en el corazón de las masas en lugares pobres; compartir el trabajo, orar por esa humanidad con contemplación y compromiso como los hermanos de Foucault.

La mística es posible entre los pobres también como dijo Santa Teresa porque entre los pucheros está Dios.

Condiciones externas para la oración en la ciudad: reservar momentos para ello. Habilitar espacios hermosos y verdes para la oración personal y comunitaria. Y disponer de materiales: salmos, el evangelio, viejas oraciones de santos y místicos. Crear pequeños grupos de oración».

Se trata, en definitiva, de vivir la experiencia de la misericordia de Dios.

«Hablar de la misericordia es hablar del centro mismo de Dios y de la vida cristiana. Se compone de cor y miseria, es decir, el corazón vuelto hacia la miseria del otro. Y eso contradice la idea de que el antiguo testamento sólo habla de un Dios guerrero, es un preciosos canto al Dios misericordioso».

Son estas palabras de un retiro de Adviento en el que JMV nos habló de ese Dios que ya le habrá mostrado a él su rostro, le habrá desvelado todos los misterios y lo hará vivir en plenitud.

En eso confiaba y así lo expresaba en la ponencia «¿Se puede vivir sin Dios?»,  que os ofrecemos aquí en versión completa. Con esas palabras suyas sobre el misterio de la vida y la muerte y sobre la confianza en Dios quiero acabar este breve recuerdo, que quiere ser también un homenaje agradecido.

«Porque probablemente la humanidad esté sola si la realidad que la precede, la origina y fundamenta no es una realidad que por su llamada personal suscita a los seres personales que somos nosotros. Tal vez es esto  lo que quería decir una filósofo americano al decir  que “las religiones son lo que el hombre hace con su soledad”, es la gestión de la soledad; ese es nuestro problema fundamental, el descubrirnos solos frente al mundo, y necesitados de dar una razón de ese ser solos frente al mundo. Por eso me encanta el verso de Unamuno que dice preciosamente lo que yo  intentaba balbucir: 

Pero Señor,  “Yo soy”, dinos tan solo,
Dinos “Yo soy”  para que en paz muramos, 
Que no en soledad terrible sino en tus manos.
Podría cambiarse el verso para decir también,  sin cambiar el sentido:
“Dinos, Yo soy, para que en paz vivamos,
No en soledad terrible sino en tus manos”.

Me parece que esta necesidad de compañía que experimentamos, ninguna otra realidad la colma como ese Dios presente,  que en nuestro origen nos está haciendo ser a lo largo de toda nuestra vida,  que es nuestra compañía permanente, que va a estar presente cuando todos lo demás se queden de este lado, que va a estar presente como los brazos que nos acojan cuando ya no nos pueda acompañar nadie».