«El laico no puede ser un mero oyente en la Iglesia»

Foto. OCASHA.“Los amigos primero te dicen que estás loco, luego te comentan que está bien y cuando vuelves te miran de otra manera. En la familia siempre hubo aceptación”. Así resume Carlos Córdoba el proceso que supuso comunicar su intención de hacerse misionero laico por, al menos, tres años. Ya lleva camino de cumplir los dos primeros en la localidad etíope de Abobo, “un lugar alejado de todo”, muy cerca de la frontera con Sudán.

Este joven de 30 años, natural de Daimiel, siempre había estado involucrado en las actividades parroquiales como catequista y como voluntario de Cáritas. Asimismo, el mundo de la misión se le hacía familiar, pues uno de sus tíos, Eusebio, era misionero en el Congo. “Crecí con el sentimiento de salir fuera de las propias fronteras a dar testimonio del Evangelio, de ayudar a los más pobres, a los tratados injustamente por la vida y por los hombres”, dice Carlos. Con esta inquietud, hace algo más de tres años decide dar un paso hacia adelante y se pone en contacto con OCASHA (Cristianos con el Sur), organización de laicos misioneros que desde hace más de medio siglo trabajan en la evangelización, la promoción y el desarrollo con el envío de voluntarios a América Latina y África. Primero participa en unas jornadas para ver cómo era la cosa y ya quedó definitivamente ‘enganchado’.

Formación en OCASHA

Tras dos años de formación –incluido un tiempo en Irlanda para la mejora del inglés- parecía estar ya preparado para ir a alguna misión. Surge la posibilidad de participar en un proyecto en Etiopía, concretamente en Abobo, donde durante muchos años estaba el misionero español Miguel Ángel Melendo. La filosofía de OCASHA es enviar a los misioneros en equipo, dos como mínimo. Pero en el caso del “novato” Carlos tenía que hacerlo solo, porque el compañero que iba a viajar con él no estaba en condiciones de salir por diversas razones. “Es un momento difícil, de incertidumbres, de cierto miedo, pero también de mucha expectación. Pienso que lo fundamental es confiar, creer, reflexionar y rezar mucho con lo ojos bien abiertos”, afirma.

Tras dejar su trabajo de asistente social en un centro de Cáritas para la rehabilitación de drogodependientes, Carlos, al que siempre le gustó África, quizá por la experiencia de su tío en ese continente, se encuentra en Abobo: una ciudad pequeñita, en mitad de la selva, con una vegetación exuberante pero sin casi nada más. Situada en la región de Gambella, en una zona remota, con una climatología muy dura, con temperaturas que pueden alcanzar los 50 grados, excepto en la temporada de lluvias –de junio a septiembre- en la que el termómetro baja a los 20-25 grados. La población está compuesta por dos etnias, los anuak y los kambata, cada cual con su cultura y su tradición, pero que conviven sin demasiados conflictos, aunque hace unos años sí que los había, cuando se produjo el desplazamiento de los kambata a este región como consecuencia de las hambrunas que asolaron Etiopía en las décadas de los 80 y 90 del siglo pasado, en las que murieron más de dos millones de personas. La gente vive de una economía de subsistencia, en una pobreza casi extrema.

En medio de esta realidad se desarrolla la misión en la que está inmerso Carlos, con un pequeño hospital como núcleo del trabajo que allí desarrolla. La misión la componen un matrimonio italiano –ella médico y él responsable del mantenimiento del centro-, una doctora también italiana, laica consagrada, y el propio Carlos, que realiza labores administrativas. El hospital tiene 34 camas de hospitalización y trabaja los 365 días del año, con unos 40 empleados, muchos de ellos formados en el propio centro sanitario. El hospital, aunque es público, se mantiene gracias a la financiación absoluta de Manos Unidas.

Poco a poco

Además, en la misión colaboran en las tareas parroquiales propias de la evangelización o de promoción de la vida comunitaria. Para Carlos, que tiene un hermanos sacerdote, “el laico tiene un papel muy importante dentro de la Iglesia. No podemos ser meros oyentes y tenemos mucho que aportar gracias al contacto con la gente en su día a día”. Cuando se le pregunta cómo va la evangelización responde con otra pregunta: “¿Qué buscamos, cantidad o calidad?”. Y añade que “habrá misioneros que enseguida bautizarían, pero en Abobo apostamos por ir poco a poco, convocando a la gente, difundiendo el mensaje de Jesús, tratando de dar testimonio. Después ya vendrán los bautizos”. En Abobo hay aproximadamente un 5% de católicos, quizá porque hay un terreno “abonado”, ya que los anuak son animistas. En Etiopía la religión mayoritaria es la ortodoxa de rito copto y el número de católicos apenas alcanza el 1%.

El pasado mes de diciembre, Carlos Córdoba recibió en su Daimiel natal el Premio a la Solidaridad que lleva precisamente el nombre de su tío misionero, Eusebio Ortega Torres. Junto al reconocimiento de sus paisanos, que le emocionó mucho, el galardón está dotado con 6.000 euros, que ya están depositados en la misión de Abobo, a la que regresó a primeros de enero, después de unas semanas de descanso con su familia. El esfuerzo diario en aquellas tierras desgasta mucho la vida. Carlos, por ejemplo, señala con una amplia sonrisa que se ha dejado más de 20 kilos.

Al plantearle las críticas que a veces se hacen aludiendo que hay misioneras y misioneros que parecen más preocupados por la asistencia que por la evangelización, Carlos señala que “misionero es aquel que está y participa de la vida de las personas”. Recuerda el libro La tercera colonización, de Gerardo González, en el que muchos obispos africanos piden a los misioneros que respondan a las tremendas necesidades sociales de la gente. Y este misionero laico añade que “la gente demanda ayuda y hay que tratar de dársela, porque la carencia de todo es muy duro”.

Está convencido de que los africanos son capaces de cambiar las cosas, “pero quizá nuestros plazos no son los suyos. El porvenir y el prevenir no existen para ellos porque viven el día a día”. Carlos reconoce que tres años en la misión no es demasiado tiempo y que más de una vez se plantea si las cosas pueden cambiar, si las estructuras pueden ser más justas, pero a continuación se pregunta “en qué ha cambiado mi vida aquí” y se responde que “a lo mejor no somos quién para ver resultados. Hay que sembrar y los frutos, Dios dirá”. Lo que sí tiene claro es que en este tiempo ha ganado amigos, ha compartido experiencias, ha reflexionado sobre la palabra de Dios con muchos jóvenes, ha ayudado a la gente, ha vivido la experiencia de salir del propio círculo… ¿Más de tres años en la misión? Hay que seguir reflexionando y confiando.

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