Necesitamos que la izquierda española comprenda mejor la religión, en general, y el cristianismo en particular. Evoco esta necesidad coincidiendo con la entrega, el pasado noviembre, del Premio Fernando de los Ríos a Ramón Jaúregui.

El premio acaba de ser instituido por el grupo de Cristianos Socialistas para homenajear a quienes encarnen algunas de las virtudes del que fue uno de los principales intelectuales del socialismo español.

Fernando de los Ríos, catedrático de derecho, fue ministro de Justicia y de Instrucción pública durante la II República. Sobrino de Giner de los Ríos, creador de la Institución Libre de Enseñanza, encarnó sus ideales de progreso basados en la educación y, cuando fue ministro, creó las Misiones pedagógicas, que acercaron el cine, el teatro y los libros a los rincones más perdidos de España.

Sus posiciones fueron influyentes, pero no mayoritarias dentro del PSOE, en el que representó un socialismo de fuerte impronta humanista y muy crítico con todas las formas de reducción de la libertad. Se negó desde el inicio a colaborar con la dictadura de Primo de Rivera, al contrario que otros dirigentes socialistas. Su gran obra es ‘El sentido humanista del socialismo’. En otro de sus libros, ‘Mi viaje a Rusia’, contó su entrevista con Lenin en Moscú y cómo, a su pregunta por el restablecimiento de la libertad en el país, Lenin le respondió: “Libertad, ¿para qué?”. A su regreso, previendo la deriva totalitaria del comunismo, desaconsejó que el Partido Socialista se adhiriera a la III Internacional.

De los Ríos fue siempre un hombre profundamente religioso, así lo atestiguan todos sus biógrafos y sus numerosos escritos y discursos en el Parlamento. Él se definió como cristiano erasmista y como heterodoxo. Para Peces Barba la religiosidad “fue un rasgo estable de su personalidad, y es una religiosidad subjetiva, intimista, de un yo que quiere dialogar con Dios, y que sufre por los obstáculos de ese diálogo. Es también una religiosidad no institucionalizada que huye de ceremonias y actos religiosos”. Como lo demuestran sus propias palabras: “… la religiosidad es emoción, es anhelo de libertad expresado en plegarias, mudas las más de las veces”. También dijo: “La Iglesia Católica es imposible que dé satisfacción a las almas anhelantes, a los espíritus que, encendidos por su ansia de lo infinito, de lo absoluto, viven lo religioso en la esfera que, a mi juicio, es peculiar a éste: en el seno de la sentimentalidad. El catolicismo es cada vez menos religioso y más teológico, es dogma, concepto, preceptismo, canon, en una palabra, y todo ello, es algo muerto, despotenciado”.

Fue uno de los personajes más odiados por el catolicismo conservador –que lo fustigaba desde las páginas de El Debate– por ser masón, por haber introducido el divorcio y por su aportación a los artículos más polémicos de la Constitución del 31, que estableció la separación Iglesia-estado y la libertad de cultos, pero también graves restricciones a las órdenes religiosas y la enseñanza católica. De los Ríos se opuso radicalmente a cualquier ayuda a la Iglesia y a su estatuto de institución pública, en lo que algunos socialistas, como Virgilio Zapatero, han considerado una postura maximalista. Luces y sombras, en fin, de un hombre muy espiritual, que recomendaba a su hija no dejar de rezar cada día y de cultivar su vida interior pero que estaba resentido con la Iglesia, como expresó en su discurso parlamentario de septiembre del 1931: “ (…) Llegamos a esta hora, profunda para la historia española, nosotros los heterodoxos españoles, con el alma lacerada y llena de desgarrones y de cicatrices profundas, porque viene desde las honduras del siglo XVI; somos los hijos de los erasmistas, somos los hijos espirituales de aquella conciencia disidente que fue estrangulada durante siglos. Venimos (…) con una flecha clavada en el fondo del alma y esa flecha es el rencor que ha suscitado la Iglesia, por haber vivido durante siglos confundida con la Monarquía y haciéndonos constantemente objeto de las más hondas vejaciones”.

A pesar de todo, su talante personal, su visión social, su reivindicación de la condición espiritual del hombre y su voluntad dialogante fueron apreciados en la Iglesia por moderados como el cardenal Vidal i Barraquer, que le dirigió cartas amistosas en las que le expresaba su aprecio.

Desde el exilio lanzó un mensaje de conciliación: “¿Veis cómo nos es absolutamente indispensable buscar en los rincones de nuestra alma lo mejor que tengamos en nuestro espíritu para que al volver a España, no volvamos con iras y con odios sino con un infinito amor?”

Este personaje complejo es el “santo laico” que han elegido los cristianos socialistas para dar nombre al premio recién creado. Y el primero en recibirlo ha sido Ramón Jaúregui, un socialista recién jubilado que ha sido de todo en el socialismo español –Vicelendakari, Ministro de la Presidencia, Presidente de la Delegación Socialista Española en el Parlamento europeo y un largo etc- y hubiera merecido un mayor reconocimiento en su partido. Se le concede el premio porque, aunque él no lo es, defendió desde el inicio a los Cristianos Socialistas y la aportación de la impronta cristiana a la mejora social. Él es un representante del “socialismo en libertad”, en sus propias palabras, y un hombre lúcido que no tiene empacho en apreciar que el socialismo hoy no tiene todavía respuesta para los grandes cambios geopolíticos que se han producido con la globalización.

En el coloquio posterior, se contaron anécdotas que pusieron de manifiesto que en el PSOE hay graves resistencias a cualquier aprecio de lo religioso. Tan graves que en algún momento han estado a punto de dar al traste con este grupo de Cristianos Socialistas. Y vuelvo a la idea inicial: la izquierda española –no sólo el PSOE- tiene una asignatura pendiente, que no acaba de reconocer como tal, en su enfoque del hecho religioso y de su significación antropológica y social. Y eso que es algo que va mucho más allá de las polémicas ocasionales con la Iglesia. Ojalá que este premio Fernando de los Ríos sea la ocasión de un debate serio, desprejuiciado y autocrítico en el que cristianismo e izquierda entierren el hacha de guerra y se reconozcan, aunque sea mínimamente, en los anhelos del otro.