Obstáculos, retos y esperanzas para el planeta

informe1-4.jpgDel 7 al 18 de diciembre de 2009 los ojos del mundo estarán puestos en Copenhague, donde se realizará la XV Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Esta cita se considera como ‘la última oportunidad’ de un largo camino de negociación para alcanzar acuerdo global que permita afrontar este fenómeno a partir del 1 de enero de 2012. Es un momento crucial ya que sentará las bases de actuación de los gobiernos de todo el mundo una vez que concluya, en dicha fecha, la primera fase de aplicación del Protocolo de Kyoto.

La capital danesa puede ser escenario de un gran acuerdo o bien dejar patente cómo los gobiernos del mundo, aún sabiendo cómo mitigar el impacto cambio climático, dejan pasar una oportunidad y se empeñan en mantener un desarrollo contaminante –en el caso de los países industrializados– y en recibir los efectos del fenómeno con escasa capacidad de reacción en los países en vías desarrollo, particularmente en las islas.

Las más de 12 mil personas cuya participación se espera en Copenhague serán testigos de qué compromisos asumen sus gobiernos para la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Además, los participantes fijarán los alcances en materia de mitigación y adaptación al fenómeno –principalmente en países en vías de desarrollo–, transferencia tecnológica, financiación, al tiempo que definirán una arquitectura institucional que sea capaz de dirigir la acción global.

Actuar es urgente

Desde 1997, cuando un grupo de países impulsó el Protocolo de Kyoto –que pudo entrar en vigor en 2005–, ya se fijaba la primera ‘hoja de ruta’ para los países contaminantes. En ella se planteaba que, en el año 2012 hubieran reducido sus emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera en un 5% sobre el año 1990, pero lejos de eso los niveles de gases de efecto invernadero han aumentado y amenazan con crecer entre 29 y 90% en el año 2030, sobre el nivel del año 2000. Los informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), que reúne a los científicos y expertos que analizan la evolución de este fenómeno y hacen proyecciones de futuro, fueron contundentes en 2007 cuando, antes de la Conferencia de Bali, alertaron de un aumento de entre 2 y 4 grados en 2050 si no se desarrollan las políticas fijadas en el Protocolo de Kyoto y se refuerzan con nuevos compromisos.

Además de esos informes, han puesto de manifiesto la preocupante situación del clima las propias evaluaciones de los gobiernos del mundo, sus universidades, las observaciones al sector industrial (energía, cemento, papel, acero, entre otros) para que adapten sus procesos al mayor cuidado del ambiente. También ha jugado un papel de denuncia muy importante el empuje de ONG como Greenpeace, Oxfam, WWF y otras muchas que han desarrollado una fuerte labor de incidencia.

La ‘hoja de ruta’ tiene las luces de alarma encendidas cada vez que se retrasa un acuerdo global. Sin embargo –a pesar de que en el discurso de muchos dirigentes internacionales, éste es un “asunto de Estado” –, los esfuerzos y el compromiso a futuro son escasos.

Trabas al compromiso

Entre los principales obstáculos para ir cumpliendo con los objetivos del Protocolo de Kyoto y los demás compromisos de acción nacional de los países, destaca el dilema entre el desarrollo industrial y el cuidado del medio ambiente. Asumir compromisos implica hacer modificaciones en política energética, urbana, industrial, rural y agrícola, así como el desarrollo de una mayor conciencia ciudadana.

Además, entran en juego las grandes diferencias (y celos) entre países desarrollados y en vías de desarrollo. De esto último da cuenta la inacción en la que han caído Estados Unidos y China, que son, con diferencia, los países más contaminantes del mundo. La administración estadounidense no forma parte del Protocolo de Kyoto, pero acusa a China de superarle en el ranking de países contaminantes y de no hacer nada al respecto.

Por su parte el gobierno chino –que tiene muchos seguidores (como el llamado Grupo de los 77 + China) y a la que incluso en algunas posturas se ha sumado la India– se aferra a lo establecido por el Protocolo de Kyoto en el sentido de que los países industrializados deben reducir sus emisiones y ayudar a los países en vías de desarrollo, en la fase de adaptación y mitigación.

Los dos grandes países siguen sin aclarar sus metas de reducción, ya que esperan que el otro lo haga primero para después hacer su propio anuncio. Además, otro de los obstáculos para dar agilidad a este proceso es que las decisiones de la Convención de Naciones Unidas para Cambio Climático (UNFCCC) no se alcanzan por un sistema de mayorías, sino que obligan al consenso a todas las partes. Esto se ha dificultado en las recientes reuniones al querer cada representación gubernamental ser parte del cierre del acuerdo, aún a costa de retrasar por horas, días y semanas el acuerdo.

A estos obstáculos se suma un coste cada vez mayor de los Mecanismos para un Desarrollo Limpio (CDMs, por sus siglas en inglés) y de los proyectos se captura de carbono. También tienen un elevado coste medidas imprescindibles como la transferencia tecnológica, la reconversión energética hacia la generación verde y limpia, la implantación de modelos que combatan la deforestación –un 25 por ciento de las emisiones es causado por este fenómeno.

Considerando sólo lo que se refiere a los costes de adaptación al cambio climático en los países en vías de desarrollo, éstos oscilan entre 75 mil y 100 mil millones de dólares anuales, según un informe del Banco Mundial presentado el 30 de septiembre en Bangkok, en la reunión de la Convención de Naciones Unidas para el Cambio Climático, preparatoria a la Conferencia de Copenhague. La falta de voluntad y compromiso para asumir esos costes es otro de los obstáculos que impide un verdadero avance en la lucha contra el calentamiento global.

informe2-4.jpg¿Dónde estamos?

Las numerosas reuniones celebradas a lo largo de 2008 y 2009 han pulido las posiciones de los gobiernos pero, a la vez, han servido para aumentar la presión y prolongar las decisiones.

En este momento no hay casi ningún sector industrial, institución multilateral u organización ambientalista que no participe, junto con expertos, académicos y políticos en este proceso. Cada conferencia amplía sus conocimientos sobre el cambio climático, pero a la vez advierte de mayores amenazas. Y a la pregunta que todos se hacen de “¿qué esperan los gobiernos para actuar?”, la respuesta siempre es “voluntad política” y “dinero para financiar los programas”.

La reciente Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno del pasado 22 de septiembre en Nueva York dejó vislumbrar ese primer cambio en los matices –que el mundo esperaba con ansia– en torno a la voluntad política. El presidente estadounidense, Barack Obama, presentó un discurso diferente al de George W. Bush, fue conciliador con otros países, reconoció las culpas de EE.UU. y aseguró que lucharía contra el cambio climático, aunque sin precisar qué medidas implementará para reducir emisiones, en tanto el Senado no apruebe la Ley en la materia que presentó este año.

Por su parte, el presidente chino, Hu Jintao, anunció su compromiso de aumentar las energías renovables un 15% en los próximos 10 años y evitar el uso de 620 millones de toneladas de carbono en China en el próximo quinquenio. A esta reunión se llegó también con el anuncio del nuevo primer ministro de Japón, Yukio Yatohama, de reducir un 25% sus emisiones de gases de efecto invernadero en 2020 al nivel de 1990, algo que ha servido de motivación a muchos otros países.

Los gobiernos que negociarán en Copenhague también consideran una aportación –aunque menor– el plan de financiación de la lucha contra el calentamiento global en los países en desarrollo, anunciado el pasado 10 de septiembre por la Unión Europea. Este plan contempla para 2020 una contribución europea de entre dos mil y quince mil millones de euros al año. Todos estos anuncios abren una vía de esperanza de cara a Copenhague, como incluso han reconocido algunos gobiernos que meses atrás se mostraban pesimistas.

Cuestión de dinero

Por lo que respecta a la financiación, las propuestas son variadas y en este tema muchos gobiernos son más optimistas y piensan que incluso el cambio climático ofrece oportunidades para el desarrollo sostenible. En este proceso hay dos actores fundamentales, el Banco Mundial y el sector privado (cada vez más necesitado de protagonizar la reconversión industrial), que sólo esperan saber qué mecanismos de financiación se aprobarán en Copenhague y cómo proceder con ellos. La principal esperanza es la aportación que los países industrializados –que son también los más que más contaminan–, como Estados Unidos, Japón, Canadá, Australia y la UE puedan hacer al proyecto que se apruebe, sea cual sea éste.

Una de las principales propuestas a debate será la de México, que plantea dos fondos gestionados por el Banco Mundial. El primero es el Fondo Mundial contra el Cambio Climático, conocido como “Fondo Verde” que pide una reducción de emisiones y que funcionaría de la siguiente manera: si un país en vías de desarrollo ofrece, por ejemplo, un millón de dólares para el fondo, este mecanismo le duplicaría el monto a través de la financiación de países desarrollados, para realizar proyectos que no podría financiar con recursos propios. Por su parte, los países más pobres, recibirían financiación sin necesidad de realizar aportes, a fin de impulsar la mitigación ante los efectos del cambio climático.

La segunda medida propuesta por el gobierno mexicano en la negociación es el “Fondo de Aceleración”, que busca que se financien y desarrollen hasta el 2012 los proyectos de adaptación y mitigación más sencillos y fáciles de realizar, para dar una base a los países en vías de desarrollo. No obstante, este capítulo es uno de los que más “celos” despierta entre países desarrollados y en vías de desarrollo, generando una pugna y la desconfianza de “los ricos” ante la posibilidad de que los fondos para cambio climático sean utilizados por los países “pobres” para otras tareas. Por ello, las negociaciones se centran en determinar cómo y quién va a verificar que los fondos aportados por los países desarrollados se utilicen adecuadamente.

Oportunidad para el planeta

Mientras tanto, las reuniones preparatorias para la conferencia de Copenhague continúan y son muchos los llamados a sensibilizar a los gobiernos a cerrar sus posturas en torno a un acuerdo global. Como les manifestó recientemente el secretario ejecutivo de la UNFCCC, el holandés Yvo de Boer, a los Jefes de Estado y de Gobierno en Nueva York, “un acuerdo fuerte en Copenhague para combatir el cambio climático, puede mantener a la humanidad en el control de su destino. Perder esa oportunidad ahora, es perderla para siempre”.

¿Qué va a pasar si en diciembre no se alcanza el acuerdo en Copenhague? Ésa es la pregunta que muchos se hacen y su respuesta sería “una gran decepción” de las miles de personas en todo el mundo que trabajan en este proceso. En la práctica, la ausencia de acuerdo no se notaría en los años inmediatos, por lo que es allí donde los jefes de Estado y de Gobierno que en septiembre fueron retóricos en la sede de la ONU tienen una –aunque desgastada– mínima oportunidad para tratar de reconducir los puntos no alcanzados en la capital danesa.

Además, el periodo entre finales de 2009 y enero de 2012 –que es cuando debe entrar en vigor el nuevo acuerdo– es el margen para permitir a los países que sus gobiernos y parlamentos ratifiquen el tratado, lo que para algunos negociadores puede ser utilizado también para cerrar el proceso. Algunas fuentes cercanas al proceso, han informado que es posible que Copenhague cierre con la solución a uno o dos de los cuatro puntos principales de la negociación, y deje los otros para la primavera de 2010, cuando algunos de los países industrializados creen que verán la salida a la actual crisis económica.

En cualquier caso, las puertas al acuerdo siguen abiertas y sólo una reacción en cadena impulsada por la suma de decisiones de EE.UU. y China haría que el resto de países industrializados comprometidos con Kyoto, como Rusia, Canadá, Australia, Japón, India y Brasil y otros que no quieran quedar fuera de la foto de los triunfadores. Mientras esto sucede, la perdedora sigue siendo siempre el mismo: nuestra casa común que es el planeta Tierra.

Motivos por los que urge actuar

El conjunto de estudios y pronósticos realizados han destacado algunos puntos por los que es urgente una actuación inmediata ante la evidencia del cambio climático:

 Desertificación desenfrenada en África, Centroamérica y Sudamérica.

 Incremento de la frecuencia e intensidad de huracanes en Asia y América.

 Potentes lluvias fuera de periodos tradicionales y la alteración intempestiva de las temperaturas en todos los continentes.

 Deshielo de los glaciares y del casquete polar.

 Elevación de los niveles de mar, especialmente en islas y territorios peninsulares.

 Prolongación de la sequía en zonas áridas de países africanos, asiáticos y latinoamericanos.

 Efectos en la producción agrícola y pesquera

 Desplazamientos masivos de población causados por la sequía y la falta de alimentos.

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