La locura del cristianismo

Estoy leyendo un libro grandioso y fascinante (así lo han calificado los críticos): es El Reino, de Emmanuel Carrière.

El autor cuenta en el prólogo una cena con amigos en la que uno de los asistentes -el director de fotografía Patrick Blossier- en un momento dado y al hilo de la conversación, hace la reflexión siguiente: “Qué extraño, si te paras a pensarlo, que personas normales, inteligentes, puedan creer algo tan insensato como la religión cristiana, algo del mismo género que la mitología griega o los cuentos de hadas. En los tiempos antiguos se puede entender: la gente era crédula, la ciencia no existía. ¡Pero hoy! Si un tipo creyese hoy día en historias de dioses que se transforman en cisnes para seducir a mortales o en princesas que besan a sapos que, con un beso, se transforman en príncipes encantadores, todo el mundo diría: está loco. Ahora bien: muchas personas creen en una historia igualmente delirante y nadie les toma por dementes. Les toman en serio, aunque no compartan sus creencias. Cumplen una función social menos importante que en el pasado pero respetada y más bien positiva en su conjunto. Su disparate convive con actividades totalmente razonables. Los presidentes de la República hacen una visita de cortesía al jefe de esa grey. Digamos que es extraño ¿no?”.

Reconozco que ese testimonio me ha impresionado. Cada uno de nosotros se mueve en una sociedad en la que encuentra creyentes y no creyentes. Los segundos, sin embargo, suelen limitarse a no creer pero no son ajenos a las sentencias de la fe. Les guste o no, provienen de una cultura cristiana y las palabras cruz, resurrección, redención no les resultan extrañas. No creen en el significado que los cristianos les asignan pero no les parecen aberrantes. Pero está claro que ya, dentro del occidente postcristiano, aparecen los que piensan y sienten como Boissier. No sólo el cristianismo es falso sino que es una estupidez, una fantasía delirante e inaceptable y es incomprensible que personas sensatas se adhieran a él.

En realidad esto no debería sorprendernos. Ya Pablo había escrito a los corintios que los griegos buscaban sabiduría y que, para ellos, Cristo crucificado era una necedad. Y, si lo pensamos bien, que la salvación del mundo dependa de un joven activista ajusticiado por los romanos en los límites de su imperio y precisamente por razón de esa crucifixión, no puede dejar de ser para muchos un delirio insensato. Si eso lo unimos a su nacimiento virginal, a sus milagros, a su resurrección, al pan y vino hechos cuerpo y sangre, podemos comprender bien que, para muchos, el cristianismo sea una fábula y los cristianos, gente decididamente alienada.

Dos conclusiones me vienen al hilo de esta situación. La primera es la urgencia de una buena y actual teología, no sólo en los manuales y en las homilías sino en las conciencias creyentes. La fides quaerens intellectus, la fe que busca la inteligencia, ha de intentar siempre que para el creyente y, aún más, para quien no cree el misterio no sea sustituido por el embrollo y la fábula. Por poner un ejemplo, un cristiano ilustrado de hoy día, ¿sabrá explicar de modo convincente qué es eso de la redención y cómo se opera? Pensando en muchos creyentes que conozco, yo tengo mis dudas.

La segunda conclusión es más personal. Todos deberíamos verificar si, al igual que para Pablo, Jesucristo, el que es necedad para otros, es para nosotros fuerza y sabiduría de Dios. Estamos en un tiempo bueno para hacer este análisis. Acabamos de celebrar la Pascua y de proclamar alegremente que Jesucristo ha resucitado.

Carlos F. Barberá
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