Todo empezó en Caná

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Ilustración. Javier Zabala. Sehacesaber.org.Jesús era muy poco religioso, en el sentido más habitual del término. Es decir, por religiosa entendemos una persona que se da a los actos de piedad, que frecuenta el templo, que lee libros espirituales, que reza y medita, que es humilde y vive con la cabeza gacha, que –por supuesto– no frecuenta lugares de esos no recomendables para la “gente bien” o moralmente sospechosos… Todo eso es una persona religiosa tal como lo entendemos.

La conclusión inevitable es que Jesús fue una persona muy poco religiosa. No frecuentó el templo. Y las veces que fue, la lio, como en Jerusalén o en Nazaret. No practicaba mucho los actos de piedad. Se dice en el Evangelio que de noche dedicaba tiempo a la oración. Es cierto. Pero eso lo compensaba frecuentando a gentes de mal vivir, pecadores públicos como publicanos y fariseos, comiendo con ellos y rompiendo sin el más mínimo remordimiento de conciencia las leyes de pureza ritual tan importantes para el pueblo judío de su época.

Quizá todo tenga que ver con el hecho de que nació en un pesebre, lugar impuro por excelencia por las bestias que en él vivían y por ser refugio habitual de pastores, también impuros casi por definición. Fue allí donde le fueron a adorar los magos de oriente (Epifanía). Aquellos magos o sabios terminaron adorando lo “inadorable”: un recién nacido en un pesebre.

Y con el hecho de haberse bautizado en el desierto (Bautismo de Jesús), en un bautismo general, de manos de aquel Juan que se había situado tan lejos y eran tan crítico con el judaísmo oficial que se había alejado de Jerusalén, la ciudad santa –la Roma de aquellos tiempos, para entendernos– y se había ido al desierto para comenzar de nuevo (y a esta frase se le pueden poner todas las segundas intenciones que se quieran, hasta se puede escuchar aquella vieja canción de Ricardo Cantalapiedra “La casa de mi amigo”).

Y con el hecho de volver a su pueblo, ir a la sinagoga (último domingo del mes), leer al profeta Isaías, pronunciar la homilía más breve, concisa y clara de la historia (“Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”). Y salir de la sinagoga a empujones del vecindario, que no aguantaba que no hiciese milagros allí (por aquello de que él era un vecino suyo y de tener derecho a sus preferencias y favores divinos), hasta el punto de que casi lo tiran por la montaña abajo.

Y con el hecho de hacer comenzar su misión en unas bodas (el penúltimo domingo de enero), la fiesta más alegre, viva y humana que se puede imaginar, la fiesta que es fiesta en todas las culturas, la fiesta que hace guiños a la alegría, al placer, a la esperanza, a la comunión de todas las personas, a la vida en definitiva. Y todo sucede en el banquete, donde la abundancia de vino y comida es signo de esa vida. Jesús es el que hace que el vino no termine, que no se agote, que sea incluso mejor que el provisto inicialmente.

Jesús es poco religioso y muy humano. Quizá quienes le seguimos tendríamos que ir pensando menos en la “religiosidad” y en ser más como Jesús.

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