Un mundo nuevo

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Nadie queda excluido del anuncio del Evangelio, es para todos y todas, sea cual sea su camino.

Lo primero que hay que decir es que en este mes, gracias a los liturgistas, no tenemos un domingo normal. Todos llevan su marca especial: la Ascensión, Pentecostés, la Trinidad. El Corpus y los santos apóstoles Pedro y Pablo. A ver cómo pergeñamos este comentario.

Me centro en Pentecostés, segundo domingo del mes. Pienso en las lecturas. Se me vienen a la cabeza palabras sueltas: espíritu, ruido, iglesia, envío, pueblos y lenguas, paz, perdón… Una especie de caos que provoca un cambio radical en aquel grupo de discípulos de Jesús encerrados en una habitación y con las ventanas cerradas por miedo a los judíos. De repente, el Espíritu, fuego y fuerza, luz y viento. Y salen de donde están para proclamar que ya ha comenzado el tiempo nuevo, que el Reino ya está aquí.

Se lo dicen a todo el mundo, sin distinción. Tiene cuidado el redactor de los Hechos de enumerar los más diversos pueblos de la tierra (sus nombres son muchas veces un martirio para el lector de turno). Para todos es el anuncio. No se excluye a ninguno. Todos lo entienden en su propia lengua. Se funda la Iglesia, la comunidad universal de los hijos e hijas de Dios. No había Derecho canónico. No había dogmas. No había jerarquía ni órdenes. Solo había lo fundamental: el espíritu de Jesús. Y salir a los caminos a anunciar el Reino.

Estamos tocando lo fundamental del Evangelio, de Jesús y de la Iglesia. Conviene que no lo olvidemos. Y, para no olvidarlo, damos un salto al tercer domingo del mes: el Corpus. Es una fiesta centrada en la Eucaristía, la celebración clave y fundamental de nuestra fe. En ella se expresa lo mejor del Evangelio: la reunión de la comunidad humana en torno a la misma mesa, en torno al Padre. Claro que el Corpus, en su historia, nos trae también la memoria de cómo esa celebración se ha ido desfigurando y convirtiendo en un rito, en una liturgia –en el peor sentido de la palabra. Por eso decimos que el cura “dice” o “da” misa. Por eso la misa, tantas veces, se ha convertido en una devoción más, como el rosario o como la novena a San Antonio. Hay que recuperar la Eucaristía en su más original esencia: la fiesta de los hermanos y hermanas en torno al Padre, escuchando la palabra y compartiendo el pan y el vino. ¿No es eso el Reino? Y soñando con hacer un mundo nuevo. Y comprometiéndonos.

Termina el mes con la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo (quinto domingo). Para que recordemos siempre que nuestra comunidad está hecha de hombres y mujeres normales. Para que no endiosemos a nadie. Para que pongamos la esperanza donde hay que ponerla. Para que recordemos que nuestros líderes no tienen la luz sino que caminan con nosotros y nosotras y todos juntos vamos haciendo camino.

Autoría

  • Alandar

    Algunos artículos son escritos por personas ajenas a Alandar a quienes pedimos colaboración por su experiencia, conocimiento de la materia, etc...

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