Peticiones

Acaba de fallecer un amigo mío, ya mayor. Ha sido un proceso de cuatro días en los que, como persona muy creyente, ha afrontado la muerte de cara, con toda consciencia y serenidad.  En esos días sus hijos iban dando noticias a los amigos, recomendándonos siempre: rezad por él. Yo he rezado, pero sólo pidiendo que Dios le diera ánimo y fortaleza. Los que lo hicieron para que no muriera deberían quedarse un tanto frustrados, pero estoy seguro de que no habrán entrado en más cavilaciones.

Quiero contar dos historias. La primera es la siguiente: una sobrina mía nació con algunas anomalías que nadie conseguía diagnosticar. La niña iba creciendo camino –al parecer, sin remedio- de una grave deficiencia. Un día una tía mía la tomó en brazos y la llevó a la tumba del padre Rubio, en la iglesia de los jesuitas. Al día siguiente descubrieron a una doctora que dio con el diagnóstico preciso y con un tratamiento adecuado que la puso en camino de una recuperación casi total.

Vamos con la segunda: hace ahora cuatro años una amiga muy querida estaba de parto. Le costaba dilatar y el marido propuso que le hicieran una cesárea, pero la ginecóloga optó por esperar media hora más. En ese tiempo la niña que nacía se quedó sin oxígeno. Hubo que hacer una cesárea de urgencia y el primer análisis mostró que tenía un hematoma en el tálamo, lo que daba lugar a los peores augurios. Fueron unos días angustiosos.

Yo no quería rezar por ella. Pensaba: ¿Dios va a intervenir en mi favor porque yo se lo pido y no en el de quienes deciden no hacerlo? Hubo, sin embargo, un momento en el que, acordándome de la historia anterior, me salió del alma: Padre Rubio, ¡échanos una mano! Finalmente las secuelas fueron mucho menores de lo que se había temido.

Este último suceso me hizo pensar mucho. A estas alturas ya sabemos que Dios decidió crear al ser humano y retirarse después, dejándolo en libertad de actuar, sin actuar en el mundo como una causa más. No podía ser de otra manera. No podría intervenir a favor de unos sí y no de otros, ayudar a los que se acordasen de Él y abandonar a los que no lo hicieran.

Y lo mismo ocurre con la oración por los difuntos: no se puede pensar que en la vida eterna Dios garantiza un mejor recorrido –si así se puede decir-  a los que tienen valedores en ésta y posterga a quienes carecieran de ellos. Desde hace tiempo en los funerales explico siempre que san Agustín decía que los ritos funerarios no se hacen para los difuntos sino para los vivos. Los creyentes ponemos a nuestros muertos en las manos de Dios y ahí acaba nuestra labor.

Pero entonces ¿por qué seguimos rezando para buscar apoyo en nuestras necesidades? Recuerdo haber leído en Metz, el teólogo alemán fallecido no hace tanto, que en la Biblia la oración es siempre un clamor. Es el grito de la criatura que se sabe indefensa y necesitada de ayuda y a quien la oración, el clamor, le sale del fondo del alma. Así lo expresa el salmo: “Desde lo hondo a ti grito, Señor. Señor, escucha mi voz”.

No es tanto una cuestión religiosa cuanto antropológica que las religiones han recogido. Responde a la conciencia soterrada de que necesitamos ayuda y, como dijo Heidegger en la entrevista publicada después de su muerte, “sólo un Dios puede aún salvarnos”.

Quiero, por tanto, pensar bien en mi oración, ser parco en mis peticiones, acompañarlas de una voluntad de compromiso pero ahora mismo, visto lo visto, temiendo lo que puede pasarnos gracias a Vox y a la Ayuto y a tutti quanti, la verdad es que de nuevo me sale del fondo el clamor: padre Rubio, ¡échanos una mano!.

Últimas entradas de Carlos F. Barberá (ver todo)

2 comentarios en «Peticiones»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *