Venezuela, más bolivariana que nunca

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Necesitamos celebrar el Centenario como el sueño de crear una nación mestiza y tolerante.Cuando estoy en Estados Unidos, me encanta Chávez, lo veo como una gran personalidad, tratando de despertar al país, de hacerle recordar su leyenda indígena, su cultura, su poder independiente… Cuando estoy en Venezuela, me parece un dictador fascista y paranoico” (Devendra Banhart, cantautor estadounidense criado en Caracas).

A pesar de que en España el evento está pasando bastante desapercibido, el año 2010 está cargado de significado para varios países centrales de América Latina y para la región en su conjunto. Chile, Argentina, Colombia, México y Venezuela celebran este año el bicentenario de su independencia de la corona española. Aunque se había acordado que, dada la concentración, 2010 sería también un año de fiesta continental, cada uno de estos países ha afrontado la efeméride de forma muy distinta y la conmemoración conjunta ha brillado por su ausencia. Algunos han aprovechado para plantearse retos de futuro; otros, sobre todo desde el gobierno, para tirar balones fuera, endosando sus propias carencias a las culpas de la Historia. En una Latinoamérica que redescubre y reivindica por fin su herencia indígena, también ha tenido cabida, obviamente, el discurso identitario.

¿Y en Venezuela?

La figura de Hugo Chávez y su socialismo bolivariano han marcado, como era de prever, los ejes centrales de la celebración, añadiendo un argumento más al discurso político de esta figura poderosa y contradictoria. Conviene no olvidar que la prístina legitimidad democrática de su mandato tuvo como antecedente un intento de llegada al poder a través de un golpe de Estado militar. No está de más recordar también que su lucha por la libertad de las clases populares es abiertamente discutida por políticos opositores y medios de comunicación que afirman estar siendo perseguidos en sus propias libertades. Tampoco hay que dejar de reconocer, en este caso en el haber de Chávez, que su revolución, con cambio constitucional incluido, fue sometida a la opinión popular y ralentizada una vez el pueblo contestó negativamente. La pregunta final, para la que algunos en uno y otro extremo del espectro político encuentran una respuesta clara pero que no parece tenerla de una forma tan evidente, es la siguiente: ¿es Chávez el defensor, y quizá el artífice, de una democracia popular, o más bien un tirano que encamina a su país hacia el totalitarismo? ¿Cuál es el futuro de Venezuela? ¿Cuál es el futuro de su gente?

Ese futuro está sin escribir, pero bebe de las fuentes del pasado. Venezuela celebra doscientos años de independencia, pero al mirar en las páginas de su propia historia encuentra enfrentamientos civiles, caudillos militares, marginación de las minorías, una construcción democrática tardía, lenta e imperfecta, una corrupción que galopó a lomos del precio internacional del petróleo, un sistema social en el que unos pocos se enriquecieron sin compartir ni preocuparse de extender el bienestar del que ellos gozaban a las grandes masas desposeídas… Los opositores a Chávez saben que, aunque sus quejas sean legítimas, fueron ellos los que crearon el caldo de cultivo que posibilitó su emergencia. En estas circunstancias ¿hacia dónde camina Venezuela? ¿Es Chávez el único camino? ¿Los pecados del pasado incapacitan a los opositores para reivindicar un futuro mejor?

Luis Ugalde, SJ, rector hasta hace poco de la Universidad Andrés Bello de Caracas, piensa lo contrario: “Cuando un régimen político dicta órdenes militarmente, azuza a sus hordas armadas para atacar a los que piensan distinto, calificándolos de golpistas y criminales, amenaza y maltrata a los estudiantes que valientemente afirman los derechos constitucionales y el gobierno lleva al país al despeñadero económico, social y político, es necesario que los demócratas de diverso signo pensemos en serio en la reconstrucción de la República”. La oposición que plantea Ugalde no es contra los objetivos políticos de Chávez, sino contra su incoherencia y contra su estrategia: “Tras once años en el poder las promesas se contradicen con las realidades de una política que excluye a medio país por pensar distinto, que elimina a los empresarios y los empuja a no invertir, que obliga a miles de profesionales y jóvenes preparados a sembrar su talento y creatividad en otros países y perpetúa la pobreza sin esperanza, domesticada con el reparto del oro petrolero”. La resistencia es también contra el azuzamiento del odio entre venezolanos: “(…) El Presidente en la plaza Bolívar llamando a la guerra a muerte entre venezolanos, porque ‘no hay conciliación posible’; con la ‘burguesía apátrida, con esos grupos fascistas, no hay acuerdos posibles’. Los enemigos de la revolución cubana están en Miami, pero los de la venezolana están dentro, agregaba. ‘¡Qué difícil es una revolución en estas condiciones!’. Es una llamada a la persecución, a la cárcel y al exilio de la mayoría del país (más del 85 %), que no quiere el modelo cubano”.

La voz de la Iglesia

La Conferencia Episcopal Venezolana no es ajena a esta preocupación por el presente y el futuro de su país y sus aspiraciones de libertad y justicia, y ha aprovechado también el bicentenario para exponer sus propias reflexiones en una carta pastoral.

El documento de los obispos habla con la voz del Evangelio, preocupándose por las clases desfavorecidas y buscando caminos para el bien común, con un estilo poco habitual en otros pagos más cercanos. Comienza por reconocer la propia imperfección de la Iglesia y propone su reflexión, desde Jesús y el Evangelio, como un aporte que “cuando denuncia injusticias o indignidades, no condena a la persona o se opone a la legítima autoridad, sino que cuestiona excesos o distorsiones arbitrarias”. La clave, para los obispos venezolanos, está en que “millones de venezolanos continúen, todavía hoy, sumidos en condiciones materiales, institucionales y morales indignas de su condición humana, y permanezca frustrado el propósito de construir una República, para todos en la riqueza de su diversidad y libertad, y con todos en la comunidad de su solidaridad y fraternidad”. Es una carta pastoral que merece una lectura completa y atenta.

Concluye el jesuita Ugalde: “Necesitamos celebrar el Bicentenario como el sueño de crear una nación mestiza inclusiva y tolerante, con un propósito común e instituciones y oportunidades civiles, con todo el presupuesto para educar y sembrar, con los cuarteles convertidos en escuelas, los tanques en tractores y los soldados en ciudadanos”.

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