Para servir

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Ilustración: hikingartist.com.Dice Jesús en el Evangelio del segundo domingo de este mes que “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” Y digo yo que es que todavía quieren más de lo que tienen. Vamos, que no están conformes con lo mucho que les ha tocado en este mundo. Es el caso de aquel hombre que se acercó a Jesús preguntándole cómo conseguir la vida eterna. Había cumplido todos los mandamientos. Pero eso, reconozcámoslo, no es gran cosa cuando siempre se ha vivido en una situación cómoda y fácil. Lo malo de poner el corazón en las cosas es que siempre se desean más y más. Hay que tener más. Hay que poseer más. También el seguro de entrar en el reino de Dios. Ahí el problema de este hombre, que se marchó pesaroso porque lo de renunciar a sus bienes se le hacía muy cuesta arriba.

Es que Jesús plantea las cosas de otra manera radicalmente opuesta. Lo vemos en el Evangelio del tercer domingo de este mes, cuando los hijos de Zebedeo manifiestan su deseo de sentarse a la derecha y a la izquierda de Jesús. Ahí ronda la búsqueda de la seguridad y el deseo de poder, de estar por encima de los demás con todos los privilegios que eso conlleva. La respuesta de Jesús nos lleva al centro de su mensaje pero debió dejar en despiste total a quienes le escuchaban –siempre pienso que este punto todavía no lo hemos terminado de asimilar bien ni en la Iglesia ni en la sociedad ni en nuestra vida personal, es demasiado revolucionario.

Jesús dice que “sabéis que quienes son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. No hace falta más. Centrarse ahí, asimilar su significado profundo y llevarlo a la vida, a nuestra vida, es el Reino de Dios. No hace falta más. Ni celebraciones, ni inciensos, ni códigos, ni documentos pastorales.

Desde ahí podemos leer el Evangelio del último domingo del mes, allá donde Bartimeo le hace a Jesús la petición básica y fundamental: “Jesús, ten compasión de mí” y “Maestro, que pueda ver.” Ver para darnos cuenta de la realidad, de lo que es verdaderamente valioso y de lo que no vale nada. Ver con los ojos del cuerpo y con los ojos del corazón a nuestros hermanos y hermanas y reconocerlos como tales, sin competición, enemistad, sometimiento, amenazas o cosas que no merecen nuestra atención ni siquiera un mínimo de respeto. Desde ahí podemos leer el Evangelio del primer domingo del mes y ver la inmensa misericordia de Dios que es capaz de comprender la terquedad de nuestro corazón y de abrir caminos de esperanza para todas las personas. ¿No es ése el servicio al que nos llama el Reino?

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