El celibato

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Celebración de la Semana Santa en Valladolid. Queridas lectoras y lectores de alandar: permitidme por una vez que deje un poco de lado la “teología” (incluso la de “pantuflas”, la de estar por casa) y aproveche la oportunidad para desahogarme un poco diciendo lo que pienso hoy sobre el celibato, puntualizando que lo tengo muy claro desde hace mucho tiempo; posiblemente desde siempre, pues es un tema este respecto al cual no he cambiado nunca de opinión.

Voy a transcribir algunas de las cuestiones que sobre este tema exponía en la carta que envié al papa Francisco hace ahora poco más de un año; exactamente en el mes de junio, cuando cumplía cien días de su pontificado. Recuerdo, entre otras cosas, que ponderaba la audacia y valentía que manifestaba en cuanto a su deseo y decisión de afrontar reformas dentro de la Iglesia, muchas de ellas verdaderamente profundas.

Le decía entonces -y lo reitero ahora con más fuerza aún, si cabe- que hay normas y leyes que exigen cambios urgentes, porque la abolición de su vigencia no puede demorarse por más tiempo; el mantenimiento de las mismas está haciendo mucho mal no solo a personas, individualmente, sino también a grupos y a comunidades. Me refiero de manera especial, entre otras, al celibato sacerdotal obligatorio. No es justo que la imposición de esta disciplina a personas que se sienten llamadas a servir a la comunidad desde el ministerio sacerdotal les cierre el camino, con el agravante añadido de que la comunidad las considera totalmente idóneas. Más injusto es aún que numerosas comunidades se vean privadas de la celebración de la Eucaristía, mandato de Jesús a sus seguidores y seguidoras: “Haced esto en conmemoración mía” (Lc 22,19), precisamente por la tozudez de seguir manteniendo una norma impuesta por hombres.

En mi humilde, pero honesta opinión, creo que el papa Francisco no debería demorar dicha reforma por más tiempo, a la vez que debería restablecer a otros muchos hermanos a quienes, en tiempos pasados, se privó de seguir presidiendo comunidades por algo tan grande y maravilloso como es el hecho de haber decidido compartir la vida con la persona que un día se dieron cuenta que amaban y por la que, a la vez, se sentían amados.

Y, siguiendo con el tema en cuestión, creo que sería bueno que pusiera en marcha también la revisión del funcionamiento del sacerdocio. Entre otras cosas, pienso que las comunidades tienen derecho a decidir sobre qué tipo de pastor las va animar y las va presidir en la fracción del pan. Presentar su candidato al hermano obispo para que le confiera el sacramento del orden; el derecho de la propia comunidad a pedir que dejara de ejercer la función de presidente de la misma por considerar que ya ha cumplido su misión o que existe otra persona más idónea para el momento, etc. También la renuncia del propio presbítero por razones diversas que él mismo pudiera aducir. Todo ello nos llevaría a replantear no la temporalidad del sacerdocio, sino la del ejercicio de la misión del mismo; estaríamos hablando de algo que pienso que en muchos momentos sería muy bueno tanto para el propio sacerdote como para la comunidad, como es el sacerdocio temporal. Claro que todo ello iría ligado a una revisión profunda de la estructura jerárquica de la Iglesia que existe en estos momentos.

Como podéis ver, no he sacado a colación el tema del sacerdocio de la mujer. Y no es porque no tenga ganas, que las tengo y muchas. Sino porque comprendo que es demasiada e importante la labor que el obispo de Roma, Francisco, tiene encima de la mesa como para afrontarla toda de golpe.

Un pequeño apunte para acabar, insistiendo en lo que dije no hace mucho: me refiero al hecho de que la causa de la falta de vocaciones no está en el celibato como el gran problema, que lo es, sino en el tipo de Iglesia que tenemos y que exige un cambio profundo desde la misma raíz. Seguimos empeñados en querer mantener algo que está, sobre todo a veces, muy distante de lo que dijo e hizo Jesús en su tiempo. Tal vez sea mi poca fe, pero dudo que para proyectos de tal envergadura Dios quiera seguir llamando.

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