Ilustración Pepe Studio Ja

Quedarse en casa es fastidiado pero también está generando muchas iniciativas y propuestas, así que me sumo a ellas: ofrezco una visita guiada por la Biblia con el objetivo de reforzar la consigna #YoMeQuedoEnCasa que nos lanzan por tierra, mar y aire. El intento es descubrir las innumerables ventajas que ofrecen casas, ventanas y azoteasy los peligros que entraña abandonarlas echándose a la calle de manera imprudente, sin tener motivos para ello por carecer de perro al que pasear. Vamos a ello, pónganse zapatos cómodos para la visita.

En el relato fundante del Éxodo la consigna que recibieron aquella noche los israelitas en Egipto fue esta: Que ninguno de vosotros salga por la puerta de la casa hasta la mañana siguiente (Ex 12, 22). Es verdad que el plazo era más corto que el que nos dan a nosotros, pero es que la Covid19 está resultando más mortífera que el ángel exterminador. Durante la etapa de la conquista de la tierra, Josué mandó dos espías a inspeccionar Jericó y, como si estaban en la calle iban a despertar sospechas, se metieron por la noche en casa de Rajab que teletrabajaba en el asunto del sexo. Llegaron a detenerlos unos enviados del ex comisario Villarejo (implicado en la trama), pero ella los escondió en la azotea bajo unos haces de lino y se salvaron (Jos 2).  Siguiendo con el tema erótico, es antológico lo de David asomado a su azotea después de la siesta y viendo bañarse a Betsabé que se le daba un aire a Corina (2 Sam 11). Hay quien piensa que Hitchcock se inspiró en esa escena para filmar ‘La ventana indiscreta’.

Y ahora, lo contrario: cómo salir a la calle era tan peligroso entonces como hoy, como tanto insisten nuestras autoridades: Dina, la única hija de Jacob, tuvo la ocurrencia “de salir a visitar a las mujeres del país y Siquén, hijo de Jamor, príncipe del país, la violó” (Gen 34,1). Aún faltaba mucho para el movimiento Yo te creo hermana pero, si siguen leyendo, verán que el violador recibió el castigo que se merecía. El colmo de la mala suerte fue el caso de la hija del juez Jefté: él acababa de ganar una batalla y prometió insensatamente que ofrecería en sacrificio lo primero que saliera a recibirlo y ¿quién dirán que fue la primera que abandonó la casa y se lanzó a la calle a su encuentro? Pues ella,  y el padre se sintió en la obligación de cumplir su promesa (Jue 11,29- 40). No me hagan preguntas teológicas sobre el asunto porque estoy jubilada de la docencia.

Como no todo van a ser desgracias, recuerden aquella casa llena hasta la bandera de gente que escuchaba a Jesús y el gesto precioso de los cuatro sanitarios que descolgaron a su amigo paralítico por un agujero en el tejado (Mc 2,1-4). Aplauso unánime. Y cómo olvidar la recomendación de Jesús de  alejarse de lugares públicos (sinagogas, calles, plazas…) donde acechan tantos contagios de vanidad, y adentrarse en la propia  habitación, cerrar la puerta y “orar al Padre, que está en lo escondido” (Mt 6,5-6).

En medio de este tiempo difícil, nos sostiene una esperanza: el mismo que se presentó a los suyos “reunidos en una casa con las puertas cerradas, por miedo(Jn 20,19-20), vendrá a saludarnos con su paz, nos felicitará por haber resistido con ánimo esta etapa y no habernos olvidado de sostener a los que llevan la peor parte.

Y nos inundará con esa alegría suya que ni siquiera el coronavirus puede arrebatarnos.