“El laicismo es emancipación”

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Foto. Iban AginagaRafael Díaz-Salazar profesor de la Universidad Complutense de Madrid, es docente en el Instituto de Estudios Internacionales (ICEI) y el de Desarrollo y Cooperación (IUDC) de la misma Universidad. Sobre el tema de esta entrevista es autor de una trilogía reciente: El factor católico en la política española (PPC), Democracia laica y religión pública (Taurus) y España laica (Espasa).

¿De dónde viene el laicismo?

El laicismo es un movimiento emancipatorio, uno de los que más han contribuido a combatir la dominación y que lucha contra la persecución al pluralismo. Gracias al laicismo tenemos sociedades emancipadas de la dominación eclesiástica y más plurales. En sus orígenes, es un movimiento religioso, de inspiración cristiana, que fue impulsado por minorías protestantes perseguidas que se vieron obligadas a emigrar a Norteamérica y que, en el nacimiento de los Estados Unidos, tuvieron mucho cuidado en asegurarse de que lo que se iba a crear fuese una república laica.

¿Qué es, pues, el laicismo?

Es un intento de articular la diversidad y el pluralismo en todas sus manifestaciones personales y colectivas. Es una crítica del clericalismo político, del intento por las castas sacerdotales de todas las religiones de teledirigir la acción del Estado. También es la defensa del pluralismo, de la autonomía del orden jurídico y político, de la dignidad y legitimidad de una moral autónoma, y de la libertad de conciencia. Además es la reivindicación de una cultura de tolerancia activa. El laicismo no sólo se opone a la dominación, sino que también es un humanismo que propone virtudes, se implica en la creación de ciudadanos y, por eso, le da muchísima importancia a la educación.

¿En qué medida, en nuestro país, éste es un tema pendiente?

En nuestro país la laicidad es un problema que no hemos sabido resolver y, en buena parte, está relacionado con el modo en que abordemos el tema de la memoria histórica. El asunto viene de muy atrás, al menos desde los Reyes Católicos; tuvo virulencia extrema en los años de la Segunda República y la Guerra Civil y ha vuelto a la actualidad con el movimiento de apostasía, el matrimonio de homosexuales, la cuestión de los crucifijos en las escuelas o la asignatura de educación para la ciudadanía, sobre la que los tribunales han dejado en su sitio las pretensiones de los movimientos más conservadores. Estamos muy necesitados de una cultura de la tolerancia activa en que todas las personas y grupos sepan autolimitarse y escuchar a los otros. Hemos de practicar una amistad cívica entre personas y grupos que tenemos identidades, ideas y trayectorias culturales diferentes.

Aquí y ahora, ¿cuáles son los desafíos?

Hemos de reconocer que somos diversos. Tenemos diferentes identidades lingüisticas, sexuales, políticas, ideológicas y religiosas y debemos aprender a convivir mediante el cultivo de la amistad cívica entre quienes tenemos diferencias. Hay que superar la pretensión de algunos eclesiásticos de que la religión católica es el núcleo de la identidad de España, pues produce enormes dificultades para el diálogo interreligioso y el reconocimiento de las aportaciones de las culturas ateas y agnósticas. La legislación se ha de fundamentar en una ética cívica de mínimos y los sectores confesionales deben reconocer el pluralismo moral de nuestra sociedad. Antes de legislar sobre asuntos delicados hay que hacer una cuidadosa deliberación ética. Tenemos que plantearnos cuál es el papel de la religión y de las iglesias en la vida pública. Hemos de tener en cuenta las implicaciones de la inmigración para activar el diálogo intercultural e interreligioso.

¿Son compatibles la democracia laica y la religión pública?

El laicismo defiende la libertad religiosa, pero está en contra de las instituciones que dificultan el pluralismo de una ciudadanía diversa. Los fundamentalismos e integrismos religiosos radicales (llámense islamismo político, hinduismo identitario, judaísmo ultraortodoxo o cristanismo neointegrista católico o protestante) son una amenaza para la democracia y hay que enfrentarse a ellos para que no impidan el pluralismo y, desde luego, hay que rechazar sus intentos de que se legisle desde la verdad que dicen poseer. Pero no hay que olvidar que la religión es un asunto público. En esto coinciden todos los grandes clásicos de la sociología. Las religiones no deben privatizarse, han de tener una presencia en la vida pública y hacer aportaciones a ella pero, en democracia, tienen que autocontrolar su proyecto de hegemonía. No nacieron en ámbitos de laicidad y han de aprender a vivir en contextos laicos, sabiendo que existe algo inviolable: la libertad de conciencia.

¿Qué función y presencia pública tiene la religión?

El proceso de globalización nos ha mostrado la gran fuerza social, cultural y política que tienen las religiones. Éstas ejercen un rol público importante en las democracias avanzadas. Hay dos formas de presencia pública de la religión y de las instituciones eclesiales. La primera -especialmente fuerte en Estados Unidos, Italia y España- constituye un fundamentalismo ético-religioso, con implicaciones políticas, heredero de los integrismos tradicionales. La segunda conecta la inspiración religiosa de transformación social con la producción de ciudadanía políticamente activa y la profundización de la democracia. Es una nueva forma de radicalismo social religioso vinculado con un cristianismo laico y republicano y con los movimientos por una globalización alternativa que confluyen en el Foro Social Mundial de Porto Alegre.

¿Las religiones juegan un papel social y emancipatorio?

Dentro de todas las religiones hay tendencias plurales. Muchos movimientos religiosos contribuyen a la emancipación social. Pensemos en su actividad educativa y sanitaria, de atención a los más débiles o de promoción comunitaria en todo el mundo. Hoy, significados pensadores laicistas franceses como Regis Debray, Edgar Morin o Frederic Lenoir piden que se tenga un mayor conocimiento y comprensión del fenómeno religioso. Es muy poco lo que se sabe en nuestro país de fenómenos emancipatorios religiosos como el ecobudismo que trabaja con los más pobres, el hinduísmo gandhiano que alienta al movimiento Vía Campesina, el judaísmo pacifista, el feminismo islámico o el cristianismo republicano que tiene ramas evangélicas, anglicanas y protestantes. En nuestro país esta realidad del rol emancipatorio de las religiones no se conoce mucho, pues la información religiosa en los medios de comunicación es muy pobre, está muy clericalizada y muy concentrada en asuntos relacionados con los obispos.

¿Los símbolos y el lenguaje políticos precisan un toque de laicidad?

Todos necesitamos aprender la cultura de la tolerancia activa, que es la piedra angular de la laicidad. No deberíamos utilizar nuestras señas de identidad simbólica como armas arrojadizas de negación de otras identidades. Los países, incluso los microminipaíses, son plurales y, por lo tanto, países arco-iris. Hay que evitar las guerras de banderas. Expresemos nuestros símbolos y veámoslos como complementarios. Aprendamos a convivir en la sociedad civil. ¿Cuál ha de ser el estatuto jurídico-político de esa diversidad? Esa es otra cuestión. Pero ¡cuánto avanzarían España, Navarra, Euskadi, si cada identidad comunitaria dijera: tengo límites! Nadie debería pretender tener en exclusiva una patria o monopolizar la cultura de un país. Laicidad es sentido del límite y capacidad de aprender del otro.

¿Qué puede pasar en el mundo árabe con este tema?

Sin laicidad, no hay un futuro alternativo para el mundo árabe. Antes de las elecciones, hay que redactar constituciones que impidan la imposición del fundamentalismo islámico. El mundo árabe es plural, el islam es plural, en los países árabes existen otras religiones. La laicidad del Estado es la única que hace posible que ese pluralismo no sea reprimido y pueda desarrollarse.

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