Desde la cárcel de Navalcarnero

Foto. Simon Webster CC.Iniciamos una nueva etapa dentro de las páginas de nuestra revista, en la que vamos a intentar, cada dos meses, compartir qué hacemos y cómo viven las personas que están en la cárcel de Navalcarnero (Madrid). Antes que nada, quiero agradecer desde la capellanía a todo el equipo de alandar, que ha visto importante el que pudiéramos tener un espacio abierto para los presos y sus problemas dando a conocer que éste es un lugar preferente de anuncio del Reino que Jesús de Nazaret vino a proclamarnos. Todos sabemos la sensibilidad especial hacia las personas pobres y marginadas, hacia las que sufren y son machacadas por la vida, que tiene todo el equipo de redacción. Ojalá que este espacio sea un acercamiento hacia cada uno de los chicos, voluntarios y familias donde poder expresar nuestras inquietudes, cómo viven, sienten y qué supone para ellos esta experiencia de estar “privado de libertad”.

Como capellán, hace seis años que estoy acompañando a estos chicos y están siendo los mejores de mi vida, como persona y como cura. Cuando me lo ofrecieron accedí casi sin pensarlo, pero la vida de esos muchachos me ha ido conquistando y ha hecho que vaya aflorando en mí una dimensión especial como cristiano y como cura.

El equipo de la capellanía lo formamos nueve voluntarios laicos, seis religiosas y cuatro curas. Un equipo que intenta cada día y cada vez que va por allí transmitir y vivir junto a ellos una cosa: hacerles descubrir que ellos son importantes y, a la vez, que descubran a un Jesús de Nazaret misericordioso, cercano a sus vidas y especialmente acompañante de sus sufrimientos y alegrías.

En un mundo como el nuestro, decir que estamos acompañando a presos suena demasiado “de locos”, incluso en ambientes cristianos. Se entiende que uno pueda ir a visitar a personas enfermas, niños y niñas con problemas o cualquier situación de marginación, pero difícilmente se llega a comprender que se pueda ir a una cárcel; siempre se dice que si están allí “es porque han hecho algo”. Y eso es evidente, pero ellos y ellas, como cualquier ser humano, hayan hecho lo que hayan hecho, jamás pierden su dignidad. Quizá este sea el reto más importante que desde esta pastoral tenemos: transmitir que las personas privadas de libertad son personas como lo somos las demás, con nuestras mismas inquietudes y problemas, que lloran y ríen, donde en un momento de su vida han podido cometer alguna equivocación, pero siempre con el derecho a una redención y reinserción, tanto a nivel social como cristiano.

Esta es nuestra misión y es lo que intentamos llevar a la práctica cada día: que cada persona con la que nos podamos encontramos allí sienta que es importante, que no es un desecho, que Dios sigue junto a ella, lo quiere por ser su hijo… y eso demostrárselo a través de nuestro compromiso, intentando acompañarles para que poco a poco puedan salir de esa situación, apostar en definitiva por hacer de aquel lugar de sufrimiento un lugar mas humano. Humanizar un espacio en el que vivir con dignidad, donde no sientan su vida definitivamente rota o machacada, sino que descubran que la vida puede seguir hacia adelante, porque no están condenados a ser presos indefinidamente. Transmitirles que el ser humano está hecho para ser libre y vivir en libertad, aunque en este momento concreto de su vida tengan que estar ahí.

Confío en que este espacio pueda convertirse a la vez en un ámbito de denuncia en el que juntos y juntas podamos conseguir hacer de la cárcel un lugar más humano. Quisiera terminar con una acción de Gracias que Jesús hace al Padre en el evangelio de Mateo y que todos quienes cada día vamos allí hacemos y vivimos: “Te doy gracias Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a la gente entendida y se las has revelado a la gente sencilla….” (Mt 11, 25-26).

*Francisco Javier Sánchez González es el capellán de cárcel de Navalcarnero y párroco de la Sagrada Familia en Fuenlabrada (Madrid)

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