Dios: ¿creador o sentido de la vida?

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Foto. Garland Cannon.La teoría del creacionismo no está descartada ni mucho menos en los tiempos en que nos encontramos. De hecho, si mal no recuerdo, algunos de los Estados de América del Norte han incluido en sus programas escolares dicha teoría.

Más conocidos por la mayoría de nosotros son los Testigos de Jehová, quienes, precisamente, ateniéndose a la interpretación literal de la Biblia, avalan dicha teoría con uñas y dientes y consideran totalmente herética a cualquier persona que disienta de semejante forma de pensar respecto al origen del mundo y de todo lo que lo habita.

Una teoría sobre Dios como creador del universo conlleva como deducción lógica la posibilidad de poner fin a semejante comienzo. No debiera, pues extrañarnos el hecho de que si un día alguien decidió comenzarlo, decidiera por lo misma razón ponerlo fin. Estaríamos hablando del fin del mundo.

No es mi intención entrar ahora a discutir semejante cuestión, porque creo que es algo que ya está prácticamente superado por la gran mayoría. Sin embargo sí quiero hacer notar alguna de las diferencias -a la hora de plantear la relación de la persona con Dios- que comporta el hecho de afrontar la existencia del cosmos como fruto del Big Bang o de otras teorías semejantes y la del ser humano como consecuencia de la evolución.

Pienso a nivel personal que cuando el Dios que motiva la fe de una persona se centra precisamente en un Dios capaz de crear la inmensa grandiosidad que contemplan los ojos de aquella, no la invita precisamente a la proximidad y a la confianza, sino al respeto más absoluto y a la lejanía. A partir de una concepción así, ese Dios pasa a ser concebido como amo, dueño y señor de todo lo que ha creado. Todo le pertenece y, por lo mismo, de todo podría hacer lo que se le antojase en cualquier momento. Estaríamos ante el Dios que tantas veces hemos calificado como omnipotente, pero con un sentido demasiado mecánico, en contraposición al Dios próximo y cercano, tal y como aparece en tantos pasajes de la Biblia. En contraposición a una omnipotencia entendida como una riqueza inmensa en perdón y en misericordia, según reza una plegaria de la liturgia cristiana.

Tuve un profesor de teología que me enseñó a no fijarme tanto en el Dios creador, incluso a dejarlo aparcado, para pasar o dar el salto al Dios que da sentido a la propia vida. Según él, valía la pena fundamentar la fe personal en un Dios padre-madre, cuyo amor, perdón y misericordia no tienen límites y que, por lo mismo, invita a vivir siempre con apertura a esta buena noticia para recibirla en todo momento y convertirnos en transmisores de la misma para las personas de nuestro alrededor. La vida, por tanto, tendrá sentido en la medida en que nos abramos al amor que de tantas maneras nos llega de Dios y que después debemos ir repartiendo.

Recuerdo que utilizaba un ejemplo muy gráfico para justificar su teoría. Decía él que la persona cristiana debía descubrir el sentido de su vida no por sentirse creada por Dios, sino en referencia a un Dios, concebido como el amor más grande y absoluto, de igual manera que el tapón y el botón solamente tienen sentido en la medida que hacen referencia a la botella o al ojal.

Pienso que no estamos ante una cuestión de matices, por lo que a la fe se refiere. Estamos ante una cuestión que da a dicha fe un grado de cualidad muy especial, como es el de la confianza y el de la proximidad respecto a Dios y, por lo mismo, el de la propia plenitud, en contraposición al miedo que acostumbra a alejar y subyugar.

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