Catolicismo y vida pública

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Allá por los años sesenta y tantos, en una obra que, me parece recordar, montaban Els Comediants, aparecía la policía al grito de “Dispérsense o tiramos al aire”. Uno de los reunidos gritaba, aterrado: “¡Por favor! ¡al aire no, al aire no!”.

Me ha venido a la memoria esa escena al borrar correos en mi ordenador y encontrar un anuncio antiguo de esas semanas que organizan los Propagandistas bajo el eslogan de “Católicos en la vida pública”. Y he sentido las mismas ganas de gritar: “¡Por favor, católicos en la vida pública, no!”.

Católicos como el señor Dívar, presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, que hace más veinte viajes a Marbella en largos fines de semana, se aloja en hoteles de lujo y come en restaurantes caros, todo a cuenta del contribuyente. Que arguye que 8.000 euros (luego fueron más de 13.000) “son una miseria”, que miente en sus declaraciones, que sólo dimite cuando ya no tiene más remedio y que se va “con la conciencia tranquila”.

Católicos como el señor Trillo, cuyo ministerio organizó un chapucero traslado de tropas desde Afganistán en el que murieron 62 militares y en el que razones de conveniencia política llevaron a la identificación falsa de 30 cadáveres. No dimitió, continuó su carrera política y ahora representa a España en Londres.

Católicos como Ángel Acebes, que mintió tras los atentados del 11M manteniendo la autoría de ETA a pesar de todas las pruebas en contra y que ahora es consejero de Iberdrola con un sueldo de más de 400.000 euros al año.

Católicas como Nieves Ciprés, fundadora de Derecha Navarra y Española, que defiende un control exhaustivo de la emigración ilegal y el establecimiento de la cadena perpetua.

¡Por favor, católicos en la pública, no!

Pero, ¿de verdad no quiero que los católicos participen en la política? Por supuesto que me alegro de que fuera secretario general de la ONU Daj Hammarsjöld, un creyente y un místico; y celebro que Konrad Adenauer fuera presidente de Alemania en el tiempo de la posguerra; y recuerdo con alegría que dirigiese la alcaldía de Florencia Giorgio La Pira, con su histórica visita a Moscú en 1959 -en plena guerra fría- y su encuentro con Ho Chi Minh para poner fin a al guerra de Vietnam; y sin duda celebro la vida de Robert Schumann, uno de los padres de Europa. Así pues, ¿por qué esa expresión de rechazo sin matices?

En su cuento El antimonio escribió Leonardo Sciacia que la religión es “una gran olla en la que hierven muchas cosas y cada uno pone dentro un hueso para hacer un caldo a su gusto”. Desde que la leí, no ha dejado de convencerme la justeza de esta frase. Sobre todo la religión sirve muchas veces para cocinar el caldo de la autojustificación.

Peter Berger ya argumentó que la religión ha sido desde siempre el palio sagrado que ha cubierto y justificado las decisiones humanas: los hijos han de obedecer porque hay un cuarto mandamiento, hay que respetar a las autoridades porque Dios las ha elegido, la propiedad privada es intocable porque Dios prohíbe robar… Pero también al contrario: Dios es el absoluto y a Él se dedican plegarias y sacrificios pero hay que librarle de la contaminación de la política, que tiene otras reglas. A Dios se le da lo de Dios pero al César hay que reservarle lo suyo.

Por estos y otros semejantes caminos nos hemos topado en la vida pública con personas que afirman su catolicismo pero cuya conducta poco tiene que ver con él. Si encontramos alguna en que cristianismo y conducta pública se muestren de la mano no haremos sino alegrarnos. Hasta ahora, sin embargo, en esta democracia que sin duda merecemos por nuestros pecados, no ha aparecido esa rara avis.

Así pues, ¡por favor, católicos en la vida pública, no!

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