El otro precio de la energía

Con gestos simples, como apagar un interruptor, tenemos un papel importante. Nos hemos acostumbrado al concepto de “pobreza energética”. Y es que al creciente número de familias que viven en la pobreza –o cerca de ella– se ha sumado la subida del precio de la luz causada por la nefasta política energética del gobierno y por la especulación que gira en torno a un sistema opaco de fijación de precios. La situación es dramática para millones de personas.

Pero hay otro coste de la energía –quizá más difícil de percibir– que sigue subiendo, imparable. Me refiero a las consecuencias del cambio climático. Este invierno estamos siendo testigos casi a diario. El aumento de los fenómenos meteorológicos extremos se sucede en todo el mundo. Otras consecuencias son menos visibles, como los efectos en la agricultura (debido a sequías, inundaciones o desertificación, que de todo hay), que provocan hambrunas y desplazamientos de poblaciones. Hemos hablado de ello en otras ocasiones, aquí quiero centrarme en lo que podemos hacer.

Como ciudadanas y ciudadanos tenemos el deber de exigir a gobiernos y empresas un cambio drástico en la política energética que nos lleve a un modelo basado en energías renovables. Pero en nuestra vida diaria también tenemos un importante papel que jugar. ¡Y podemos hacerlo con un solo dedo! Sí, tu dedo es muy útil frente al cambio climático. Cada vez que apagas una luz que no necesitas o pulsas el botón de apagado de la tele, el DVD, el equipo de música, el ordenador… estás reduciendo las emisiones de CO2 a la atmósfera. Ojo, estamos hablando del botón de apagado, no de “apagar” con el mando a distancia, que tan solo deja los aparatos en reposo, mientras siguen consumiendo energía.

Mantener la nevera abierta el tiempo imprescindible y no meter alimentos que todavía estén calientes, poner la lavadora y el lavavajillas solo cuando estén llenos, bajar un poco la calefacción en invierno y el aire acondicionado en verano, desenchufar el cargador del teléfono móvil, la tablet, el libro electrónico o el portátil cuando ya estén cargados, porque los cargadores enchufados siguen consumiendo energía… Basta prestar atención al uso de la energía en nuestra vida diaria para darnos cuenta de cuántas posibilidades tenemos de utilizarla de forma eficiente y no derrocharla. ¡Y no solo en casa! Porque si derrochamos energía en el trabajo, en la escuela o en cualquier otro espacio, nosotros no pagamos la factura (en euros) pero la naturaleza sigue pagándola (en cambio climático).

Al hacer nuestras compras también tenemos muchas oportunidades de ahorro energético. Elegir electrodomésticos de bajo consumo puede ser una de las más obvias, pero hay muchas más. Por mencionar algunas, la agricultura ecológica consume menos energía que la intensiva. Si tienes a tu alcance productos ecológicos, tu salud también te lo agradecerá. Las bolsas de usar y tirar suponen un derroche de recursos naturales y de energía (además de generar ingentes cantidades de basura), ¡la bolsa de tela es tu gran aliada! Comprar productos locales (no siempre es fácil, pero alguna oportunidad hay) ahorra energía en el transporte.

Y, hablando de transporte, ¿qué tal llevas lo del metro y el autobús? El transporte colectivo ahorra energía pero, además, ¿no te parece más habitable una ciudad con menos coches? Y, para los trayectos cortos, ¿qué tal un paseo? Te sentará bien.

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