El viaje de Francisco a Sudamérica ha sido histórico y no sólo por el gesto de Evo Morales. Durante las primeras semanas de julio de este año Francisco recorrió las tierras ecuatorianas, bolivianas y paraguayas, que están teñidas por la esperanza de quienes han sido desheredados por un sistema que los expulsó de su seno.

A todos ellos el Sumo Pontífice les proclamó que “el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de «las tres T»: trabajo, techo y tierra”.

Cuando estuvo en el Estado Plurinacional de Bolivia, fue condecorado con la Orden al Mérito “Padre Luis Espinal Camps” por su destacada “labor en defensa de los pobres, marginados y enfermos de la sociedad” y recibió una réplica del crucifijo con la que él tomó los votos.

Según el íntimo amigo de Espinal, el jesuita Xabier Albó, él con la cruz “lo único que modificó fue la tabla horizontal y la vertical. Le puso el martillo y la hoz que para él tenían más simbolismo. Pero eso no quiere decir que Espinal fuera marxista, pero que sí que era necesario el diálogo entre los cristianos y los marxistas”.

A pesar de que el Santo Padre manifestó que este obsequio no era ofensivo sino una expresión de arte de protesta que llevó al Vaticano, los grandes medios de comunicación generaron una maraña de maliciosas suspicacias que resulta necesario esclarecer.

Luis Espinal fue un sacerdote jesuita que nació en España y, por opción, se nacionalizó boliviano. Este religioso, que además era periodista y cineasta, fue secuestrado y asesinado el 21 de marzo de 1980 por su lucha por la democracia y su apoyo a los movimientos populares a los cuales, en su reciente visita a Latinoamérica, el papa describió como “poetas sociales: creadores de trabajo, constructores de viviendas, productores de alimentos”.

Marzo de 1980, parafraseando a Silvio Rodriguez, gracias a un odio semejante tiene un doble saldo escalofriante. En efecto también en ese mes fue asesinado monseñor Óscar Romero por predicar el poder de la violencia del amor, frente a lo que Francisco definió como “un cierto liberalismo que cree que es necesario primero producir riqueza, no importa cómo, para después promover alguna política redistributiva por parte del Estado”.

La remembranza de la mirada teológica de estos mártires populares, lejos de ser una visión nostálgica y melancólica de tiempos pasados, resulta fértil para pensar el lugar que la Iglesia tiene que ocupar en un continente como el latinoamericano donde, de los 167 millones de personas que viven en situación de pobreza, 71 millones se encuentran en condición de extrema pobreza o indigencia.

En este contexto, los cristianos y cristianas tenemos que utilizar el martillo para tallar el corazón de piedra de quienes explotan a sus hermanos y la hoz para cortar el tallo del capitalismo, ya que atenta contra la dignidad y la supervivencia de los pueblos. Esto está en sintonía con Francisco, para quien «una fe que no se hace solidaridad, es una fe muerta y mentirosa» y con Espinal, quien sostenía que “no es cristiano quien ahorra la vida para sí: el agua estancada se pudre”.