No nos dejéis solos gritando en el desierto

informe1-6.jpgAcabo de regresar del desierto en donde he compartido durante varios días con los refugiados saharauis. El testimonio valiente de Aminetu Haidar me motivó a ir y encontrarme con aquel otro pueblo que vive y resiste en el exilio por más de 33 años con la esperanza de retornar a su patria, hoy ocupada por Marruecos. Tomé la actitud de un niño que va a ver, escuchar, preguntar y aprender.

Un pueblo acogedor

Con este espíritu de búsqueda, de encuentro y de aprendizaje me sumergí en las arenas y misterios del desierto del Sahara, en la región denominada la Hamada, la más árida e inhóspita del planeta, en donde se encuentran alrededor de 240.000 refugiados saharauis distribuidos en cinco campamentos, llamados wilayas.

Me alojé con la familia Ahmedsalem. En la jaima me esperaba Dajdah, el padre de familia, un patriarca barbudo, enjuto y de rostro sereno, envuelto con un turbante y túnica oscura. Me recibió con un abrazo, mientras pronunciaba repetidamente, “bismilah”, en nombre de Dios. Sentados en el suelo de la jaima, tapizado con alfombras mauritanas, me ofreció perfume para que me frote con él las manos y la cara. Mientras degustamos el té tradicional, Dajdah no cesaba de repetir en su lengua hassanía: “ésta es tu casa”.

Seguidamente, sus hijas me acompañaron a conocer el entorno. Me llevaron al mercado del campamento para comprarme un zam, turbante blanco para envolverme la cabeza, y un derrashs, túnica larga hasta los tobillos, vestimenta propia de los saharauis. El sol del desierto y las tormentas de arena obligan a hombres y mujeres a caminar con el rostro cubierto.

El diario vivir en los campamentos

La población vive en humildes casas construidas con adobe arenoso, formando un patio rectangular en cuyo centro se halla la jaima, tienda de campaña de los nómadas fabricada con tejido de pelo de camello, de cabra o de lona. La jaima está alfombrada y tapizada por dentro, dándole un aspecto sumamente acogedor e íntimo. Es el lugar más importante de la casa, centro de reunión familiar, de intercambio de experiencias y de oración.

Los saharauis rezan en la jaima mirando, como todo musulmán, dirección de La Meca. Se agachan, se levantan, se limpian las manos con un poco de agua, se vuelven a arrodillar, inclinan la cabeza hasta el suelo, al ritmo de sus oraciones. Les mueve una profunda fe en Alá Dios. La gente por la calle se saluda. Nadie es extraño. Assalam alicum, la paz esté contigo, es el saludo común. Hay un ambiente de comunidad, de pueblo peregrino por el desierto camino de la tierra prometida.

En cada daira (ayuntamiento) hay una escuela. La enseñanza es obligatoria para todos los niños y niñas. Estudian hasta la Primaria. Ahí aprenden el árabe y el español. Como complemento a la enseñanza de la lengua española, se les ofrece a los niños y niñas de 7 a 12 años la oportunidad de viajar a España dos meses todos los años con familias que los acogen, con el fin de perfeccionar su castellano.

El sistema de salud está organizado con un Hospital Central en el que hay siete médicos. El director es saharaui formado en Cuba, y los demás son especialistas cubanos en medicina interna, pediatría, radiología, cirugía, ginecología y epidemiología. Tiene un servicio de urgencia las 24 horas. En cada wilaya, o campamento, hay un hospital regional y en cada daria un centro de salud. No dan abasto. Les falta equipamiento y medicinas.

Un día me llevaron a visitar a una enferma. Le diagnostiqué una bronconeumonía. La acompañé al hospital regional de Smara, un edificio rústico, pero ordenado y limpio. Los pasillos estaban llenos de gente sentada en el suelo. Me recibió el Dr. Abdalad, joven médico preparado en Cuba, un hombre con un gran amor a su pueblo saharaui y con mucho espíritu de servicio. Me dijo que había tenido la oportunidad de quedarse trabajando en España, pero su conciencia no se lo permitió. En los campamentos no gana casi nada, pero su pueblo lo necesita y ahí está su misión. Un ejemplo de hombre nuevo, esperanza de una nueva humanidad. Me planteó el problema de que el médico que tenía que pasar consulta en el Centro de Salud en la daria de Tifariti estaba ausente, y los pacientes estarían esperando. Me pidió el favor de que fuera a pasar consulta y que los casos dudosos o más complicados se los remitiera al Hospital. Puso una ambulancia a mi servicio que me llevó al Tifariti. Me quedé desconcertado. ¿Qué hago? ¡En qué problema me he metido, Dios mío!, me dije. Llegué al Centro de Salud con temor y temblor. Había una larga cola de gente esperando, hombres y mujeres, unos de pie, otros sentados en el suelo. Me puse en las manos de Dios. Bismilah, en nombre de Dios, dije. Ojeé, con la ayuda del enfermero del centro, las medicinas que había en la farmacia del mismo. Pasé a la clínica y comencé a pasar consulta con la ayuda de mis intérpretes. Traté de ver el rostro de Cristo en cada paciente. Unos llegaban con severas bronquitis, otros con infecciones gastrointestinales, artrosis, fiebres…hasta un bocio. Así estuve desde las 9 de la mañana hasta las 2 de la tarde. Al final respiré y dije gracias a Dios. Traté de escuchar pacientemente a la gente, de atenderla con cariño, recetarle el tratamiento más adecuado y darle consuelo y esperanza.

He percibido en la población adulta un cierto cansancio por la larga espera de 34 años de vida en el refugio sin ver en el horizonte próximo una esperanza de retorno a su patria. En los hombres y mujeres ancianos, en medio de su bondad, se visualiza una cicatriz de tristeza profunda en el alma que con frecuencia asoma a su rostro. Entre los jóvenes, que ya nacieron en los campamentos, algunos se acomodaron a esa vida, pero la mayoría sueña y lucha por acelerar el retorno. Los que se capacitaron en Cuba son creativos y organizan proyectos y actividades comunitarias.

Uno de estos proyectos es el “Castro”, un Centro de atención a minusválidos y discapacitados. Es un oasis humanitario en el desierto. Alberga 64 niños y niñas comprendidos entre los 4 y 14 años, la mayoría hemipléjicos y parapléjicos. Ahí se los educa para que crezcan con autoestima y hacerlos útiles. Su director es un saharaui formado en Cuba, de ahí que al Centro lo bautizó con el nombre de Castro, un hombre con un gran sentido pedagógico y lleno de mucho cariño a estos niños. Los mantiene en constante actividad con trabajos de manualidades, dinámicas recreativas, juegos, cantos…Repite con frecuencia: “Aquí no crecen plantas ni árboles, todo es árido, pero florecen las personas”. Esta frase se puede leer a la entrada del proyecto.

informe2-6.jpgEl misterio del desierto

Por las mañanas, antes del amanecer, cuando la mezquita anunciaba la oración matutina, y los de la casa dormían o rezaban en la jaima, me levantaba y salía hacia el desierto, saboreando su silencio.

Mientras caminaba hacia el desierto escuchaba a lo lejos los salmos del Corán y reflexionaba, al ritmo de mis pasos, sobre el misterio de Dios, que no es monopolio de ninguna religión. Él es el Dios de todas las religiones, el Dios siempre mayor. ¿Qué podemos saber nosotros de Dios? Y me seguía interrogando sobre el papel de las religiones, ¿en qué medida aportan a la humanización de este mundo?

En mi caminar por el desierto llegaba un momento en que ya quedaron atrás los campamentos. Sólo tenía delante de mí llanuras infinitas de arena y piedra, sin un solo árbol ni una pequeña planta, ni pájaros, nada. Da la impresión de estar en otro planeta. Sólo cielo y arena y uno perdido en esa inmensidad. Lo duro del desierto no es sólo el entorno físico, aunque es lo que más impresiona a simple vista. Lo fuerte del desierto es la desnudez que se siente. No hay nada que te distraiga. Todo es árido. Aparentemente, no hay caminos. Uno se siente verdaderamente solo. El desierto zarandea, purifica, interroga, lo revuelve todo. Allí habla Dios, llama a la purificación, a relativizarlo todo y centrar la vida en lo que verdaderamente merece la pena. Dios habla en el silencio. El desierto es lugar de encuentro con Dios. Ahora comprendo por qué los profetas salieron del desierto.

El desierto es una excelente lección para nuestra sociedad consumista y hedonista, en donde no sabemos distinguir entre lo necesario y lo superfluo. Nos hemos rodeado de multitud de cosas que no son necesarias creyendo que así seremos más felices. Estamos llenos por fuera, pero vacíos por dentro. El desierto nos desnuda, nos permite tener conciencia de nosotros mismos y nos ayuda a reconstruir el sentido de la vida y de la historia. Muchas veces nos resistimos a adentrarnos en el desierto y rehuimos el silencio porque estamos cargados de ídolos y tememos que Dios nos interrogue y nos exija cambios profundos en nuestra vida y compromisos serios y audaces con las víctimas de la injusticia de este mundo. En el desierto se siente y escucha con fuerza el grito de las víctimas.

Asimismo, en aquel caminar pensaba que la Iglesia está necesitada de mucho desierto. Necesita despojarse de muchos ropajes, para centrarse en la misión que le encomendó Jesús de ser servidora de una nueva humanidad, en comunión y diálogo fraterno con todos los hombres creyentes y no creyentes. Sentado en el suelo me cuestioné: ¿cómo vivir el desierto en la ciudad?, ¿es posible vivir el desierto en nuestra vida diaria?

En los pocos días que estuve en el Sahara, aprendí mucho de los hombres y mujeres del desierto, de su vida dura y sencilla. Hombres y mujeres vacíos por fuera, pero llenos por dentro. Aprecié en sus ojos una irradiación de calma infinita, de paz, de bondad, de acogida y de sacrificio sin queja.

Nuestra sociedad, desarrollada por fuera, necesita una fuerte experiencia de desierto si desea forjar un futuro nuevo y limpio. Si no lo hace, si no cambia de estilo de vida y de modelo socioeconómico, posiblemente, creo que la injusticia que comete con la humanidad del sur y con el medio ambiente se lo impondrá irremediablemente. Ojalá cambie de rumbo antes de que sea demasiado tarde.

Hay algo en el desierto que no encuentro palabras para describir. Las noches son imponentemente embriagantes. Cautivan. Sólo se escucha el silencio del universo. Las estrellas llenan la bóveda celeste de horizonte a horizonte, como lámparas limpias en la noche. Tumbados en la arena pasamos largos ratos contemplando la maravillosa y misteriosa obra de la creación. Somos parte de las estrellas. Salimos del mismo Bing Bang. El cielo estrellado del desierto llama al silencio, a la interiorización y a la contemplación.

Para entender el conflicto saharaui

Una noche visité un anciano, antiguo combatiente del Frente Polisario. Sentados en la alfombra de la jaima me contó la historia de su pueblo. El hombre me parecía fascinante. Mientras hablaba, yo escuchaba atentamente, cuidando de no perder ningún detalle, tomando nota de todo cuanto decía. El Sahara Occidental fue colonia española durante más de cien años. En 1975, tras la Marcha Verde organizada por el rey de Marruecos Hassan II, España en vez de conceder la independencia al Sahara, por el Acuerdo de Madrid, entrega el territorio a Marruecos y a Mauritania. Se lee como una traición al pueblo saharaui.

Con la retirada de las tropas españolas, el Frente Polisario proclama la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Marruecos ocupa a sangre y fuego todo el territorio del Sahara. Cientos de civiles saharauis fueron masacrados con bombas de napalm y fósforo blanco mientras intentaban huir hacia el desierto de Argelia.

El Frente Polisario seguía manteniendo el control de la parte oriental del Sahara. Por presiones de Naciones Unidas, Marruecos y el Polisario firman un alto el fuego. El territorio saharaui queda dividido en dos partes: la región Occidental, más extensa y rica en pesca y en minas de fosfatos (cuyas reservas están consideradas las mayores del mundo), en posesión de Marruecos; y la parte Oriental, que es puro desierto inhóspito en posesión del Frente Polisario.

La represión marroquí continuó contra los saharauis de los territorios ocupados. Es por eso que riadas de gente salieron huyendo al desierto. En la actualidad son alrededor de 90.000 saharauis viviendo en los territorios ocupados, 240.000 en los campamentos de refugiados, y 15.000 en los territorios liberados.

En 1981, Marruecos comenzó a levantar un muro de 2.600 kms. de largo, con el apoyo de Francia e Israel. Sobre el muro se retuercen alambradas de espinos. Cada 4 kilómetros a lo largo del mismo hay un puesto de vigilancia del ejército marroquí con un total de 180.000 soldados.

De esta manera, el pueblo saharaui quedó dividido en tres partes: unos viven privados de libertad en los territorios ocupados por Marruecos, otros en la zona liberada al otro lado del muro, y la mayor parte de la población sobrevive en los campamentos de refugiados en el desierto de Argelia, pobremente, pero en libertad.

La firme voluntad del pueblo saharaui de sobrevivir, ha hecho posible que en un territorio inmenso y desértico, se hayan podido construir talleres, huertos, hospitales, escuelas, y que la población organizada pueda resistir la ya demasiada larga espera del fin del conflicto, para retornar y reconstruir su nación.

Estas líneas quieren ser unos apuntes para la reflexión, de manera que fortalezca la solidaridad con este pueblo que resiste en el desierto y anhela retornar a su tierra. Poco antes de abordar el avión en Tindouf de regreso a España, los amigos saharauis que me acompañaron, me dicen: “No nos dejéis solos gritando en el desierto”.

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