Tras años de sufrimiento, este verano nos dejaba Pedro Casaldáliga, obispo de los empobrecidos, referente de tantos y tantas, coherencia y poesía, evangelio acuerpado y hecho realidad. El hueco que deja es enorme y, sin embargo, no podemos detenernos en la pérdida. El mayor homenaje es seguir su ejemplo para que el mundo grite ¡Casaldáliga vive!

En todos los momentos importantes de mi vida, de un modo o de otro, Pedro Casaldáliga ha estado presente. Como horizonte y como punto de encuentro conmigo mismo. No le conocí, aunque le hice llegar mis palabras en más de una ocasión y recibí las suyas. Hoy, ante el vacío de su muerte, en el reto de escribir algo con sentido, que aporte, se me agolpan las ideas, las convicciones, las causas.

Mientras escribo estas letras la poderosa imagen de su sepultura -apenas dos ramitas en cruz- me golpea. Nuestro viñetista Nacho muy acertadamente la ha bautizado como la “Basílica de Dom Pedro”. Es la imagen de la coherencia hasta el final, hasta las últimas consecuencias. La clase de coherencia vital reservada para los grandes seres humanos y que nos interpela. Una imagen que es un espejo. ¿Qué hago yo hoy?

Lejos de otras figuras recordadas por un hecho concreto en su historia más o menos heroico, Casaldáliga no es un mito vacío rellenado por el entusiasmo colectivo en busca de modelos. Entra en la liga de los grandes personajes que la Historia nos ofrece para inspirarnos. Más allá incluso, es un referente sin claroscuros que el tiempo pueda poner en cuestión. Esto se debe, probablemente, a que desde un primer momento tuvo claro su lugar como acompañante de un pueblo. Una humildad activa que le llevó a poner en valor la lucha colectiva desde la generación y el seguimiento de un buen número de movimientos sociales. No buscó el protagonismo sino la transformación.

En su figura, marcada por un desaprendizaje valiente que contrasta con esos liderazgos que pretenden tener todas las respuestas, destaca profundamente su sensibilidad de poeta. Una sensibilidad alejada de lirismos blandos y formas complejas que nos mostraba al Casaldáliga hombre en toda su intimidad, sin trampas ni disfraces. Un obispo que escribía lo que sentipensaba como lo sentipensaba. Poesía honesta y de altura para ser leída por cualquiera (o, mejor, por los cualquiera). 

Se nos ha ido, y nos vamos a dar cuenta pronto, un profeta de los que ya no quedan y que tanta falta hacen en este momento de la Historia. Profeta visionario, que ya hace más de 40 años denunciaba situaciones aún hoy no resueltas y que están de plena actualidad: el lugar de la mujer en la Iglesia y en la sociedad, la defensa de las poblaciones indígenas, la reivindicación de la comunidad afrodescendiente y su opresión histórica… (¿Qué diría de los soliviantados por que se pinten las estatuas de los explotadores?) Un profeta que no tenía ningún miedo de denunciar y de anunciar. De señalar con nombres y apellidos al explotador del pobre y de proponer los cambios necesarios. Un profeta amenazado de muerte y perseguido que nunca huyó (pudiendo hacerlo).

Por eso es tan importante hoy no dulcificar su ejemplo ni su memoria. No convertirlo “en un misionero bueno”, que lo fue, sino respetar al profeta en su totalidad. Seguir a Casaldáliga, a su ejemplo, es también seguir sus causas. Las de ese Casaldáliga que escribiría la ‘Declaración de amor por la revolución total de Cuba’ al finalizar el milenio, los versos en la muerte del Che o ‘Nicaragua, combate y profecía’. Seguir el ejemplo de Casaldáliga es atreverse a abrir la mente y mirar con los ojos de otras latitudes, lejos de nuestras seguridades occidentales.

Como digo, su muerte deja un vacío y, a la vez, nos interpela. Porque, si su papel ha sido tan importante, si vemos que su figura es tan relevante y necesaria en el mundo de hoy, ¿quién lo llena? ¿Quiénes lo llenamos? Quizá va siendo hora de que las generaciones más jóvenes que hemos mamado de su ejemplo tomemos el relevo de nuestros incansables mayores que, año tras año, insisten en el Congreso de Teología, se reúnen en comunidades de base, actúan. No sé cuántas personas somos, pero sé que hace falta. Desde su ejemplo, a su lado, con las ideas de entonces y el lenguaje de hoy, actualizando las causas y manteniendo encendida la llama. Sin necesidad de estructuras, jerarquías ni protocolos.

Porque sí, es tarde, pero como diría el propio Casaldáliga en esos versos imprescindibles, “es madrugada si insistimos un poco”. La muerte del profeta nos convoca a todos los “soldados derrotados de una causa invencible”, a todos los que creemos que solo hay dos alternativas: “vivos o resucitados”. Que la muerte de dom Pedro, lejos de alejarle de nuestras vidas, nos sirva para gritar hoy más fuerte que ayer: ¡Casaldáliga vive, la lucha sigue!