He conocido por casualidad la historia de Joseph Wittig. Nacido en Silesia en 1879, a los 32 años era sacerdote y profesor de Historia de la Iglesia, Patrología e Historia del Arte. En 1922 publicó en una prestigiosa revista católica, Hochland, un mensaje pascual titulado “Die Erlösten” (los redimidos) que tuvo gran repercusión. En su opinión, el cristiano católico “se siente siempre amenazado por castigos a causa de transgredir los límites»; no llega a experimentar la belleza de la fe en medio del Reino de Dios. En su trabajo tenía frases como ésta: “Oh vosotros, dogmáticos,… ¿no podríais proclamar vuestra doctrina de salvación de tal modo que el pueblo católico se sintiera realmente redimido del pecado…? Poneos a buscar en los tesoros de nuestra santa Iglesia católica… Algunos de vosotros se han equivocado de puerta y en lugar de llegar al lugar del tesoro han acabado en la sala de torturas”.

En 1925 publicó su Leben Jesu in Palästina, Schlesien und Anderswo” (Vida de Jesús en Palestina, Silesia o en cualquier otra parte) que gustó poco en Roma. Así pues, tras sucesivas discusiones, el obispado de Breslau, por indicación del Santo Oficio, expidió el 12 de Junio de 1926 el decreto de excomunión, por el que Wittig quedó excluido de la comunión eclesial. Nunca le llegó una comunicación oficial del decreto eclesiástico, difundido a través de la prensa. Tampoco le fue comunicada oficialmente su reconciliación; la conoció después de la guerra, en marzo de 1946, por un telegrama del administrador polaco para Breslau, sin que la hubiera solicitado y sin estipular condiciones.
En todo caso su comentario fue: “No se trata en absoluto de un regreso, porque yo nunca he abandonado la Iglesia” aunque hubiera exigido del Santo Oficio “lo mínimo que se concede a cualquier delincuente, conocer de forma precisa los motivos de la condena y que se le concediera la posibilidad de enmendarse”. Pero los tiempos no estaban maduros para tales pretensiones.

Mi conocimiento de esta historia ha coincidido con la lectura del segundo tomo de las memorias de Hans Küng. El teólogo suizo mantuvo un largo desencuentro con el Vaticano, especialmente a propósito de su libro “Unfehlbar? Eine Anfrage” (¿Infalible? Una investigación) Pero ya en mayo de 1968 le había llegado un requerimiento para que en cuatro días se presentase en Roma para un coloquio. Küng contestó diciendo que le era imposible en esa fecha por sus clases y compromisos anteriores, que pedía tener acceso al expediente abierto con su nombre, que se indicasen las cuestiones sobre las que se iba a tratar, que se le diese el nombre de sus interlocutores, que se hablase en alemán y que se reembolsasen todos los gastos.

El Vaticano aceptó pagar los gastos y buscar una fecha distinta pero no transigió en los otros puntos. Empezó ahí un tira y afloja que duró once años y que terminó con una victoria pírrica sobre Küng.

He contrapuesto esas dos historias justo cuando me llega la noticia de la próxima condena que la Conferencia episcopal española preparaba contra la obra del teólogo Torres Queiruga. Filtrada la noticia por Religión Digital, diversos colectivos -entre ellos, el Foro Curas de Madrid- han expresado su rechazo a la presumible condena y de momento ésta no se ha producido.

A veces pensamos que las cosas no cambian en la Iglesia. Sí que cambian y sobre todo cuando hay cristianos que se proponen implicarse para que sea así.

P.D. Torres Queiruga es profesor de la Universidad civil, de modo que una condena no afectaría a su estatus académico y multiplicaría en cambio las ventas de sus libros. ¡Vaya un éxito!