“En verano la ciudad se queda desierta”, es la frase ya tópica que se escucha cada año en Madrid del 15 de julio al 15 de agosto. “No hay un alma por las calles”, insiste otra versión más antigua, de cuando aún se hablaba de “almas”. Así que sales de tu casa dispuesta a no encontrarte con nadie, pensando que vas a sentirte como dentro de un cuadro de Antonio López, o imaginando que, donde antes había adoquines, ahora habrá dunas de arena o todo lo más algún camello. Y te llevas una sorpresa mayúscula: pasan autobuses cada cual con su conductor; en las taquillas del metro hay empleados y en los pasillos, vigilantes; en las calles están los barrenderos escoba en mano y, en los bares, los camareros repiten los clásicos “¡Marchando!” y “¡Oído cocina!”. En las garitas de las casas de barrios residenciales (esos sí que están más vacíos…) hay porteros de noche y de los camiones del ayuntamiento se bajan los que vacían los contenedores; en los hospitales los celadores continúan acarreando camillas, las limpiadoras entran en las habitaciones con las fregonas y en los hoteles las camareras de piso continúan haciendo camas (que se lo pregunten a Strauss-Kahn). Sin contar los que están en un escalón más abajo, pidiendo en las esquinas o durmiendo en la calle.

Me da la impresión de que la mirada nos traiciona y el lenguaje también, como si sólo viéramos o nombráramos lo que nos han domesticado a ver o a nombrar, con el resultado perverso de que se nos vuelve invisible “la espalda del mundo”. Allá en el subconsciente seguimos concediendo a unos la categoría de “alguien” (la baronesa Tita, por ejemplo, retratada tan sonriente en portada de ABC junto al cardenal Rouco), mientras que otros siguen siendo “nadie”, sin que a esos criterios los haya rozado ni de lejos el Evangelio. “Nosotros, los imaginarios…”, decía una señora de un barrio confundiendo la palabra marginados. O quizá no andaba confundida, porque una de las experiencias más fuertes de los que viven en la cultura de la pobreza es precisamente sentir su invisibilidad, su no-existencia.

Dice Réné Voillaume en una de sus cartas a la Fraternidad de Hermanos de Jesús: “Cada vez menos se llama a un hombre por su nombre propio, cada vez menos será tratado como persona, este ser único en el mundo, que tiene un corazón, sus sufrimientos propios, sus problemas, sus alegrías y una familia que no es la de los demás. Jesús nos pide amar a algunos hombres desgraciados, a algunos pobres, a algunos enfermos, amarlos con amistad, tiernamente, como personas y no como casos que solventar. Creo que mi corazón está con cada uno de esos pobres -pequeños o grandes- y que cada uno es amado por Dios como un amigo íntimo y único y que Dios no mira nunca a los hombres de una “manera general”. Me gustaría tener tantos corazones como hombres hay sobre la tierra y yo creo que este es el misterio del amor divino. No hay hombres “en general”, Dios no sabe qué es el “hombre en general”. Para él sólo hay personas vivas y amadas y a quienes él llama por su propio nombre. Este es un gran misterio, pero el único que me alivia y me impide adentrarme en la desesperanza”.

En estos días de ese “Madrid vacío” que no lo está, camino por sus calles mirando a la gente que trabaja, con ganas de hablar con ellos y preguntarles por el tipo de contrato que tienen, si temen un despido, cuántas horas trabajan, a qué hora tienen que levantarse para llegar, si van a tener vacaciones… También me gustaría atreverme a decirles: “Gracias por conducir tan bien”, “Está usted dejando esta calle como un pincel”, “Gracias por librarnos de tanta basura…” Pero me da vergüenza y me conformo con aquello de Rabí Menahem Mendel, un judío del s. XIX que decía: “La necesidad de cada uno deja un rastro en mi corazón. En la hora de la plegaria abro mi corazón y digo: ¡Señor del mundo, lee lo que está escrito aquí!”.

He vuelto a repetirlo después, con las calles convertidas ya en una algarabía de jóvenes durante la JMJ. Para que, más allá del barullo y las aclamaciones, el nombre que se lleven escrito en el corazón sea el de Aquel a quien únicamente pertenecemos.