Entrando en la Cuaresma

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Ilustración: Hiking ArtistA mitad de mes, el día 13, saltan las alarmas: ¡Miércoles de Ceniza! Comienza la Cuaresma. Volvemos a ese tiempo morado que, casi por definición, en la conciencia de todas las personas no es un morado igual que el del Adviento. Este morado es como más triste, más oscuro. El morado de Adviento está teñido de esperanza. El morado de Cuaresma está teñido de penitencia. Eso es el fruto de muchos años de tradición.

Pero quizá sea este año nuestra oportunidad para cambiar la perspectiva, nuestra forma de mirar y ver. Y pensar que lo que preparamos es la Pascua del Señor. Y que más importante que toda la oscuridad y tenebrosidad barroca de la Semana Santa, con sus pasos, sus dolores y sus sangres, es la luz de la Resurrección de Jesús, tantas veces confesada pero posiblemente poco asimilada y menos vivida en la práctica.

Pero no adelantemos acontecimientos. La vida hay que vivirla día a día. Y lo primero que nos toca son dos domingos del Tiempo Ordinario (¿no se le habrá ocurrido a ningún liturgista que habría que cambiar este nombre por lo feo que suena?). Pero, por muy ordinarios que sean estos domingos, los evangelios son muy jugosos. Toca la segunda parte de la visita de Jesús a su pueblo, Nazaret. Allí en la sinagoga ya ha leído el texto de Isaías. Echa la homilía más corta de la historia: “Hoy se ha cumplido esta Escritura”. Y a partir de ahí se lía con sus conciudadanos que le piden que haga milagros. Y Jesús no está por la labor. Habla sólo para quienes lo quieren escuchar, para quienes creen en él.

Así que termina bajando a la orilla del lago donde se encuentra con unos pescadores. Ellos sí se fían de él. Y, a pesar de haber estado toda la noche bregando, confían en su palabra y vuelven a echar la red. La historia no podía terminar de otra manera: comenzando una nueva historia para aquellos pescadores. En adelante, serán pescadores de personas. Ya sabemos que no fue un camino sencillo. Ni lo fue entonces ni lo es ahora para quienes quieren seguir a Jesús. Ellos no cejaron en el empeño. Eso es lo bueno.

Y ya estamos en Cuaresma. Con los evangelios de los dos primeros domingos (las tentaciones y la transfiguración) para ir enterándonos de quién es Jesús, de que es un Mesías diferente. Nada que ver con el estilo de nuestros líderes. Por eso las tentaciones del demonio, que seguramente le anduvieron rondando más de una vez cerca durante su vida, no le atraen en absoluto. Está a otra cosa.

Luego viene la transfiguración. Una forma diferente de ver, de entender. Hay que cambiar los ojos. Pero no para empezar a dar vueltas a nuestros fallos, a nuestros pecados, sino para mirar arriba, para ver a Jesús y descubrir cuáles son de verdad los caminos del Reino. Ahí está la clave de la Cuaresma. A ver si este año nos enteramos un poco más y mejor.

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