No cabe duda alguna de que los cambios culturales influyen en la teología y en los sentimientos religiosos. Cuando esos cambios son muy acelerados, acaban coexistiendo, dentro de una fe común, concepciones muy distintas sobre Dios, sobre Jesucristo, sobre la redención. No es que eso no ocurriera en otros tiempos, pero esas mutaciones requerían el paso de lustros y aun de siglos -entre santo Tomás y Lutero han pasado tres- y ello permitía llegar a acuerdos globales, sostenidos por la autoridad de una jerarquía que actuaba como tal.

No es este el caso en la actualidad. Por ejemplo: en cincuenta años se ha pasado del Dios del catecismo, premiador de buenos y castigador de malos, al Dios misericordioso que salva y perdona a todos. Y de este modo, en la misma Iglesia católica conviven quienes amenazan con la condenación a quien olvide los mandamientos y quienes sostienen una amnistía general para toda la humanidad. Si Dios es “compasivo y misericordioso” -así argumentan- y si es verdaderamente Padre, no puede por menos que perdonar a todos porque, ¿qué padre no lo hace? Más aún Él, que “conoce nuestra masa y sabe de qué barro estamos hechos”.

Puesto que no comparto esta opinión, quiero en las líneas que siguen justificar la mía.

Hay que comenzar diciendo que para un cristiano la Biblia es un punto de referencia insoslayable. Como obra humana que es puede y debe ser estudiada e interpretada. No es razonable, sin embargo, borrar de un plumazo afirmaciones o doctrinas que parecen pertenecer a su esencia sólo porque no concuerden con nuestra sensibilidad actual.

Entre esas afirmaciones, ya en el salmo 1 está la de que “el Señor conoce el camino de los justos pero la senda de los malvados perecerá”. Y en el Deuteronomio (30,19) se afirma: “Te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Elige, pues, la vida, para que vivas tú y tus descendientes”.

Ciertamente en otro salmo se afirma que “el Señor es lento a la ira y rico en clemencia. No nos trata según nuestras culpas ni nos paga según nuestros pecados. Como un padre siente ternura por sus hijos así el Señor siente ternura por sus fieles” (Ps 103) y a ello remiten los partidarios de la amnistía universal. Si un padre siempre perdona a sus hijos, mucho más un Dios que es nuestro Padre. Con ello retoman -acaso sin saberlo- la vieja doctrina de la apokatastasis, defendida por Orígenes, que se apoyaba en la carta de san Pedro cuando habla de la “restauración de todas las cosas”.

No hace falta recordar que las palabras que usamos para hablar de Dios son siempre inadecuadas, aproximativas, simbólicas. Las utilizamos porque no tenemos otras siendo conscientes de su precariedad. También ocurre así con la palabra Padre. Pero hay que recordar que un padre pone a su hijo en la vida, lo cuida, lo educa, lo ayuda a crecer, lo acompaña y aconseja y siempre estará dispuesto a acogerlo si se descarría. Pero en definitiva es el hijo quien decide su propio destino y éste puede ser el de ganar la vida o el de perderla. La vida del hijo, buena o mala, creativa o destructora, es del hijo y también lo son sus consecuencias.

Pues algo semejante ocurre con el Dios Padre. Ha puesto al ser humano en este mundo, ha derramado sobre él el Espíritu que lo va a acompañar siempre pero también le ha dado libertad y la ha tomado en serio eligiendo retirarse. No es en absoluto como el titiritero que mueve los hilos de las marionetas. Así pues, “delante del hombre están la muerte y la vida; le será dado lo que él escoja” (Sir 15,17). Si ha escogido el camino que lleva a la muerte se hundirá en ella definitivamente.

Cosa distinta son las descripciones apocalípticas deudoras de un genero literario muy determinado. El infierno, el fuego eterno, los tormentos inflingidos por el diablo no hay por qué tomarlos al pie de la letra y caben ahí interpretaciones diversas. Schillebeeckx, por ejemplo, sostiene que la muerte de que hablan los textos es la desaparición definitiva. Jesús decía: “no apaguéis el Espíritu”. Quien lo hace decididamente ha elegido sumergirse en la oscuridad.

Ciertamente hay hoy una sensibilidad que tiende a la disculpa y a la absolución basada en circunstancias atenuantes o eximentes. Quien decide apuntarse al cortejo de los que matan, torturan, abusan, oprimen seguramente fue a su vez abusado y torturado o ha acabado siendo víctima de una sociedad violenta o de una familia desestructurada o de daños en su cerebro. Toda persona tiene algo bueno en el fondo y es eso lo que en definitiva la salvará. Pero con todo el misterio que encierre, el mal existe y hay quienes deciden engancharse a él. Han elegido un camino de muerte y no es suficiente que hayan sido cariñosos con su amante o con su perro.

Como dice el libro de los Proverbios (18,5): “¡Qué malo es declarar inocente al malvado y no hacerle justicia al inocente!”