El Círculo de Mujeres Borboleta, en el madrileño barrio de Vallecas, lleva empoderando a sus asistentes desde el año 2018 sin más estrategia que el acompañamiento y la escucha. Una dinámica de reflexión, compartir y reconocimiento en grupo que cada vez se multiplica en más lugares.

por Carmen Lorigados Pérez.

«El próximo sábado 30 de septiembre de 11 a 1 iniciamos en Madrid un círculo de mujeres principalmente enfocado a la maternidad para acompañarnos mutuamente, en un espacio para compartir nuestras experiencias, nuestras dudas y nuestro camino como mujeres y madres. Queremos que el nuestro sea un espacio abierto, sin ninguna orientación concreta, donde podamos sentirnos acogidas y escuchadas. Nos encontraremos en la Calle La Bañeza 16 Bajo Posterior, Metro Peñagrande. Los encuentros son gratuitos, sólo tienes que aportar tus ganas de participar ¡Te esperamos!».

Así comenzó su andadura el círculo «Borboletas», aunque por aquel entonces (año 2018) no teníamos más nombre que el del local que nos acogía. En ese primer encuentro coincidimos cinco mujeres-madres de lugares tan diversos como Vallecas, Galapagar, Majadahonda o Peñagrande, con edades comprendidas entre los 30 y los 50. Algunas con hijos aún de meses, otras madres ya de adolescentes, unas con familias monoparentales a su cargo, otras en pareja estable o proceso de separación, con vínculos previos en algunos casos o siendo completas desconocidas en otros.

Tres meses antes me atreví a colgar en Facebook una convocatoria nacida casi de una necesidad personal. Me considero feminista porque siendo mujer y madre de una hija no puedo dejar de serlo. No me concibo a mi misma sin luchar para que dejemos de ser las víctimas masivas de agresiones sexuales, discriminación laboral, maltrato y una invisibilidad presente hasta en el lenguaje. Sobre todo después de haber sufrido la mayor parte de lo enumerado y empezar a ser testigo de las primeras experiencias de mi hija. Y porque lo puedo narrar en primera persona lo he escuchado directamente de amigas cercanas, compañeras de trabajo, madres de mis alumnos y alumnas y mujeres a las que acompaño en terapia.

Necesitaba un espacio donde compartir lo que es vivir en la piel de una mujer-madre tratando de identificar cuánto de ese ser mujer es mío y cuánto de quienes me han criado, educado y tratado colgándome roles que me calcé sin un atisbo de duda. Al principio porque no sabía aún quien era y los necesitaba para empezar a entenderme, después porque dejaron de ser disfraz y se convirtieron en mi identidad indiscutible. Hasta que con gran parte del camino recorrido una empieza a preguntarse si de verdad esos roles son tan indiscutibles. En medio de una crianza de dos hijos en solitario, trabajando en una profesión (maestra de infantil) tradicionalmente femenina y en medio de un proceso terapéutico la pregunta «¿realmente ser mujer tiene que ser esto?» toma cada vez más fuerza.

Cuestionando el modelo.

¿Cómo vivimos los roles asignados a nuestro género? ¿Hasta qué punto los elegimos desde la libertad personal en vez de hacerlo desde las expectativas sociales, gestadas a su vez en un sistema patriarcal que ha funcionado durante siglos y que apenas ha empezado a tambalearse? ¿Cómo educamos a nuestras hijas e hijos, cómo nos relacionamos con nuestro entorno, nuestras familias de origen y familias creadas? ¿Cómo trabajamos, qué mensajes nos lanzamos a nosotras mismas desde esos roles, desde esa identidad de género?

Explorar todas esas preguntas es mucho más fácil en grupo. Un grupo de mujeres porque nuestro compartir es desde esa identidad innata pero también impuesta. Un círculo porque entre sus componentes no hay jerarquías, la facilitadora sólo ejerce de anfitriona y cuida de que los tiempos para compartir sean equilibrados. Y porque no se aconseja ni se juzga, sino que se acompaña con la propia experiencia.

Una dinámica sencilla

En estos dos años en los que nos hemos reunido todos los meses, las cinco mujeres iniciales se han convertido en 13. Sin ningún tema marcado llegamos, nos abrazamos, intercambiamos saludos de bienvenida, nos sentamos en círculo y estamos un minuto en silencio para conectar con nuestro aquí y ahora. Luego hacemos una breve rueda en la que cada una cuenta como viene y lo que necesita. Y después, escuchamos, acogemos, compartimos. A veces lloramos juntas. Otras reímos, nos emocionamos, celebramos, callamos, alentamos. Hablamos de hijos, de hijas, de crianza, de parejas, de trabajo, de proyectos, miedos y decepciones… Pero, sobre todo, de quiénes somos, de quiénes tememos ser, de quiénes anhelamos ser, de quiénes fuimos mirándonos en el espejo que sostienen las demás para que nos reencontremos con nosotras mismas.

No es un grupo terapéutico, pero todas hemos experimentado que nuestras heridas sanan, o escuecen menos.

No nos avergüenza llorar y decir “no puedo más” de vez en cuando, pero descubrimos después de decirlo que somos más fuertes de lo que pensábamos.

Compartimos con las otras la mujer que nos gustaría ser para recibir a cambio el mensaje de que ya somos dignas de ser amadas.

Nos reconocemos a menudo impotentes para descubrir que podemos descansar en la acogida de las otras.  

Y nos despedimos uniendo nuestras manos y volviendo a hacer silencio para atesorar lo compartido. 

A lo largo de los encuentros ha habido una imagen que surgía reiteradamente, y era la de la crisálida convertida en mariposa. Y es que en el fondo sentimos que es eso lo que facilita el círculo:  recuperar nuestras alas. A través de una de las mujeres del grupo, portuguesa, surgió un nombre para nuestro grupo: “Borboletas”. Borboleta significa mariposa en portugués. Y hoy, ahí seguimos. Empeñadas en volar.