La señora de Tepeyac

pag10_evangelio2.jpgPor una vez -y sin que sirva de precedente- no nos vamos a fijar en las grandes fiestas de este mes. Ahí está el Adviento. Ahí está la Navidad. Ahí está la Sagrada Familia. Escucharemos, leído con solemnidad, el prólogo del Evangelio de Juan, sus palabras llenas de alto contenido teológico. Son días muy llenos. De alegría y de contenido. La encarnación es el centro del mes. Mucho para meditar y mucho para vivir.

Pero quizá este mes convenga echar una mirada un poco lateral para descubrir una fiesta que tiene mucha importancia y mucho significado teológico y vital, que habla de liberación y de esperanza para el pueblo oprimido, que nos pone a su manera en disposición de celebrar la Navidad. El 12 de diciembre se celebra la Virgen de Guadalupe. La conmemoración del día en que la Virgen María se apareció al indio Juan Diego en aquel rincón del México recién ocupado por los españoles.

No es cuestión de entrar en si los españoles fueron malos o santos. Fue un encuentro o más bien encontronazo entre dos culturas, como tantos ha habido en la historia de la humanidad. A unos, a los nativos de aquella tierra, les tocó la peor parte. Con los conquistadores les llegaron también enfermedades nuevas para las que no estaban preparados y un sentimiento colectivo de haber sido abandonados por sus dioses, de haber perdido toda esperanza en el futuro.

Hace unos años leí un libro de un catedrático mexicano. Mostraba cómo la aparición de María, su forma de vestir, el idioma que hablaba, las flores que la rodeaban, todo le habló al indio Juan Diego en un lenguaje que él pudo reconocer como el de su cultura, el de su pueblo. Y le devolvió la esperanza. Desde entonces, Guadalupe ha representado mucho más que una aparición de la Virgen. O, mejor dicho, en esa aparición el pueblo ha encontrado siempre su esperanza en la liberación. La María que se aparece a Juan Diego le habla en su idioma, se hace parte de su cultura, de su alma, para llevarle la esperanza. Una vez más, Dios se encarna, se hace uno de nosotros para, hablando nuestro idioma, llevarnos de la mano, sacarnos del pozo e invitarnos a mirar al horizonte con esperanza y con una renovada ilusión por vivir, por hacer de esta tierra el reino por el que Jesús luchó.

María se hace Evangelio vivo en Guadalupe. Los pobres siempre lo han sabido reconocer. Es una manera de entender la Navidad más allá de Belén. Porque Dios sigue haciéndose presente en nuestra historia, aquí y ahora. Para derribar a los poderosos de sus tronos y enaltecer a los humildes. Para colmar de bienes a los hambrientos y despedir vacíos a los ricos.

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1 comentario en «La señora de Tepeyac»

  1. La señora de Tepeyac
    Me parece un artículo lleno de ideología escrita por un cura rico. Nada del mensaje de la Virgen de Guadalupe, nada de María, nada de la fe, nada de la Iglesia, nada de nada. Tan solo ideología tópica que divide el mundo entre ricos y pobres, oprimidos y opresores… muy de los años 70, poco actual.

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