Fotografía: Ángel Cantero. Iglesia de Valladolid.Querría dedicar esta breve reflexión a un hecho de la variopinta vida eclesial española actual, que, en cuanto yo conozco, no ha sido señalado suficientemente. Es una propuesta hecha “con temor y temblor”, más como sugerencia de debate que como afirmación apodíctica y del todo segura.

Las hago, además, desde la libertad de quien no pertenece en este momento a ninguna organización determinada sino al Pueblo de Dios/Iglesia en general. Y es libre, también, para decir ciertas cosas que, como más abajo se verá, es fácil que los propios religiosos no quieran, puedan o les dé un cierto pudor ponerlas en negro sobre blanco.

Es curioso que en los movimientos más fundamentalistas en la Iglesia actual no se vean demasiados religiosos y religiosas de los llamados “de vida activa y/o apostólica”. Si tomamos en conjunto a las organizaciones de religiosos y religiosas “clásicas” en nuestro ambiente no son comparables en su mentalidad a otras como el Opus Dei, Comunión y Liberación, Focolares, Neocatecumenales, etc. Estos movimientos se han desarrollado al margen de las instituciones religiosas ya existentes, pero han seguido sus propias vías y, en ellas, está muy acentuado lo conservador y tradicional en el peor sentido de los términos. No que no existan entre los miembros de las órdenes y congregaciones religiosas talantes conservadores o neoconservadores, pero no dan la tónica de la respectiva institución ni son tan militantes como algunos de las mencionadas. La Confer o la Fere no son nidos de progresismo, pero tampoco de inmovilismo o tradicionalismo. De alguna manera se distancian de las posturas más integristas. Evidentemente tampoco provocan polémicas ni actúan como oposición a lo más conservador. Simplemente parecen limitarse a no participar activamente en esa marea. Por otro lado -y en la medida en que me resulta conocido- entre los centros de formación de religiosos y religiosas jóvenes -¡tan pocos ellos y ellas!- no hay lugares destacados por sus actitudes cerradas y hasta integristas aunque, por razones no incomprensibles, no pocos de ellos y ellas se vean participando en eventos como la JMJ, no sé si por convencimientos personales o por obligaciones institucionales.

Algo semejante ocurre con las publicaciones procedentes del mundo de los religiosos, tanto las periódicas como los libros y aun editoriales enteras, que se atreven a publicar obras que les han procurado presiones externas. No quiero señalar concretamente ejemplos, pero sería fácil hacerlo y están en la mente de muchas personas.

Podría decirse, sintetizando no poco, que los religiosos y religiosas y sus respectivas instituciones, en especial las más antiguas, están funcionando aquí y ahora como una punta de lanza para evitar que la rampante involución que asola la Iglesia la acabe devorando por completo con las nefastas consecuencias que tendría para la predicación del Evangelio en el mundo de hoy y para las gentes de hoy. Todo ello sin menoscabar ni olvidar ninguna de las misiones y sentidos que, desde los tiempos de los monjes del desierto egipcio, hasta el día de hoy han tenido las religiosas y religiosos en la vida eclesial.

El fenómeno se refiere principalmente a las órdenes y congregaciones de vida apostólica activa, aunque también las contemplativas probablemente participen de ella vg. monjes de Montserrat. Si es cierta esta apreciación, las causas de ese hecho no me resultan del todo patentes ni las que barrunto me explican el fenómeno.

Quizá se pueda decir que lo que representaron muchas de esas organizaciones en siglos pasados, dentro de la Iglesia, para llevar adelante movimientos de reformas, es lo que mutatis mutandis están haciendo los religiosos y religiosas actualmente. Piénsese en lo que fueron los cluniacenses, cistercienses, franciscanos y dominicos, jesuitas… en sus respectivas situaciones históricas para hacer presente en Evangelio en sus distintos ambientes innovando los modelos entonces existentes.

Muchos miembros de órdenes y congregaciones religiosas son o han sido “misioneros” en las jóvenes iglesias africanas y asiáticas o han estado y están en directa relación con ellos. Todavía más de ellos han ejercido diversos ministerios y funciones en América Latina. Las experiencias que allí han tenido les han puesto en contacto con otras culturas y ambientes humanos y eclesiales, les han posibilitado una crítica a formas que se han quedado obsoletas y les han abierto la mente a otras formas y maneras de seguir a Cristo. Aparte de que, en esos lugares, el capitalismo muestra su rostro más salvaje y ello ayuda a una actitud que podría calificarse como más o menos revolucionaria, poco compatible con una mentalidad acomodaticia y conservadora.

Otra posible influencia que podría contribuir a esa posible actitud menos conservadora tendría que ver con el voto de pobreza. Sin entrar en debates sobre el significado exacto y actual del término, parece que se puede aceptar con bastante seguridad que ese primer voto incluye una austeridad de vida que hace más difícil hoy en día la persecución de los beneficios económicos, que son una de los componentes de la mentalidad conservadora.

Y el poder y las ansias de medrar. O, mejor, su ausencia o alejamiento. ¿Es tan absurdo pensar que –siempre hoy en día– entre las personas religiosas hay menos anhelos de hacer carrera que entre otros grupos eclesiásticos o civiles?. Tales ansias –todo el mundo conoce y ha conocido casos– hacen que los que pretenden ascender sean más obsequiosos con los de arriba, los cuales suelen ser más conservadores por lo general, que se tengan menos ganas de ser conflictivos, etc. Y, por tanto, estas personas se pliegan más a lo establecido, al statu quo… Pero si es cierta la mayor, los religiosos y religiosas gozarían de mayor capacidad crítica y de libertad para hacer nuevos planteamientos, tan necesarios en la sociedad actual a la hora de anunciar el Evangelio.

Es una paradoja, pero soy de la opinión de que la sujeción y sometimiento a los jerarcas, con el consiguiente inmovilismo y conservadurismo, es mayor entre otros colectivos que entre los protagonistas de estas líneas. Aparte de por las razones apuntadas, por la estructura misma eclesiástica, donde “los de a pie” dependen del todo de ”los de arriba”, sin posibilidades prácticas de recursos o protestas.

Por todo ello creo posible –con todas las reservas que se quiera y sujeto a todo tipo de revisiones- presentar al colectivo de religiosos señalado como testigos de una mentalidad y actitudes menos aferradas al pasado y abiertas al progreso.