Las erróneas percepciones del islam

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Foto. Let Ideas Compete CC.Las personas de religión musulmana practican su culto en España desde hace décadas, respetando escrupulosamente las leyes españolas y plenamente reconocidos por el Estado, que cuenta con ellos como interlocutores. Como en la mayoría de los países de Europa. Son la muestra palmaria de ejercicio religioso pacífico e independiente del poder político. Puede parecer increíble, pero este islam europeo constituye un modelo a seguir para millones de creyentes en Alá y su profeta que, en muchos otros lugares del mundo, se oponen a la instauración de repúblicas islámicas. Como en Túnez, donde los propios islamistas moderados del partido Ennahada, ganador de las últimas elecciones, se han negado a incluir, al tiempo que se escriben estas líneas, la referencia a la sharía en la constitución, como pretendían los salafistas.

Pero aquí no lo vemos. En nuestras occidentales sociedades, eso que desde fuera se tiene como un ejemplo se siente cada vez más como una amenaza. Basta una denuncia como la que le ha caído al imán de Terrassa por incitar a la violencia contra las mujeres (¿cuántos imanes hay en España que pasan desapercibidos por su sentido común?) o la aparición de un fanático violento como el asesino de Toulouse para que toda la comunidad musulmana quede estigmatizada. Sobre todo, si las autoridades –lo hemos denunciado más de una vez en estas páginas- colaboran para ello con entusiasmo por arañar un puñado de votos, como está ocurriendo en la campaña de las elecciones presidenciales francesas.

No lo vemos porque nos falla la percepción. O las percepciones, que dice el islamólogo Georges Duvivier. Ciertamente, el islam tiene una vocación, globalizadora, de abarcar todos los aspectos de la vida pública y privada. Pero, ¿acaso no ocurre lo mismo con el catolicismo y sus intentos de imposiciones morales a toda la sociedad? A él se asocian las formas culturales y étnicas de los países donde esta religión es mayoritaria. De aquí surge la gran reserva con que se mira la presencia musulmana en Europa. Nos quedamos con distintos aspectos formales o exteriores –captados generalmente como negativos- que nos hacen ver al islam como una afrenta, a menudo violenta, para nuestra sociedad y nuestro modo de vida y nos impiden apreciarlo como lo que es en realidad y en esencia: una religión. Una religión que hoy es, lo queramos o no, tan española y tan europea como las otras. Y una religión con muchas cosas de las que, aunque resulte chocante leerlo, las personas cristianas podemos -y hasta debemos- aprender.

Los musulmanes y musulmanas de Europa no ocultan ya su fe, pero tampoco encuentran fácilmente el modo de practicarla. Se trata, sí, de un conflicto religioso. Pero no exclusivamente, porque en él intervienen muchos otros factores: un gran desconocimiento de las realidades de los países de origen, en particular de lo que es el islam en relación con las personas inmigrantes musulmanas; una baja formación religiosa de la sociedad europea; unos prejuicios y simplificaciones difundidos por los medios de comunicación; la propia ignorancia y falta de formación de los y las inmigrantes; la imagen que ellos y ellas perciben de las otras personas; la imagen que saben que éstas perciben de ellos y ellas…

Entre estos aspectos formales, prejuicios aparte, destacan tres. El primero es el identitario o comunitarista. En los países de emigración, las discriminaciones, las frustraciones que sufren las personas musulmanas cuando no ven cumplidas sus expectativas y el frecuente sentimiento de desarraigo hacen del islam un refugio, un espacio en el que sienten respeto. Para la persona inmigrante, el islam adquiere un nuevo significado: ya no es únicamente una fe compartida con quienes te rodean, sino que se convierte también en un rasgo étnico distintivo, que sirve para afianzar su identidad de grupo en el contexto hostil en el que ahora se encuentra.

De ahí que, paradójicamente, muchos musulmanes y musulmanas practiquen los preceptos islámicos o participen de sus ritos con mayor intensidad, pese a que, fuera de su tierra, la presión social es mucho menor. Pero, como el pretendido refugio no soluciona los problemas, acaba degenerando a veces en una violencia hacia el exterior de la que es un claro arquetipo el antes citado homicida tolosano. Esta participación comunitaria, hay que decirlo, es con frecuencia ajena a una preocupación espiritual o religiosa real.

El segundo modo de percepción es el arcaico. Es decir, el que se refiere a las reglas alimentarias o vestimentarias, a las normas de convivencia, a ciertas actitudes premodernas consideradas poco compatibles –cuando no atrasadas, irracionales o incluso inhumanas- con las concepciones de nuestras sociedades respetuosas de las libertades y políticamente correctas. Prescripciones que tienen que ver más con la tradición que con la espiritualidad y cuyo cumplimiento –o su exigencia, por mejor decir- puede dar lugar a una violencia interna en forma de obligaciones impuestas o constricciones y a una violencia simbólica externa en forma de provocaciones. La mayoría de los europeos y europeas asocia a la religión las formas culturales y étnicas de las personas musulmanas. Pero, siguiendo al teólogo egipcio Nasr Hamid Abu Zayd, “no hay relación directa entre el respeto de estas prácticas y la fuerza de la convicción religiosa. Hay, a veces, incluso una relación inversa”. Esto no significa que carezcan de importancia para el resto de la sociedad. Antes al contrario, estos asuntos, verbigracia el lugar de la mujer en la familia y en la sociedad, con el uso del velo o el pañuelo como punta de lanza, son sin duda los que más fricciones crean.

El tercer aspecto es el de las prácticas rituales, expresión –esta sí- normal de la espiritualidad. Lo que se percibe mal, o más bien a disgusto, no son los ritos en sí, sino su manifestación pública en forma de minaretes, prosternación de cara a La Meca en la calle o llamadas de los muecines. Mientras que la práctica religiosa cae en una Europa cada vez más secularizada, los musulmanes y las musulmanas empujan con fuerza y plantean la cuestión de la visibilidad de la fe. Reclaman al Estado que les garantice un espacio social y cuestionan un laicismo que quiere relegar los cultos a la esfera privada.

Existe, así, temor acerca del impacto social que puede suponer una libre actividad religiosa de las comunidades musulmanas, que despierta recelos, hostilidad y, en algunos casos, acaba desembocando en actitudes racistas o xenófobas. A la vista de los datos, habría que decir que este temor no tiene justificación: la mayoría de las personas musulmanas vive un Islam privado que no exige nada más que ser ejercido tranquilamente. Y, según publicaba recientemente el diario francés La Croix, tan sólo entre el 10% y el 15% de las personas musulmanas “europeas” son practicantes; es decir, la misma proporción que la población católica.

Esta situación no cambiará hasta el día en que admitamos que el islam no es una religión de paso, sino que se ha instalado de forma duradera en nuestra tierra; hasta el día en que, en lugar de considerarlo extranjero, lo veamos como una religión que algunos de nuestros conciudadanos y conciudadanas practican libremente y sin incidencia sobre el resto de la población; como una religión despojada de todas las capas de pieles muertas que ahora le colocamos y que impiden que apreciemos su rica vertiente espiritual. Entonces, el islam encontrará su lugar entre la población española: etimológicamente, la relación con el otro, con Dios, con la comunidad. No hablo del comportamiento de los países musulmanes hacia las personas que no son musulmanas, que es un problema político con múltiples consideraciones, sino del comportamiento de una persona musulmana frente a un extraño que llama a su puerta. Esta acogida expresa una relación con el prójimo que estaría bien ver extenderse entre la población española.

Ya es hora de desembarazarnos de esa idea inconsciente que arrastramos desde los tiempos de la batalla de Guadalete en el siglo VIII. El islam no está en competencia con la Iglesia católica. No es un problema, sino una oportunidad de riqueza. Recíproca. Si ellos y ellas pueden aprender mucho de nosotros y nosotras –sin ir más lejos, como se sitúa una religión en una sociedad laica-, también tienen mucho que enseñar.

Por ejemplo, que la relación con Dios es, primero, su trascendencia, lo que no viene mal recordar a ciertos cristianos y cristianas que tienen la tentación de reducirlo a una dimensión humana. Recordemos la cita de San Agustín: “Si lo comprendes, entonces no es Dios”. Esta relación pone al ser humano al servicio de Dios. La persona musulmana sabe que todo lo que recibe viene de Dios, lo bueno y lo malo, lo dulce y lo amargo. Y lo acepta. Los cristianos y cristianas hemos cogido el hábito de considerar la oración como un medio de apelar a la potencia divina: mientras que las personas musulmanas sencillamente “rezan”, en el cristianismo “rezamos para…” O que lo que une a una comunidad religiosa no es la estructura jerárquica. Y que tal vez no es necesario un clero numeroso que abarque todo un territorio, porque vemos que, a veces, basta con un reducido número de imanes que animen espiritualmente a la comunidad.

Sin duda, aún queda mucho para que el islam forme parte de manera natural del paisaje español. Las condiciones favorables han de ponerse en ambos lados. A las personas musulmanas habrá que pedirles que se comprometan activamente y que den prueba de más tolerancia y muestren con su paciencia –que la necesitarán, sin duda- que son buenos ciudadanos y ciudadanas. Desde el lado de enfrente –que no enfrentado-, las personas cristianas también tenemos mucho que hacer. Sólo así podremos convivir y crecer de forma conjunta.

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