Alfabetización científica y religión: reflexiones desde la educación para la ciudadanía

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pag3_puntodevista.pngTradicionalmente, las religiones y la teología han estado bastante alejadas del mundo de las ciencias de la naturaleza, cuando no enfrentadas. Por lo general, los clérigos, los catequistas, los estudiantes de teología o de ciencias religiosas suelen proceder de ámbitos culturales en los que las “ciencias” (sobre todo lo que en el siglo XIX se llamaban “ciencias experimentales, naturales o ciencias de la naturaleza”: física, química, biología, geología) se percibían como un campo misterioso y lejano de los intereses religiosos o pastorales.

Es más: si se revisan las guías didácticas de las disciplinas teológicas en las facultades, no suelen estar demasiado presentes los retos que las ciencias naturales y sociales plantean a las que podemos llamar en un sentido muy general “ciencias religiosas”.

Aunque se van introduciendo aspectos de bioética, los problemas que el desarrollo de la ciencia moderna presenta a las religiones no suelen tener una presencia ni siquiera testimonial en los programas de formación teológica o religiosa. Sin embargo, en los países anglosajones, la teología parece ser más sensible a esta problemática y en estos últimos años la producción científica de los teólogos ha aumentando considerablemente.

En los últimos años del siglo XX ha aparecido un concepto que creemos de interés retomar para el marco educativo de una facultad de teología. Este concepto es el de “alfabetización científica”, muy enlazado con otro concepto que, en algunos ambientes eclesiásticos, ha creado polémica: el de “educación para la ciudadanía” (Tusta Aguilar. Alfabetización científica y educación para la ciudadanía. Narcea, Madrid, 1999, 115 pág.).

¿Para qué la gente religiosa debe saber ciencias?

La finalidad de la enseñanza de las ciencias ha ido variando a lo largo de las últimas décadas a medida que se ha ido logrando una mayor equidad en la enseñanza, es decir, a medida que se ha ido extendiendo la educación a niveles más amplios de la población.

En un principio se consideraba -y aún hoy se sigue considerando de una manera implícita por un elevado porcentaje del profesorado- que la finalidad de la formación científica era formar futuros científicos. En este momento, en mi opinión, los objetivos de dicha enseñanza deben ser educar científicamente a la población para que sea consciente de los problemas del mundo y de su posibilidad de actuación sobre los mismos, de su capacidad de modificar situaciones incluso ampliamente aceptadas.

El significado que para mí tiene esta educación científica queda reflejado en las siguientes palabras de la profesora Berta Marco (Alfabetización científica y educación para la ciudadanía. Madrid: Narcea, 1999): “Formar ciudadanos científicamente cultos no significa hoy dotarles sólo de un lenguaje, el científico –en sí ya bastante complejo- sino enseñarles a desmitificar y decodificar las creencias adheridas a la ciencia y a los científicos, prescindir de su aparente neutralidad, entrar en las cuestiones epistemológicas y en las terribles desigualdades ocasionadas por el mal uso de la ciencia y sus condicionantes socio-políticos.”

Alfabetización científica y educación para la ciudadanía

Esta educación científica está directamente relacionada con dos conceptos que desarrolla ampliamente Tusta Aguilar en Alfabetización científica y Educación para la ciudadanía. ¿Qué se quiere decir con alfabetización científica? Durante mucho tiempo se ha estado y se sigue estando muy preocupado por el tema de la alfabetización, es decir, por conseguir unos niveles mínimos de conocimientos entre la población. La alfabetización científica supone lo mismo, pero desde el campo científico.

Es necesario que la población tenga unos niveles mínimos de conocimientos científicos para poder participar democráticamente en la sociedad, es decir, para poder ejercer una ciudadanía responsable. Es necesaria una alfabetización científica para lograr una educación de la ciudadanía, que significa que la población sea capaz de comprender, interpretar y actuar sobre la sociedad, es decir, de participar activa y responsablemente sobre los problemas del mundo, con la conciencia de que es posible cambiar la sociedad en que vivimos y que no todo está determinado desde un punto de vista biológico, económico y tecnológico. Yo creo que estamos viviendo una época de determinismo, que lleva a hombres y a mujeres a sentir una cierta impotencia, que implica inactividad, frente a los problemas del mundo.

Alfabetización científica y formación religiosa

Estos planteamientos repercuten en la formación religiosa, en la catequesis y en la vida cristiana. Hoy, más que nunca, la cultura que nos rodea tiene una fe ciega en la ciencia. Si antes, ante una enfermedad, se ponía una vela a algún santo, hoy preferimos ir al ambulatorio o al especialista. En una cultura más secular, nos fiamos más de lo que diga el experto que de lo que puedan hacer los santos. No ha sido frecuente, hasta fechas muy cercanas, que los teólogos (tanto estudiantes como licenciados en teología o en ciencias religiosas, profesores de religión, o profesores de teología) hayan sabido dialogar con el mundo científico. Éste ha podido percibirse desde los ámbitos teológicos o eclesiásticos como un ámbito misterioso de conocimientos difíciles poco cercanos al mundo de las religiones.

Desde nuestro punto de vista, la llamada alfabetización científica es una exigencia de la educación para la ciudadanía (con minúscula, porque no se refiere a la asignatura sino a algo más amplio como es formar ciudadanos libres, responsables y solidarios). Si en los años ochenta del siglo XX los educadores se decantaban hacia la ciencia-tecnología-sociedad, en la década de los noventa el interés se centró en la educación científica para todos como una exigencia de la plena participación de todos en una sociedad libre. Se llegó al convencimiento por parte de las instancias educativas internacionales de que la llamada “alfabetización científica”, la extensión a todos los ciudadanos de unos conocimientos básicos de ciencias, formaba parte esencial de la cultura de nuestros días. “Ciencia para todos”, parecía ser el eslogan de moda. Dotar a los estudiantes de un lenguaje y unas herramientas que les capaciten para dialogar con las mentalidades científicas en época de invierno de creencias hoy se considera una tarea de gran importancia.

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