Benedicto XVI, el teólogo que nunca quiso ser Papa

Una necrológica no puede ser una laudatio,  una condena de la persona fallecida o una pura colección de datos biográficos…

El Papa Francisco y el Papa Benedicto XVI en uno de sus encuentros.

Menos en el caso de una personalidad compleja como la de Joseph Ratzinger, después Benedicto XVI.

Nacido en Baviera en 1927 ingresó en el seminario menor desde donde, a los catorce años, fue obligado a entrar en las juventudes hitlerianas y participar en la guerra, de la que, al final, terminó desertando.

Ya antes de ser ordenado sacerdote redactó un estudio sobre san Agustín que sería la base de su tesis doctoral. Comenzaba a tener un nombre como teólogo, lo que le llevaría, en 1957, con 32 años, a ser catedrático de teología dogmática en la Universidad de Bonn , de donde pasaría a Münster y después a la prestigiosa Universidad de Tubinga.

Hay diversas interpretaciones de por qué dura allí sólo tres años para ir a Ratisbona, una Universidad más modesta.

Una que afirma que en Tubinga las figuras descollantes eran Küng en la Facultad católica y el biblista sseman en la protestante. Con menos carisma, él no hubiera podido nunca destacar.

La segunda interpretación afirma que no pudo soportar el mayo del 68 alemán que le habría afectado hasta el punto de provocar su giro conservador. 

Hay que decir que, poco conocida entre nosotros esa época, fue especialmente virulenta en Alemania y en las facultades de teología. Probablemente comienza entonces en su pensamiento la obsesión por un relativismo que se impone en Occidente y que da al traste con todos los valores de los que es depositario y defensor el cristianismo y, por tanto, la Iglesia. Sin duda, eso le lleva a la defensa en su larga obra de la teología tradicional.

Hay que destacar que sus primeros trabajos y sus tomas de postura anunciaban un teólogo renovador.

Karl Rahner, entonces editor del Diccionario de teología y de Iglesia, le había encomendado la redacción de algunos epígrafes y quedó especialmente satisfecho del de Hölle (infierno) hasta el punto de publicar algún libro conjuntamente con él. Más tarde, sin embargo, Ratzinger escribiría que enseguida se dio cuenta de que Rahner y él “habitaban en planetas distintos”.

Entretanto, llamado por Juan XXIII, había participado en el Concilio Vaticano II como asesor teológico de Frings, cardenal de Munich, influyendo decisivamente en la declaración sobre la libertad religiosa.

De vuelta en Ratisbona, Pablo VI  le nombra en 1977 obispo de Munich y le hace cardenal; participa, pues, en el cónclave que elige a Karol Wojtyla, con quien se identifica en la defensa de la verdad dogmática.

En efecto, Ratzinger está muy preocupado por el relativismo de las sociedades occidentales que, para él, sólo puede combatirse con las armas de la verdad, que es la verdad cristiana. Así pues, en 1981 Juan Pablo II le nombra prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cargo que ejerce con mano dura.

Sin duda lo que más trasciende de su actuación es la llamada al orden de los teólogos. Häring, Curran, Pohier, DupuisSobrino… pero sobre todo Küng y Boff (compañero y alumno suyo respectivamente), reciben monitums, son convocados a juicio y pierden el permiso para publicar y predicar.

Algunos aguantan, otros abandonan, otros, como Küng, siguen publicando fuera del permiso oficial.

No son, sin duda, las únicas actuaciones relevantes.

Ratzinger es el último responsable del Catecismo de la Iglesia Católica, que en realidad compendia toda la doctrina escolástica.

En el año 2000 la declaración Dominus Iesus provoca la reacción de las confesiones protestantes, a las que se niega el nombre de Iglesias.

En 1994, en la carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis (La ordenación sacerdotal) se dice: “La Iglesia no tiene ninguna facultad de conferir a las mujeres la ordenación sacerdotal, y esta sentencia debe ser respetada de manera definitiva (definitive tenenda) por todos los fieles”. Es un documento papal pero Ratzinger lo apoya en su libro Luz del mundo: “Esta doctrina exige un asentimiento definitivo y se debe mantener siempre y por doquier por todos los fieles, por cuanto es perteneciente al depósito de la fe”.

Entretanto, Ratzinger sigue escribiendo libro tras libro y tiene fama de gran intelectual.

En 2004 es convocado por la Academia Católica de Munich a un debate con Habermas sobre el papel de la religión en la sociedad secularizada que tiene gran repercusión e influye en las posiciones del filósofo de la Escuela de Frankfurt.

Un año después, muere Juan Pablo II y Ratzinger, como decano del colegio cardenalicio, prohíbe a todos hacer declaraciones. Sólo él pronuncia una conferencia sobre la amenaza del relativismo.

Da la impresión de que se está preparando el camino hacia el papado, aunque después declarará que rezaba a Dios: por favor, no me hagas esto. En efecto, es elegido Papa y comienza un pontificado que admite diversas interpretaciones.

Una de ellas es ésta: su antecesor había sido un Papa viajero, siempre aquí o allá, propiciando el poder de la curia.

Cuando llega Benedicto XVI la curia quiere mantener el poder, y el nuevo Papa, que nunca había sido un hombre de mando, se ve “como un pastor en medio de lobos” (así dijo L´Osservatore Romano).

Con poco carisma personal, con escasas posibilidades de gobernar, su capacidad intelectual le sirve sólo para redactar sus tres encíclicas sobre las virtudes cardinales.

Entretanto, “le estalla” el escándalo de los abusos pederastas que, ya presente en su tiempo de prefecto, no ha sabido prever ni manejar, pensando que la ocultación evitaría el escándalo (después se le ha acusado de ocultación de varios casos en su diócesis de Munich).

Comprendiendo bien la situación, decide dimitir. Es un acto insólito y valiente por el que siempre será recordado.

Para muchos, a pesar de su larga producción teológica, será siempre sólo el Papa que dimitió.

Carlos F. Barberá
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