Con motivo de la última edición en papel de Alandar, he decidido darme un homenaje no solo a mí, sino a aquellos de la plantilla que estamos en esa década prodigiosa que se verá por el contexto. La exhibición de nuestros méritos tiene como fin que se hagan idea de lo que ha supuesto para nosotros llegar hasta la nube. Conectados a unos auriculares, gentileza de Alandar, haremos una visita guiada al Museo de Vestigios Arqueológicos que conserva  utensilios de escritura posteriores al Paleolítico Superior. Doy fe de haber sido usuaria de todos y cada uno de ellos.

“Vitrina que muestra objetos datados en los años 40. Plumier: cajita alargada de latón para guardar lapicero, sacapuntas y  goma de borrar. Junto con la pizarra y el pizarrín (la relación de este con la pizarra no era la misma que la de Juanín con Mariquita Pérez),  iban dentro de un cabás como el de Forrest Gump. Era un kit esencial para las sumas, restas y dictados. Steve Jobs encontró uno parecido en el desván de su abuela en Wisconsin e inventó  la tablet.

Juego de plumilla y tintero de la misma época. Algunos adultos al ver las manchas del test de Roscharch, han sufrido un fuerte shock recordado traumas de su infancia: “Volqué sin querer tinta china en la alfombra de mi casa -cuentan entre sollozos- y aún no he superado la cruel reacción de mi familia”. La tinta china era la especie peor, cosa que sabíamos ya antes de que Trump nos previniera contra  todo lo chino.

Pluma estilográfica. Oscuro objeto del deseo de las criaturas de los años 50, semejante al provocado por el Apple iPhone 8 en las de hoy. Observen el curioso sistema de cargado: desenroscando la parte inferior, se presionaba un tubo de goma  que aspiraba la  tinta. En ocasiones y por causas que escapan a toda comprensión, la tinta era expelida violentamente hacia fuera provocando otra catástrofe medioambiental. Yo cogí un día sin permiso la pluma de mi padre que, cayendo al suelo de punta (la pluma, no mi padre) quedó irremediablemente espatarrada en cumplimiento del principio de Peter.

Bolígrafo vintage Pre-BIC. Especialmente diseñado para dejar tras de sí un rastro de grumos siniestros que, al entrar en contacto con la manga del jersey, dejaban a entrambos absolutamente inservibles.  

Pasta copiadora usada en el convento allá por los años 60. Sobre una masa  gelatinosa  que descansaba sobre una lata, se iban pegando los folios uno a uno, obteniendo copias de color morado, quizá para no olvidar lo penitencial del sistema.

Hispano Olivetti 1970. En ella escribí mi primer artículo, alternando hojas de carboncillo con las de papel para las copias. Cada pulsación en la tecla equivocada acarreaba la extracción de todo el pack para ser corregido, golpe a golpe y verso a verso,  mediante  un pincelillo reparador. 

Ciclostil. Dotado de un manubrio como el de los organillos de las verbenas, las copias salían a una velocidad proporcional al fervor con que se activaba la manivela.

Computerosaurio Rex, avistado en la Península a finales de los 80. Dotado de una gigantesca panza posterior, emitía al conectarse unos ronquidos sobrecogedores como de Allien respirando. Sobre su pantalla negra resaltaba el verde fosforito de los caracteres, provocando el mismo estupor reverencial que acompaña la presencia del mysterium tremens et fascinans.

Por mí seguiría, pero mejor me concentro en los nuevos aprendizajes: acertar con las fck… instrucciones para subir los fck… artículos a la fck…nube.

No olviden devolver los auriculares a la salida del Museo. Muchas gracias.