«La parroquia es un espacio de justicia y solidaridad»

movimientos2-3.jpgManuel Velázquez (1943, Granada) se ordenó sacerdote en 1969 en el seminario de Cartuja de la capital granadina. Siempre ha atendido a zonas desfavorecidas como cura -Loja, Motril y Granada- así como cuatro años en la JOC –Juventud Obrera Católica-, que definen su trayectoria. Bueno, definir, definir no sería demasiado correcto, porque este hombre no tiene límites para ser definido. Puede ser como los puntos suspensivos, algo no escrito que habita en la libertad de la sabiduría, de la palabra de los hechos. Un hombre imprescindible para la Iglesia, un hombre imprescindible para la sociedad. Un gran maestro.

¿Por qué decide hacerse cura y desde cuándo ejerce?

 La verdad es que yo llevaba años dándole vueltas a la posibilidad de hacerme cura, pero cuando de verdad lo decidí fue una tarde en que tuve el valor de experimentar lo que se gana cuando se pierde todo. Era el día 20 de septiembre de 1969 y tenía entonces 24 años.
Fue una decisión ciertamente arriesgada… pero cuando todo a tu alrededor te está invitando a ser prudente, comedido y mediocre… y tienes la suerte de descubrir a Dios como pura exageración y como única posibilidad de vivir a tope, pues resulta que eso es lo único que te atrae. Y así me ocurrió. Tengo que decir que ha supuesto para mí una experiencia maravillosa de libertad.

¿Alguna vez ha sentido la tentación de colgar los hábitos?

 Creo que todos hemos sentido alguna vez el deseo de tirar la toalla y dejar de asumir el riesgo de vivir a la intemperie… A mí tampoco me han faltado propuestas en este sentido. Pero la verdad es que nunca me ha llamado la atención eso de llegar a ser una persona ‘razonable’ y con los pies en la tierra. O dejar de soñar para pensar un poco en asegurar mi futuro, como algunos me decían. La verdad es que jamás me he preocupado de lo que va a ser de mí el día de mañana. Me basta y me sobra con sentirme vivo en este momento… Pues para mí está claro, que solo los muertos tienen el futuro asegurado.

¿Qué papel debe jugar la Iglesia en esta sociedad y cuál no?

 Debe ejercer el mismo que jugó Jesús que, con su actividad liberadora, conmovió los cimientos de la sociedad de su tiempo, al poner en peligro la idea sagrada del poder, la institución familiar machista y jerarquizada, el fanatismo violento de los ideales nacionalistas y la hipocresía del culto y de los dirigentes religiosos. Sería un hermoso signo de fidelidad al evangelio que hoy la Iglesia fuera perseguida por estas mismas razones. Pero es doloroso reconocer que las cosas no son así. De todas formas, yo apostaré siempre por una Iglesia menos preocupada por la ortodoxia y más atenta al sufrimiento de los pobres… Una Iglesia sin más cálculo ni más política, ni más diplomacia que la locura del amor y de la bondad… Pues está claro que Jesús no ha venido a este mundo a meternos miedo, ni a complicarle la vida a nadie… sino sencilla y llanamente para salvarnos a todos.

¿Está enterrado el concilio Vaticano II?

 Creo que el espíritu del Vaticano II está más que enterrado, aunque a muchos les guste seguir adornando con su letra muchos de sus discursos o sermones. Está claro que en la Iglesia existe una clara involución o marcha atrás en lo referido a los caminos de apertura y renovación que nos propone el Concilio.

¿Qué personajes de la Iglesia le han servido de espejo dónde observarse?

 Frente a tantos charlatanes cuyas fáciles palabras son desmentidas por los hechos, me interesan los artesanos del silencio, los poetas, los místicos y los verdaderos creyentes que respaldan sus palabras con su vida. Si me pides algún nombre te diré que, entre otros, me siguen ayudando Francisco de Asís, Catalina de Siena, el Abbé Pierre y los obispos Óscar Romero y Pedro Casaldaliga.

¿Cómo entiende qué debe ser la vida de una parroquia?

 La de una comunidad de hermanos en torno a Jesús de Nazaret, único centro y referente de los que intentamos vivir su misma vida. Se trata de establecer entre nosotros unas relaciones fraternas en las que nos hagamos cargo los unos de los otros y nos queramos de verdad como él nos ha querido, sin dejar nunca de vivir y trabajar por la vida de este mundo. Sobre todo, por aquellos que están más faltos de vida: los pobres económicos, los enfermos, los ancianos, las personas solas y los más débiles en todos los sentidos. Y esta comunidad la tenemos que vivir los que somos y los que estamos, o sea, aquellos a quienes la vida y las circunstancias nos han hecho coincidir aquí y ahora. No se trata, por tanto, de buscar un grupo de elegidos ni de gente selecta. Somos la gente normal y corriente que somos, pero esos sí, abiertos siempre a todo el que ande buscando con sencillez y verdad. Este es el ideal que viene tirando de nosotros. Y somos conscientes de que este ideal se vive como se puede, como se va pudiendo. Pero también sabemos que Dios suele andar por la trastienda de nuestra vida y nos va llevando como él quiere y también como nosotros nos dejamos llevar, por lo cual existe la posibilidad de que nuestras vidas vayan cuajando, poco a poco, en una comunidad al estilo del ideal que nos propone el evangelio. No nos importan los resultados perfectos: sólo sabemos que estamos en sus manos.

¿Por qué decidió ceder la parroquia a Santiago Cortés (parado del barrio de Casería de Montijo) para encerrarse en huelga de hambre por un trabajo digno y para que el banco renegociara su hipoteca?

 He querido que Santiago se encontrara como en su casa porque concibo la parroquia como un espacio abierto de acogida, formación, celebración y también de justicia y solidaridad. El párroco debe estar siempre dispuesto a echar una mano en lo que pueda y los locales de la parroquia no son suyos, deben estar abiertos a las necesidades de la gente del barrio. En este sentido, estoy de acuerdo con lo que dice el obispo francés Jacques Gallito: “Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada”.

Dibuje con palabras el diagnóstico de la sociedad actual.

 Todos hemos contribuido, de una u otra forma, a crear un sistema de vida y un proyecto de felicidad consumista que degrada y llena de frustración al ser humano. Basta con echar un vistazo a nuestra vida cotidiana: demasiado ruido, demasiada gente, demasiadas cosas, demasiada prisa… y todo para emprender una loca carrera hacia ningún sitio. ¿No corremos demasiado como una manera de disimular nuestra desorientación? ¿No estaremos almacenando tantas cosas para camuflar nuestro vacío interior? ¿No buscaremos, de forma compulsiva, sumergirnos en la multitud porque nos da miedo enfrentarnos con nuestra profunda soledad? ¿No estaremos tan volcados hacia abundancias exteriores porque no logramos saciar nuestras graves carencias interiores? Por todo ello, cada día son más los pensadores y movimientos sociales que propugnan un cambio de mentalidad y una vuelta a la austeridad como único camino para salvar al hombre, a la sociedad y al planeta tierra. Lo cual no quiere decir que renunciemos al verdadero progreso, sino que adoptemos una forma de vida digna pero modesta y sencilla. Lo cual tiene mucho que ver con el ideal de la pobreza que nos propone el evangelio que libera el corazón, nos hace confiar en la Providencia, nos ayuda a compartir con los hermanos y nos enseña a respetar la creación.

¿Qué haría falta para que la gente volviera a creer en las palabras de Jesús?

 Que nuestras palabras se hagan carne. No podemos reducir el evangelio a un cúmulo de hermosas palabras desencarnadas. Desde que Jesús nació entre las gentes del suburbio por no haber sitio para él en la ciudad, desde que padeció en propia carne el drama de la emigración, desde que se matriculó en la escuela de la calle, donde aprendió la sabiduría de Dios y la del pueblo, desde que ejerció el oficio de artesano para ganarse la vida y asumió el riesgo de su libertad para ganarse la muerte. Desde entonces ya está todo dicho y de la mejor manera con la palabra hecha carne que es el lenguaje de Dios. Por eso, nadie se puede creer hoy la charlatanería de los que quieren saber de todo y pretenden organizar la vida de todos desde principios abstractos y desde su comodidad burguesa.

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