La luz que alumbra la vida

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Ilustración: Hiking ArtistTerminaba el mes anterior diciendo que la Cuaresma no consiste en empezar a darle vueltas a nuestros pecados, a nuestros fallos. Ese camino no tiene salida. De lo que se trata es de aprender a ver y mirar y contemplar la realidad de una manera nueva, a la luz del resucitado. Sólo así se encontrarán los caminos que llevan a la Pascua, por la que, en definitiva, todos tenemos que pasar para llegar al Reino y a la vida.

Este mes de marzo lo trae todo. Recorremos desde el tercer domingo de Cuaresma hasta la Pascua de Resurrección pasando, naturalmente, por la Semana Santa.

Ojo al comienzo del mes. La primera lectura del tercer domingo de Cuaresma (3 de marzo) nos centra en algo que es fundamental para nuestra fe. Se revela a Moisés el Dios de sus padres. Es el episodio de la zarza ardiente. Y Dios habla y se manifiesta así: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos… para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa.” Comienza así la historia de Israel, el pueblo nómada que encontró su tierra en la fértil Palestina. Su Dios no se manifestó para exigirles adoración ni sacrificios ni liturgias. Nada de eso. Se manifestó primero como el que está atento a los sufrimientos y dolores del pueblo y, luego, como el que utiliza su poder para liberar a su pueblo. Este punto es importante. Porque en esto se diferencia mucho nuestra religión de las religiones al uso, donde Dios suele ser una figura que exige adoración y que pone condiciones y normas y reglas para que los hombres y mujeres se salven.

Todas las lecturas de estos domingos merecen ser leídas con atención. Pero, atención, procuremos evitar leerlas en clave intimista, individualista. El Evangelio en el que creemos construye personas para el Reino, para la relación. Nos hace tomar conciencia de que somos hijos e hijas de Dios y, por lo tanto, hermanos y hermanas. Sin esa dimensión no hay Evangelio que valga la pena. Así se entiende mejor el peregrinar del pueblo hacia la tierra prometida, el ministerio de la reconciliación de que habla Pablo, la parábola del hijo pródigo que habla de la mesa común de la que nunca se puede excluir a nadie o el perdón concedido por Jesús a la mujer adúltera, devolviéndola a la comunidad de la que había sido excluida por los justos.

Todo para llegar a la Semana Santa, para revivir la muerte de Jesús, matado por quienes no desean el Reino de ninguna manera. Pero, para revivir sobre todo su resurrección, porque es el signo grande, la luz de la mañana que nos dice que Dios está de parte de la vida, de nuestra vida. Hasta que sintamos que esa luz alumbra la esperanza que fortalece nuestros corazones y podamos salir de nuevo a la vida a proclamar el Reino y la esperanza y la vida para todos los seres humanos.

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