Sentir la vida resucitada con el corazón

evangeliodelmes.jpgAbril explota con la primavera. La vida revienta y brota con fuerza por todas partes después del letargo invernal. Y la Iglesia celebra la Pascua. Dicen que si la Iglesia primitiva cristianizó celebraciones y fiestas más antiguas. Casi seguro. Pero lo hizo con buen tino cuando situó la Pascua en este momento de la primavera. La naturaleza despertándose es el mejor signo de la resurrección de Jesús. No todo terminó en el Calvario. Algo sucedió después. Es difícil de definir. Pero un pequeño grupo de discípulos quedaron convencidos de Jesús no había muerto, de que estaba vivo. Y de que su sueño, el Reino, era a partir de aquel momento mucho más que una promesa. Era ya una realidad latente, como el grano que enterrado, está a punto de explotar y convertirse en vida nueva.

Pero no todo se quedó en un mero celebrar al renacimiento primaveral de la vida, como una parte más del ciclo anual. El Reino es algo más. Valía la pena comenzar a vivir de una manera nueva. La fraternidad se simbolizaba en el momento de compartir la mesa. Era el momento de hacer memoria de Jesús, de acordarse de sus palabras. Y el pan que estaba sobre la mesa se convertía en mucho más que pan. Era alimento que transformaba la vida. Era acción de gracias. Era Eucaristía. Los que participaban en aquellas comidas se sentían miembros de una humanidad nueva. Jesús era su centro y su guía. Había que dar a conocer el mensaje. Había que compartir la buena noticia de la misma manera que se compartía el pan en la mesa.

Unos cuantos relatos de los evangelios que nos hablan de las apariciones de Jesús resucitado a los discípulos tienen que ver con la comida. Jesús da de comer a los discípulos. Jesús comparte con ellos el pan bendecido. Antes ilumina con su palabra la fe, a veces decaída, de los discípulos. Y ellos le reconocían al partir el pan. Posiblemente el mejor de estos relatos sean la historia de los discípulos de Emaús (Lc 24,11-48). Se lee todos años el miércoles de la octava de Pascua. Vale la pena releerlo y dejar que nos llegue al corazón.

Porque ser cristiano tiene mucho que ver con el corazón. Los discípulos, que volvían a sus lugares de origen, perdido el norte y el sentido que habían vislumbrado por un momento en aquel Jesús al que habían seguido, sienten ahora que “su corazón ardía” mientras aquel desconocido les explicaba las Escrituras.

Seguir siendo cristiano hoy tiene que ser fruto de sentir ese calor en el corazón que nos invita a seguir a Jesús, a proclamar su Reino a diestro y siniestro, a buscar la justicia y la misericordia del Reino por encima de todo, a compartir el pan con los conocidos y los desconocidos. Porque sólo al compartir el pan, reconoceremos a Jesús resucitado.

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